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Para ALO

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Escucho las palabras sentidas de mi amigo, el escritor cuyo país lo ha abandonado.

Está diciendo cosas ciertas en esta ciudad hermosa y helada del primer mundo. Recuerda un pasado no tan lejano cuando en su patria se refugiaban los perseguidos por las dictaduras.

Siente que está hablando de otra vida, tantas son las cosas que han pasado. Mira hacia atrás y ve un camino de escombros. Ruinas y enfermedad.

Nada de lo que hicimos permanece.

Una araña de cristal ilumina la pequeña sala caldeada. Tal vez esta noche nieve, pienso cuando miro por la ventana los árboles de invierno.

Mi amigo habla, lee lo que ha escrito con gran cuidado, sus palabras son suaves y lentas y precisas. Abre su corazón ante una audiencia respetuosa.

Pero él sabe, nosotros sabemos, que muchos de quienes escuchan en cortés silencio lo están juzgando: “es de derechas”. Así también juzgaba yo en el pasado.

El escritor no se queja, señala simplemente con gran dignidad la verdad de sus sentimientos: cuánto quisiera recibir ahora una pequeña retribución, algo de lo que la democracia de su país dio a los perseguidos latinoamericanos hace más de 30 años.

Pequeñas retribuciones y una gran soledad.

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