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 (Escrito alrededor de 1997. En la foto: el balcón del apartamento caraqueño que me hizo ser propietaria)

Hace ya tiempo, mantuve una agradable amistad con una caraqueña de pura cepa, la señora Aída, quien solía contarme historias de una Caracas que nunca conocí. Mientras la escuchaba, imaginaba las glamorosas fiestas de 15, los bailes formales adonde asistían acicaladas señoritas, o la pérfida zona de San Agustín no como lo que es, sino como lo que fue: una grata urbanización bastante alejada del mundanal ruido. Una vez Aída me contó que a su abuela le gustaba mudarse. Al oír eso, algo familiar se agitó en mi memoria. ¿Cómo que le gustaba mudarse? Sí, respondió ella, en esa época era muy fácil conseguir casa, y como mi abuela se aburría de vivir en el mismo sitio, pues nos mudábamos una vez al año. ¡¡¡¡Cómo no me iba a sonar familiar!!!! Así era mi madre, una mujer literalmente extraordinaria, impulsada siempre por una energía tan constante como ciega. Esa energía, entre muchas otras cosas, la llevó, y a mí con ella, a cambiar de casa una y otra vez —hablo ya no de Caracas sino de Buenos Aires, la ciudad donde nací y donde también nació mi madre. Tal vez a causa de esa errancia permanente, y aun ya pasados más de 20 años fuera de Buenos Aires, sigo conociendo muy bien esa ciudad de tamaño descomunal.

Pero volvamos a lo nuestro: ¿por qué mi madre se mudaba con tanta frecuencia? Sospecho que por la misma razón que lo hacía la abuela de Aída: porque se aburría. ¿Y qué mejor para combatir el aburrimiento que mudarse? ¿Hay acaso algo tan emocionante como cambiar de barrio? Despertar un domingo y salir a comprar el diario y enfrentarse a una cara jamás antes vista, no saber si quien comparte el ascensor con uno es vecino o no, preguntarse por dónde pasa el transporte público, ignorar si se está comprando el pan en el lugar correcto… ¿qué es todo eso? ¿qué es ese conjunto abrumador de incertidumbres? Es, sencillamente, un mundo nuevo, inseguro, desconocido, un mundo de excitación máxima sólo equiparable a la vida del viajante. Pero tal vez mi madre no sólo fue impulsada por la necesidad de emplear su energía; quizá, sin darse cuenta, estaba dando continuidad al comportamiento de sus padres, es decir, de mis abuelos inmigrantes. En los años 30 había en Buenos Aires importantes barrios de inmigrantes, en especial judíos e italianos (no es casual que mis dos apellidos sean Strepponi y Zingfain); gente pobre y de trabajo, muchos vivían en casas de vecindad que ofrecían a los inquilinos grandes cuartos y baños compartidos. Cuando por alguna causa no podían pagar la renta, algo que a mis abuelos les sucedía con más frecuencia de la que hubieran querido, pues montaban sus pertenencias en una carreta y se marchaban, y así erraban, primero de país en país, y luego de casa en casa. Pero las motivaciones del nomadismo pueden ser muy variadas. Puedo referir por ejemplo los interesantes hábitos de una entrañable amiga norteamericana quien, presa de una misteriosa inquietud, comenzó por cambiarse de ciudad, luego de país, (eso incluyó Venezuela y España) y por fin se ciñó al perímetro algo más limitado pero en absoluto pequeño, comprendido por los vastos suburbios de Nueva York. Roberta, que así se llama mi amiga, oriunda de una tierra boscosa y helada, parece finalmente haber hallado su lugar: es una hermosa casa de madera de 80 años, desde donde se respira el aire de mar y que tan bien le queda que parece haber sido construida para que ella viviera allí. ¿Cómo fue que llegó Roberta a disfrutar de este estado superior, de este sentimiento único de pertenencia?  ¿Es acaso algo determinado exclusivamente por el paisaje? Me atrevería de decir que no. Es más, me atrevería a decir que es algo en apariencia trivial pero que no lo hemos en absoluto. Lo diré de una vez: el secreto radica en transformar nuestro status: de inquilina a Propietaria.

