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Rafael Salvatore me citó en su casa un sábado por la tarde. No teníamos un objetivo demasiado preciso: conversar sobre su sus proyectos, ver la selección que seria publicada en la revista Extracámara y sobre todo tener una visión de conjunto de su trayectoria.

Cuando entramos, queda afuera el cielo brillante y el calor de la tarde. Se percibe un ambiente protector y cálido que propicia la memoria. Es una casa vivida, la casa de una familia con niños pequeños: juguetes, rincones confortables, y fotos, muchas fotos familiares, fotos de gente feliz por todas partes, fotos de los niños, de sus padres enamorados, de la madre embarazada, de los primeros hijos ya mayores, fotos sobre los muebles, enmarcadas, pegadas sobre los corchos, a veces unas sobre otras, dibujos de los niños. Un mezclum de imágenes que se expande con el aire y ocupa la sala, el comedor, la cocina, los pasillos. Todo tiene valor, todos tienen valor en esta casa, en este hogar en el que desde luego no falta un hermoso gato.

Rafael es un hombre pequeño y delgado, de voz ronca, afectuoso, nervioso, lleno de energía adolescente. Fuma mucho, usa jeans y franela y lleva el pelo largo, es decir, luce con comodidad y naturalidad el mismo atuendo de su juventud, seguramente porque así se siente. Y, como todo fotógrafo profesional, tiene una mirada concentrada donde conserva además un fondo de inocencia, un verdadero tesoro para un artista que siempre necesita ver las cosas como si fuera la primera vez.

Prepara un café retinto que tomamos en la cocina mientras hablamos de su familia, de conocidos y desde luego de política. Después de este largo rato entramos en confianza y Rafael propone comenzar por el principio. Esto significa que vamos a ver las fotos, todas las fotos. Así que limpia la mesa de la cocina, desaparece por un momento –va supongo hasta un cuarto de servicio convertido en estudio-  y regresa con grandes sobres y pilas de fotos sueltas. Lo que a primera vista luce desordenado casi de inmediato revela su sentido.

Veremos primero las fotos de los 80, Cumaná, Cercano Oriente. Salen las fotos de sus sobres, cubren la mesa y la cocina umbrosa del apartamento de Las Palmas desaparece encandilada por el sol de Cumaná en blanco y negro -no es casual que Reverón bajo el sol de Macuto no pintara con colores sino con luz. La cocina se hace pequeña, se llena de personas que miran sin remilgos a la cámara, aquí en Oriente no hay inhibiciones, ni timidices, y menos vanidades, ¿Usted, señor, quiere tomar una foto? Tome, pues. Así que el fotógrafo está, pero tan aceptado por sus “modelos”que es como si no estuviera y uno fuera entonces un espectador ignorado, un voyer espiando el paisaje humano a través de una gran cerradura.

Hay velorios, gente trabajando, niños, gente en la calle, escenas religiosas, multitud de cuerpos seguros de sí que ocupan libremente el espacio que requieren: gente durmiendo siesta, hombres gruesos recostados del vano de la puerta…

Allí Salvatore descubrió al Diablo de Cumaná, un artista popular, un “perfomancista” del miedo, que recorría las calles vestido de diablo, asustando a los niños –y tal vez a los adultos. La serie El Diablo de Cumaná es literalmente fascinante, muchas de las fotos son retratos en primer plano que registran la transformación de un hombre común en un demonio: un hombre se maquilla frente al espejo, cubre su rostro con una espesa pasta, negra y brillante, se pone cuernos en la cabeza, se viste de diablo, se observa con ojos desorbitados y, ya convencido de su nueva identidad, sale a las calles del pueblo, bailando bajo un sol infernal. La gente lo rodea, lo sigue a prudencial distancia. Luego las personas se acercan un poco mas y ríen nerviosamente, algunos simulan que se asustan mientras otros se asustan de verdad, pero su público mayoritario son los niños, montones de niños aterrados y hechizados que al decir de Salvatore siguen al diablo como al violinista de Hamelin.

