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Los lunes eran días especiales, reservados para ir a Calicanto, la hermosa casa de Antonia Palacios. Éramos todos muy jóvenes  –incluso Antonia– y yo, además, era “extranjera de verdad” porque sólo llevaba un año en Venezuela. Hablo del año 1978.  Para mí todo era nuevo: la ciudad, el habla, el paisaje, la gente, la historia, la política; todo. No conocía a nadie, y visto desde ahora, creo que a esa ignorancia del recién llegado se sumaba la peculiar manera arbitraria de percibir  las cosas que caracteriza a la gente joven: una suerte de autismo, mezcla de inocencia y arrogancia. Digo todo esto porque a ese terreno erizado pero desprevenido que era, por llamarlo de algún modo, mi mente, llegó a través de Antonia una parte de la historia de Venezuela, de muchos de sus artistas e intelectuales. Llegó a través de sus sabrosos cuentos, de su seductora manera de hablar –que mucho más tarde comprendí identificaba a cierta clase alta caraqueña-, de su asombrosa memoria, de su sarcástico sentido del humor y de todo lo que sugería pero no decía. Estar junto a Antonia era como estar junto a una estrella de cine, una diva de otra época, una gran dama acostumbrada a ser el centro de atención. Su atenta cabeza roja emergía siempre alta de su pecho orgulloso, adornado por una mezcla audaz de collares. Era de ademanes generosos, y cuando gesticulaba, oíamos el tintineo de sus pulseras. Siempre lucía impecable, maquillada y perfumada, cruzaba las piernas coquetamente y se ufanaba de conservarlas tan bellas como siempre. Sus ojos vivos seguían atentamente lo que sucedía a su alrededor. Y lo que sucedía era una suerte de ritual: el grupo de jóvenes aspirantes a escritores nos sentábamos alrededor de su escritorio, en el estudio que estaba en un nivel más bajo que la planta principal. Rodeados de libros y obras de arte y con el sonido nocturno de las criaturas del jardín como telón de fondo, nos turnábamos para leer la producción de la semana –si la había-, para luego comentar los textos. Cuando la sordera de Antonia progresó, algo que realmente la atormentaba porque la sometía a un aislamiento brutal, incorporamos un micrófono y unas cornetas. No fue fácil acostumbrarse, pues se afectaba la espontaneidad de las intervenciones y Antonia se sentía cada vez más humillada por la pérdida de su capacidad física. Pero seguíamos adelante, programábamos el contenido de las revistas, y recibíamos visitas ilustres, casi todos amigos de Antonia que aceptaban generosamente reunirse a conversar con nosotros. Así fue como conocimos a Juan Liscano, a Miguel Otero Silva, a Salvador Garmendia, a Adriano González León, a Vicente Gerbasi, a Renato Rodríguez, a Alejo Carpentier… En ocasiones esa rutina se interrumpía con eventos especiales: cenas en los que se nos ofrecía platos preparados por la propia Antonia, (la cocina como profesión había sido fundamental para ella, según nos contaba, pues junto con María Teresa Castillo les había servido para subsistir mientras duró la persecución política de los hombres) e incluso celebraciones más formales organizadas en su casa y durante las cuales hacíamos todo lo posible para quedar a la altura de las circunstancias. Algunos de nosotros fuimos así iniciados en ciertos refinamientos sociales que nos producían extrañamiento y también fascinación, una especie de mundo de fantasía en el que nos movíamos con alguna torpeza. Allí, Antonia era nuestra soberana indiscutible, a su generosidad correspondíamos con paciencia y respeto. Si me preguntaran ahora, 23 años después, qué significado tuvo para mí el Taller Calicanto, diría que fue fundamental para crear en mí una conciencia del lenguaje y para acercarme a la literatura no sólo a través de los libros; que fue el lugar donde conocí a muchos de mis amigos que desde entonces me acompañan, y que fue tan valioso porque tuvimos el privilegio de haber conocido a Antonia Palacios, de haber disfrutado de su amistad. Podría asegurar que jamás olvidaremos la difícil literatura de sus últimos años, escrita a tientas, durante noches de angustia e insomnio, hecha de palabras escritas a mano en papeles sueltos que nos leía con la voz quebrada. Siempre recordaremos la zona oscura de su alma de donde surgía la memoria de su hija muerta, la ausencia inaceptada de pasión, el peso de una infancia trabajosa. Y siempre nos sentiremos acompañados por su entusiasmo, sus deseos de vivir, sus extraordinarios relatos de viajes –el país más hermoso del mundo es Italia; la ciudad más bella, San Petersburgo; los hombres más guapos, los de Lisboa- y su amor incondicional por la literatura.

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