Etiquetas

, , ,


En China creen que donde hay montañas y mucha agua abundan las mujeres bellas. En otras palabras: crecen mujeres bellas como flores silvestres en tierra fértil. Los pueblos suelen derivar elaboradas reflexiones acerca de cómo el paisaje moldea el aspecto, la conducta y la personalidad de quienes allí viven.
Entre los caraqueños existe la creencia de que Mérida, ciudad rodeada de altas montañas, propicia la locura e incluso el suicidio. Lo he escuchado a lo largo de los años de parte de gente tan distinta como convencida. Cuando yo preguntaba por qué pensaban eso, me respondían con la paciencia resignada con que se explica a un extranjero algo conocido por todos los nativos: ¡por las montañas! Confieso que yo misma terminé por ver a la hermosa Mérida con ojos desconfiados.
Pero, ¿acaso no está Caracas también en un valle? ¿No está la ciudad recostada del cerro Ávila? Ah, pero eso es otra cosa, contestaría un caraqueño, descartando de plano cualquier paralelismo con Mérida. Es diferente porque Mérida es “andina”, tan andina como su pariente cercana y mayor: Bogotá. A tal punto cercana que el hablar de un merideño puede ser confundido con el de un bogotano. Y, además, hay que reconocerlo: a todas luces, Caracas no es andina. (Muchos caraqueños guardan la reserva propia de un costeño respecto a los andinos. ¿Costeño?)
El querido William Niño, con su sorprendente intuición, decía que Caracas era una ciudad de playa. Pero ¿dónde está el mar?, preguntaría desconcertado cualquier no-nativo. Pues está allí, detrás del Ávila. Detrás de una gran montaña, 900 metros más abajo y a unos cuantos grados más de temperatura. Bah, detalles. Lo que importa es el paisaje que vive el caraqueño, el que siente, el que está en su imaginación, el “saber”, sin necesidad de pensar, que el mar Caribe está “ahí mismo”…
Un apartado: más difícil la tienen los tapatíos y, sin embargo, se las arreglan para convencerse y convencer a los demás de que Guadalajara es una ciudad del Pacífico. En medio del jolgorio de la oferta turística, con tantos hoteles con piscina, ¿no es mejor dejarse llevar por la imaginación en vez de ser un aguafiestas y comprobar que hay que viajar por tierra unas cuatro horas antes de llegar al Pacífico? Sin mencionar que Guadalajara, llamada la Perla Tapatía, está más bien en medio de un paisaje bastante desértico poblado de cultivos de agave, la hermosa planta suculenta con la que se hace el tequila. Veamos por ejemplo este titular “Goce de las magníficas y hermosas playas de la Perla Tapatía”; lo que sigue es una explicación de la mejor ruta para viajar desde Guadalajara hasta Puerto Vallarta. Ah, tanto se puede hacer con las palabras…
Otro apartado: un caso opuesto es el de Nueva York, ciudad que olvida notoriamente sus generosas playas al borde del océano Atlántico. Si uno está, por ejemplo, en Rockefeller Center, puede tomar el metro F y al cabo de poco más de una hora llega a la estación Coney Island. Durante el verano, es una fiesta popular permanente.
Basta de apartados. La Guaira, Macuto, Caraballeda, Naiguatá, nombres sonoros que evocan buenos momentos a la vera del mar pero también trágicas horas… Luego de los grandes deslaves, el derrumbe de la autopista a La Guaira, la violencia y tantas otras renovadas y traumáticas experiencias, ha habido cierto desplazamiento de “la playa” para el caraqueño. Poco a poco, la playa que estaba “ahí mismo”, detrás del Ávila, se ha ido alejando, ya no detrás sino hacia el final del Ávila, hacia Oriente: en Higuerote y aledaños. No es lo mismo, por supuesto, pero hay que adaptarse. ¿Qué cambios suscitará esta extensión de Caracas hacia Oriente? ¿Qué traerá el apartarse de la costa de la Guaira?
Lo primero que se observa es un talante melancólico, infrecuente en los caraqueños. Sí, melancólico, porque entre tanto que se ha perdido, y tan rápidamente que casi no ha dado tiempo de respirar, está también el haber perdido la entrañable playa.

Anuncios