En esos años, Salvatore realizó un trabajo desolador y melancólico: fotografió los restos de San Francisco, “un pueblo que el agua se llevó”, como consecuencia de la construcción de un dique. Esta suerte de rebeldía, de mensaje de protesta ante lo que se percibe como progreso sin piedad y lucro, se repetirá casi 20 años después, en “Paisaje sin retorno”, donde el artista da cuenta del desastre ecológico producido por la explotación minera en el estado Bolívar. Salvatore usa en este trabajo otras técnicas expresivas: desde un helicóptero toma fotos de grandes áreas devastadas de la selva para horadar el suelo en busca de oro. La belleza que a pesar de todo el paisaje logra conservar hace más dolorosa la visión. En medio, sin contemplaciones, Salvatore recurre al montaje para plantar un ojo ovalado donde una sonrisa muestra sus dientes de oro, una indígena exhibe sus aretes o un par de manos rudas luce sus dedos cubiertos de anillos.

Están los pueblos, la naturaleza amenazada, la pobreza, la gente sencilla… la ciudad no está. Está en cambio La Provincia. La Provincia es un tema que surge en la conversación y en las entrevistas concedidas a la prensa. Y aparece incluso en el dictamen del jurado que le otorgó el Gran Premio de la IV Bienal de Artes Plásticas de Puerto La Cruz a fines de los 90 por la obra “Y tú comiéndote un helado” : “este premio representa un reconocimiento significativo a un artista de trayectoria bien construida que desde la provincia ha hecho de la fotografía un instrumento de creación y de rebeldía”.

A propósito de este premio, en una entrevista realizada por Yasmín Monsalve, Salvatore hizo una confesión reveladora que ayuda a comprender su trabajo: Me anclé en la fotografía -que es como mi último reducto- porque en ella pude acomodar mi vida y expresar lo que pienso.

La fotografía, la provincia, la familia, son quizá los reductos de un artista adulto que no se siente cómodo en la ciudad donde le ha tocado vivir. Cuando le pregunto por Caracas, me habla de su trabajo acerca de la visita del Papa a la capital que fue expuesto en Cumaná en 1985: “Venezuela, amigo, el Papa está contigo”. Se apostó con su cámara en la ruta papal, la que traería al pontífice desde el aeropuerto, y fotografió a la gente que esperaba ver al Papa. Se trataba desde luego de una visión fugaz, una visión de la gente sencilla y esperanzada. Una continuación al fin coherente con sus intereses como artista.

Pero, ¿que está haciendo ahora Salvatore, en el siglo XXI? Vacila un tanto. Tal vez porque luego de varios años dedicados con mucha intensidad a la fotografía fija de películas, regresa ahora con mayor concentración a su trabajo individual. Comienza a hablar de su identidad. La emoción con que se acerca al tema parece haberlo tomado por sorpresa. Habla de sus múltiples raíces: nació en Italia, creció en Argentina y casi toda su vida adulta transcurrió en Venezuela adonde llegó pensando que seria por poco tiempo. Ha hecho teatro, cine, fotografía…  Esta diversidad lo inquieta. Y con algo de resignación, entiende que después de casi diez años de vivir en Caracas aquí se quedará. El joven que hay en él se agita, la estabilidad no es su ambiente, pero el hombre maduro que es se ve a sí mismo y se hace una pregunta típica de otra edad: ¿quién soy? Pero, ¿cómo responder a una pregunta de tal naturaleza? Desde la religión, desde la filosofía, desde las ciencias sociales… desde el arte?

Desde el arte, desde luego, y con una cámara. Y con un gran sentido del humor que siempre se agradece. Y a full color: colores brillantes, publicitarios, tecnológicos. Así que Salvatore, aprovechando su experiencia en sus trabajos por encargo para numerosas empresas, incluyendo importantes transnacionales, se disfraza –tal como lo hacía el Diablo de Cumana- de ejecutivo, o de técnico o de publicista, esgrime los accesorios distintivos de la profesión adoptada –un casco, un maletín, si es posible una franela o una gorra con logotipo- se planta frente a su propia cámara y se autorretrata. Es Salvatore y su patrón, el hombre y la empresa, el individuo y la sociedad. ¿Qué nos está diciendo con tanta ironía? Ya que no se quién soy, aparento ser. Nadie sabe quién es. Nos pagan para parecer que somos. Nos pagan para ser. Saber quién se es vale mucho. Cobramos para que los demás sepan qué quieren ser, o para que deseen ser como nosotros. Hay que pagar para que los demás sepan quiénes somos.

Salvatore, como todo buen artista, como siempre ha hecho durante su larga trayectoria, nos está diciendo muchas cosas, y todas quedan al gusto del consumidor, como debe ser.

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