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Foto: Andrés A. Flickr

Lunes 8:45 am. Estación Petare.  Llega el tren de Guatire, se escucha un zumbido. los vagones neumáticos descienden hasta el andén, las puertas se pliegan y sale una multitud apresurada que camina ordenadamente hacia los deslizadores que conducen al metro. Son en su mayoría personas jóvenes, de aspecto saludable y andar enérgico. Vestidos a la moda y bronceados, no han logrado desprenderse por completo del relajado y prolongado fin de semana: han dormitado junto a la piscina de aguas aromáticas de los spa, han jugado con sus hijos, han ido de compras a los atractivos malls, han hecho el amor en sus cuartos climatizados, han bañado a sus mascotas, y han compartido con sus amigos cenas exóticas en sofisticados restaurantes étnicos. Muchos de ellos incluso han comprado el ticket week-end del expreso barloventeño que por un módico precio los lleva hasta las famosas playas de la zona, reservorio de la mayor variedad de especies de palmeras en el mundo. Pero hoy es lunes, y para quienes no trabajan en los Ecolab de Kempis, ni en los centros turísticos, ni en la Caribbean Byotech, es día de incorporarse al ritmo de Caracas, a la City.

Una escena similar sucede en el otro extremo de la ciudad, en La Yaguara II, a donde llegan los trenes aéreos que transportan a los caraqueños de montaña –llamados con sorna “los espirituales” por los de Guatire. Más pálidos y más pausados, forman prósperas comunidades de vegetarianos que habitan minúsculas granjas en frescos suburbios, al borde de  la antigua carretera panamericana casi en desuso. Se sienten orgullosos de haber organizado una zona conocida por su eficiencia en el cultivo biointensivo de hortalizas y flores, de las cuales se abastecen Trinidad, Curazao y Grenada. Pero sus vínculos con la City no han desaparecido, hay algo estimulante allí abajo que los hace volver. Especialmente a la zona de la vieja UCV, donde trabajan con las biólogas asiáticas en las transcorp de drogas legales.

Pero algunos jueves por la noche, antes de comenzar el fin de semana, coinciden con los de Guatire y pasan buenos ratos en las célebres tabernas de  La Charneca donde la gente se divierte a la vieja usanza: bailando, bebiendo, y aspirando Xeón. Allí también acuden los ingenieros del suroeste, acostumbrados a trabajar sin descanso porque simplemente no diferencian el trabajo del placer.  Dedicados a las holograx, viven con sus familias en el apacible valle de Coche, cerca del centro internacional de convenciones Tiuna camp, antigua sede de las desaparecidas fuerzas militares.

Para los empresarios del sureste el fin de semana empieza antes: los jueves al mediodía abordan sus veloces helijets hacia las islas o el lujoso cuboxi-express, que en 20 minutos los lleva desde HatilloUnion, pasando por el conducto de Altamira, hasta la cosmopolita Caraballeda, punto de reunión de los yates más lujosos y los grandes cruceros del Caribe.

En cambio, los jóvenes tradicionalistas del downtown, los que por nada del mundo abandonarían los edificios recuperados y los baños públicos térmicos de Capitolio, prefieren divertirse en los arrasadores totalsteps de Miraflores y La Planicie, o en las competencias aeróbicas del oeste, o practicando remo nocturno en las lagunas que surgieron en Catia, después del segundo diluvio; pero sobre todo, adoran los grandes festivales del recuerdo que celebran dos veces al año en la gran avenida del oeste, la William Niño.

Para los sofisticados fashionway, artistas e intelectuales singles más allá de sus treinta, nada se compara a Caño Amarillo, una de las zonas más bellas y caras de la ciudad, conocida entre los entendidos como the yellow zone. Allí, entre anticuarios, jardines, galerías, Xeónshops, museos, cafés, musicsetps-24 horas, viejos monumentos y los talleres de arte más exclusivos, pasean los turistas deseosos de gastar sus coms y confiados en conseguir alguna pieza auténtica de los 90 o al menos un yakartian de firma. Y si no encuentran nada lo suficientemente valioso, renuentes a partir con las manos vacías, toman el airbus panorámico que les permite recorrer las acogedoras tiendas folk de la cota 905 donde siempre alguna original artesanía puede satisfacer sus deseos de conservar un souvenir de su paso por Caracas, la ciudad más hedonista de Transamérica.

De los precarios barrios que antes del Temblor de principios de siglo cubrían las colinas de la ciudad, quedan imágenes y registros holográficos que siempre provocan incredulidad y son analizados en las escuelas como expresión del absurdo social del período oscuro. Incluso resulta sorprendente para los técnicos de los núcleos ecoindustriales del Tuy, cuyos padres y abuelos provienen de aquellas antiguas barriadas caraqueñas, del tiempo en que el aire de la ciudad pesaba sobre los hombros, contaminado por los cientos de miles de transportes individuales. Con frecuencia los orgullosos caraqueños, famosos en todo el mundo por su buen humor y veneración a la belleza, se reúnen sin distinciones para participar de las grandes y emotivas ceremonias de restitución durante las cuales honran a sus antepasados. Allí recuerdan a quienes debieron soportar los padecimientos continuos de una sociedad que no terminaba de madurar y colmadas de frustración buscaban refugio en líderes fallidos. Allí, bajo la luz de las novas, en las destellantes planicies de tiza que produce la biodegradación del plástico, ante el hermoso monumento sintético al ciudadano, todos cantan el himno de la comunidad universal: All you need is love.

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