Etiquetas

,


En mi familia circuló una historia nunca confirmada: que el abuelo Shlomo había sido un militar “cosaco” al servicio de los zares. Pero ¿era posible que un judío fuera reclutado como cosaco, los mismos cosacos que hostigaban a nuestros paisanos en los pogroms? Poco probable, además, Shlomo no tenía el physique du rôle, pues ese hombre no muy alto y demasiado grueso no parecía en absoluto capaz de cabalgar las inclementes estepas. En todo caso, estas murmuraciones afianzaron la percepción de que la hermosa abuela Luba, hija de un maestro, criada en una casa donde había un piano, que además sabía leer y escribir no sólo en iddish sino también en ruso, definitivamente merecía un mejor partido. Estaba claro que eso del abuelo cosaco hubiera sido muy reprobable, de ahí a concluir que los zares eran malos, había poco menos que un paso.
Cuando llegué a la adolescencia, fui víctima del ideario marxista-leninista y derivados, abundante en historias revolucionarias cuyos héroes también atravesaban las heladas estepas; en todas y cada una de esas variantes los zares eran malos, crueles y sanguinarios.
Tuve más noticias de los zares gracias a la gran literatura rusa, a algunas películas, a Rasputín y, desde luego, a la misteriosa historia de la princesa Anastasia. Curiosamente, el asesinato de la familia nunca me había llamado la atención; tal vez porque el presente me reclamaba.
Años después, ya en Venezuela, comenzó mi amistad con Yolanda Pantin. ¡Éramos tan distintas! Creo que en parte nuestra amistad nació justamente por eso, por la fascinación que despertaba nuestra mutua “Otredad”. Yo nunca había conocido una persona como Yolanda –o al menos no lo había notado. Y con esto me refiero a alguien que formaba parte de una muy extensa familia, alguien que sabía exactamente de dónde venía, sabía quiénes habían sido no solo sus tatarabuelos sino todos sus antepasados; alguien que tenía su propia versión de la historia de su país, una versión apasionada que en realidad parecía más bien un testimonio.
Un día, en casa de Yolanda, noté en la pared una foto nueva que se me hacía vagamente familiar. Yolanda me dijo con orgullo que eran los zares, ¡una foto original! Yo me quedé perpleja. Le dije que por primera vez escuchaba a alguien hablar con nostalgia de los zares. Ella me dijo que no era nostalgia, sino solidaridad por ese destino trágico. Me sentí en otro planeta. En cierto modo era así y gracias a ese viaje interplanetario pude ver las cosas desde otra perspectiva, algo que sin duda enriquece el pensamiento.  Siempre estaré agradecida a Yolanda, por haberme brindado una amistad tan generosa y tan estimulante y por haberme invitado a compartir su planeta.

“Copia de una fotografía original que me regaló María Domerchicov, vecina que tuvimos en Sebucán, cuyo abuelo aparece en la foto sentado al lado del conductor del carruaje. Era militar y tenía un cargo alto en la corte de los zares, un ruso blanco que llegó a estas orillas”. Yolanda Pantin

Anuncios