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Este ensayo fue escrito hace 15 años, pero conserva su vigencia. Fue publicado más de una vez bajo el título “Nuestra naturaleza es mental”. Lo dedico a mis entrañables amigos -y compatriotas- venezolanos y argentinos.

Ochenta por ciento de la población venezolana es urbana. Pero, ¿es urbana en el sentido de ser ciudadanos de una urbe? ¿O sería más apropiado decir simplemente: ochenta por ciento de la población vive en ciudades? La pregunta es válida, pues el resultado de resistirnos a ser ciudadanos está a la vista y se expresa como hostilidad, en su sentido más amplio. A las explicaciones de este fenómeno, quisiera sumar una idea, bastante caprichosa, que ha surgido de mi experiencia.

Mi caso es privilegiado, pues soy una caraqueña que nació en Buenos Aires y vivió allí la primera mitad de su vida. Tal vez hablar un poco de Buenos Aires pueda resultar útil.

En Buenos Aires la gente no habla de su relación con la ciudad, de su condición de ciudadano. Sería como preguntarse si la vaca se ha acostumbrado a mugir. Y no es casual que nombre a la vaca, pues la vaca es a un argentino lo que la foca a un esquimal. La vaca muge, el perro ladra, los porteños son urbanos. Así, conjugando el presente habitual, el que expresa las verdades consagradas por la experiencia.

Los porteños nacen en Buenos Aires y crecen viendo un paisaje más o menos armónico, más o menos bello, más o menos amable, de edificios, calles, monumentos y plazas donde las personas viven. Un paisaje construido por el hombre sobre un terreno tan plano y extenso, tan obstinadamente chato que uno llega a dudar de la redondez de la Tierra. Un paisaje donde lo único “natural” es el cielo, el aire, la lluvia, la humedad, la tierra bajo el asfalto y el río en la orilla. Yo, por ejemplo, vi el mar por primera vez a los 12 años. Y una montaña a los 19. Fue una emoción inolvidable pues el mar formaba parte de mis sueños, lo había leído, lo había oído en boca de los afortunados, lo había visto en cuadros, en películas…

Un porteño además carece de una experiencia variada en cuanto a su alimentación. Jamás ha visto, por decir algo, una mata de mangos, ni de mamones, ni de parchitas, ni de guanábanas… Y así los animales. Todavía, por ejemplo, me cuesta distinguir un gallo de una gallina, algo risible incluso para un caraqueño de Los Palos Grandes.

Sucede que Buenos Aires es una ciudad-país, diría una ciudad-mundo. Y con esto trato de encontrar una idea que se corresponda con el sentimiento que genera el nacer y crecer en un espacio uniforme e inabarcable, una ciudad que no presenta límites percibibles a simple vista -creo que se podría viajar un par de horas antes de poder decir, en tono dudoso: aquí se termina la ciudad. Y en esta ciudad-país-mundo las únicas criaturas compañeras del hombre son también bastante urbanas: hormigas, mosquitos, cucarachas… perros, gatos, ratones, palomas, gorriones. Quizá unos pocos caballos de alquiler en los parques. Y vacas, por supuesto, pero muertas.

Y hablando de muerte. ¿Podría un porteño longevo morir sin haber visto jamás una gallina completa, cubierta de plumas, vivita y cacareando? Sí, podría. Pues fuera de la carnicería, ¿cuándo tiene un porteño oportunidad de ver un cerdo, un pollo, un conejo, un cordero? Nunca. A menos que vaya al zoológico, constatando de esta manera que la naturaleza como tal le es ajena, es algo exótico, digno de estudio, algo que se observa con extrañeza y asombro, constatando una vez más, en su realidad, que se propia naturaleza, la que le ha tocado en suerte, es urbana.

La naturaleza-natural es para un porteño algo entrañable que alguna vez, en un pasado mítico, le fue familiar. Algo ubicado en el origen, algo esencial pues es fuente de vida y belleza, algo perdido ya no se sabe cuándo, ni dónde ni por quién. La naturaleza, deseada pero temida, es para un porteño una ausencia, un amor que no se realiza. Una elaboración melancólica.