El cuarto propio

Hablé antes de mi madre y su pasión móvil, de cómo saltábamos, ligeras de peso, de cuarto en cuarto, y yo de escuela en escuela, cargando apenas nuestras escasas pertenencias —no como tortugas sino más bien como liebres— con la vida por delante, una vida plena de rostros desconocidos, nuevos colores, nuevos olores, Ah!!! ….todo el tiempo todo nuevo… Pero yo guardaba una secreta esperanza, algo que no me atrevía a decir a mi madre (salvo que estuviera leyendo porque era cuando no escuchaba nada); yo tenía una nostalgia: la del cuarto propio. Así, cuando caminaba por las calles, no miraba hacia delante sino hacia la pared, miraba hacia el interior de las casas, vigilaba la posibilidad de una cortina semiabierta que me permitiera atisbar la vida remota de las familias normales. Casas, por ejemplo, con una biblioteca de madera donde los libros se alinearan (nosotras teníamos libros apilados en el piso que sólo se leían, jamás se guardaban pues no había dónde, y cuando estaban leídos, cosa que sucedía al cabo de una semana, se cambiaban por otros en los kioskos de libros usados); casas con mesas cubiertas con manteles de cuadros (nosotras masticábamos sándwiches sentadas en la cama, y en los mejores días nos sentábamos a las mesas cubiertas con manteles de papel de los restaurantes populares), casas con un gato soñando en un sofá viejo, casas donde se tomaba agua en copas transparentes y, sobre todo, casas donde las niñas, las hermosas niñas, disponían de un cuarto propio, con una bonita cama y cientos de muñecas y una peinadora donde mirarse asombradas. Pero eso nunca sucedió. Y aunque muchos años más tarde, cuando yo ya no era niña, mi madre también logró con enorme sacrificio pasar a ser propietaria, su ímpetu móvil permaneció  intacto. Dijo una vez que quería un apartamento en planta baja, otra, que prefería vista al frente, otra, que un barrio más céntrico y otra, que los vecinos no le gustaban, de modo que cada vez con menos excusas y con más libertad, dio rienda suelta a su espíritu errante.

Seres superiores

Así pasaron los años, me hice adulta, tuve muchos hogares en más de un país, y a pesar de que cuando llegaba a un lugar  rápidamente lo hacía mío (tenía mucha práctica, tomaba unas chinches y zás, zás, la foto de mi abuela, unas postales en el baño, unas plantas en la sala, un afiche en el cuarto, mis libros en orden alfabético y listo), quién sabe porqué, seguía atisbando las ventanas ajenas, seguía conservando la misma nostalgia de mi infancia nómade. Un día comprendí, debía transforme: debía ser propietaria. Es el secreto de mi felicidad, me dije. El sueño del techo propio. Hubo quienes me dijeron, serás una persona diferente. Más estable, pensé, qué digo, ¡más que estable!, rebosante de madurada sabiduría, ecuánime, volcada a la intensidad de un complejísimo mundo interior, una mujer de mirada tan tan profunda, de expresión tan tan conmovedora que se haría prácticamente irresistible. Sí, desde luego, debía ser propietaria. Enigmática y carismática como una propietaria. Los propietarios fuman con ademán relajado, beben de a pequeños sorbos, tal es su plenitud que disfrutan la comida pero jamás engordan. Los propietarios son seres sexualmente satisfechos, carecen de traumas, de obsesiones, de mezquindades. Son serenos, generosos, libres de prejuicios. Los propietarios son, en fin, seres superiores. A qué dudar, debía cumplir con mi destino. No fue fácil.

La realización

Un día llegué a un viejo apartamento del centro, muy maltratado por la vida y por la falta de amo, ruidoso pero lleno de luz, de techos altos y baños deteriorados que habían nacido lujosos, de bellos pisos agrietados por el legendario terremoto del 68; llegué luego de subir al tercer piso en un viejo ascensor con paredes de metal, llegué luego de ver las escaleras con gráciles curvas y, simplemente, me sentí bien. Ahora es mío, poco a poco he ido recuperando su noble y sobria belleza, tengo dos gatos que se han apoderado de todo y que también, como aquel gato que un día vi por la ventana, sueñan en el sofá. A veces, gracias a mi hija y sus amigos, el aire se llena de sonidos juveniles y la luz del atardecer baña todo de cálidos matices. En ciertas épocas del año, es posible ver a través de la ventana de la cocina cómo el sol se abre paso por la montaña y muchas noches, desde el balcón, es posible ser testigo de las escenas salvajes de la calle. Es un apartamento como cualquier otro, en cualquier parte del mundo; y desde luego que ser su propietaria no me ha hecho irresistible ni más sabia, pero… es tan agradable saber que estoy en mi casa.

 

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