El señor Alberto (Beto) es un competente cerrajero y pintor de vocación. Gran conversador, las cosas de la vida no pasan ante él como si nada. Todo lo contrario, Beto es un hombre reflexivo. Tiene ya muchos años en el barrio, se siente bien por aquí, porque es un lugar de Buenos Aires que no ha perdido el alma. Porque para Beto, el fututo, que es presente, en muchos sentidos ha empobrecido la vida de las personas: los niños ya no están con los abuelos -porque los abuelos están en los geriátricos-, los vecinos ya no se conocen unos a otros, ni cuidan unos de otros, el tiempo que pasan los padres con los hijos es casi irrelevante -Beto no cree en el quality time-… en fin, las cosas no están bien así como las estamos haciendo. Tal vez por eso, porque los valores con los que creció han cambiado y él teme que se pierdan para siempre, Beto pinta escenas domésticas tal como las recuerda de su infancia. El patio, abuelas tejiendo y acompañando a los niños, una joven madre lavando ropa a mano, un padre conversando con los hijos… Beto es un pintor autodidacta, pero hay tanto análisis y estudio en cada una de sus obras, tanto en un sentido formal como conceptual, que el término naif no parece apropiado para definirlo como artista. Por ejemplo, ante mi interés por su cuadro donde aparecen un arlequín, un osito de peluche y un duende, Beto me cuenta. Todo comenzó por un pedido de su novia, le dijo: pintame un arlequín. Beto dijo ¡no, no puedo! ¿por qué? ¡Porque el arlequín ha sido tema de los grandes pintores! Pero la novia insistió tanto que él aceptó. Ella hizo otro pedido, pintame un osito. Un osito que él le había regalado. Así que Beto, tal como los pintores del Renacimiento que trabajaban por encargo, tenía para sí un asunto a resolver: arlequín + osito. Se dio a la tarea. Puso el arlequín como figura central, luego el osito sobre una pelota y la pelota sobre un soporte. Pero luego se dijo: ¿y si en vez de una pelota fuera un mundo?? ¡Mucho mejor! Así que la pelota se transformó en un mundo y el osito -que es un oso polar, animal en vías de extinción- quedó de pie sobre el polo norte que, como todos sabemos, es una escena del planeta en peligro. Luego pensó: la base debería ser un baúl, porque un baúl cerrado guarda misterios, el misterio de la vida. Así la obra iba ganando significado. Pero el momento de verdadera inspiración llegó cuando Beto decidió incluir a un duende, asomado tras la cortina del esenario. Es un testigo, una figura fantástica, tal vez sea yo mismo, dice Beto pensativo.

Mientras Beto compone la cerradura de mi casa, hablamos de esto y aquello; le digo, ya en ánimo de confesión: ¿sabe qué Beto? Yo con frecuencia quedo un poco al margen de las cosas que pasan, no las entiendo bien porque, en realidad, a mí no me gustan los líderes. Beto interrumpe su trabajo y me contesta: a mí tampoco.

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