Por el contrario, ¿podríamos decir que la ciudad es para el caraqueño una ausencia, algo deseado pero temido, un amor que no se realiza? Veamos.

Imaginemos a un caraqueño intentando tramitar su cédula. Frustrado e iracundo pues no había “material” y la espera resultó inútil, sale a la calle a las 12 del mediodía. Está en plena avenida Baralt, una de las más feas de la ciudad. Un vaho de calor, ruido, contaminación, miseria y peligro lo abofetea. Camina unos metros, trata de resistir valientemente ese golpe de realidad, siente que le falta el aire. Instintivamente, como si se estuviera ahogando en las espesas aguas del Ganges -o del Guaire- boquea, levanta un poco la cabeza… ¿Qué ve? Un plano de azul intenso intenso quizá con una pequeña nube que no hace sino resaltar con su presencia una belleza tan perfecta que parece artificial. ¿Qué más ve? En el horizonte norte, un fragmento del espléndido Avila. ¿Algo más? Sí. Una suave colina al sur, más allá de Quinta Crespo. Y otra colina verde refulgente hacia El Calvario, con orgullosas palmeras formando una cresta en la cima. El señor en la avenida Baralt, de pie en medio del abandono del centro de la ciudad, avasallado por el caos y la suciedad, comprueba sin embargo, apenas levantando los ojos, que está rodeado de belleza.

El señor en la avenida Baralt está sitiado. En el plano inmediato por la fealdad del paisaje urbano, y en el plano de fondo, por la belleza natural.

¿Esa belleza lo consuela? Sí, naturalmente, es un refugio y un consuelo. Pero un consuelo peligroso, paralizante, pues encierra en sí el poder perverso que la víctima ejerce sobre el victimario.

La naturaleza, víctima de la ciudad, actúa perversamente, contrastando con su presencia esplendente la obra torpe del hombre. Nos recuerda que nuestra obra no es digna, que no somos capaces de emularla. Basta con observar al venerado Avila -monte o montaña, dios hermafrodita que merece adjetivos en ambos géneros- para comprobar cuánto mejor que nosotros es.

Todo esto parece una venganza planeada por el inconciente. En este valle de gracia, en un espacio robado a la naturaleza, se fundó una ciudad. Hubo terremotos, incendios, exterminios, saqueos, invasiones… Cinco siglos después, cinco millones de personas se preguntan todavía si esto les corresponde.

A la inversa de Buenos Aires, en donde la naturaleza pertenece al mundo imaginario, en Caracas, sitiada por la naturaleza, es la ciudad la que está ausente. Y la derrota de la naturaleza, su venganza por haber perdido el precioso valle, es devuelta en forma de desapego.

En todo caso, estoy convencida, tarde o temprano la realidad se abrirá camino tal como el agua encuentra su cauce. Nuestro lugar, el lugar del hombre contemporáneo, es la ciudad. Y si esa ciudad es Caracas, pues tarde o temprano el caraqueño actuará con cordura y sabrá disfrutar de su valle tocado por la gracia.

Y por último, comentaré un trabajo de Octavio Paz que siempre cito porque simplemente no he encontrado nada que lo supere.

Cuando en 1982 Paz escribe el epílogo de Laurel, la celebrérrima antología de poesía moderna en lengua española, que recogía la poesía escrita desde Unamuno a 1940, intenta hacer una distinción entre aquella poesía y las escrita durante los 40 años posteriores. Paz se queja, dice que es una tarea demasiado difícil, que hay más oposiciones que afinidades. Y, sin embargo, se arriesga a señalar un único rasgo distintivo: la ciudad. La ciudad contemporánea como constante proceso de construcción y destrucción, “la ciudad de la que no podemos salir nunca sin caer en otra idéntica aunque sea distinta, esa realidad inmensa y diaria que se resume en dos palabras, los otros”.

Paz dice que nuestra naturaleza es mental: no es aquello a lo que nos enfrentamos sino aquello que pensamos, soñamos y deseamos. Pero la ciudad no es mental, es nuestra.

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