Las altas marejadas de información que gracias a los medios llegan a nuestras playas angustian a muchos. Sin embargo, el zoólogo Hubert Markl afirma que no hay razón para tal angustia pues en realidad el ser humano es un maestro de la supresión. Nuestro sistema nervioso tiene un don excepcional: de los millones y millones de bites de información que llegan al cerebro por segundo sólo penetran en la conciencia un par de cientos: sólo llega lo que nos parece importante. ¿Cómo distinguir sino en una multitud al ser amado? Sí, la máquina destruye, pero antes evalúa. De otro modo, no podríamos concentrarnos en lo esencial y por lo tanto no lograríamos sobrevivir. ¿Por qué no seríamos capaces de comportarnos con idéntica eficiencia ante una marea de detalles triviales? Confiemos en nuestros fantásticos dones, nos dice Markl, pero en la era de la información y la comunicación total ejercitemos más que nunca la virtud más importante del ser humano: la de distinguir, ignorando sin más la mayor parte de lo que nos entra por los sentidos. A la capacidad de concentración agreguemos entonces “la educación, el ejercicio y la experiencia para desarrollar una facultad elevada de valoración y juicio que proteja a la persona del peligro de vagar sin rumbo”.

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