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“Es posible que algún científico valeroso se atreva a investigar los prejuicios que le causó a nuestra vida cultural, directa e indirectamente, el movimiento de los años sesenta. Es posible pero apenas probable. Los revolucionarios frustrados se mantienen todavía en sus mesas de las redacciones de los periódicos y hablan amargamente de la “renovación que no pudo ser”. No se dan cuenta (¡y cómo podrían hacerlo!) que su aporte fue una puñalada mortal a una evolución que nunca debe separarse de sus raíces. En otros países, donde pueden florecer varios pensamientos a la vez, la tradición y la educación no fueron liquidadas. Fue únicamente en China y en Suecia donde humillaron y despreciaron a sus artistas y a sus maestros. A mí me echaron de la escuela de arte dramático delante de mi hijo. Cuando yo sostenía que los jóvenes actores debían primero aprender la técnica teatral para que su mensaje revolucionario alcanzase al público, los alumnos agitaban el librito  rojo de Mao Ze Dong y me silbaban, complacientemente animados por el rector Niklas Brunius (…) despreciaba el fanatismo que recordaba de mi infancia: el mismo pozo emocional, solo eran diferentes las banderas. En lugar de aire puro, nos dieron deformación, sectarismo, ansiosa complacencia y abuso de poder.”

Ingmar Bergman. Linterna mágica. Memorias.Tusquets, 1995

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