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El archivo del Stasi
Wolfram Runkel. Kulturchronik, 1996.
Versión: Blanca Strepponi
Publicado en 1997 en El Nacional, Caracas

 

El gobierno se está ocupando de recomponer los miles de archivos destruidos

El gobierno se está ocupando de recomponer los miles de archivos destruidos

Los archivos de "olor personal" facilitarían la persecusión de un eventual fugitivo

Los archivos de “olor personal” facilitarían la persecusión de un eventual fugitivo

Vértigo de información

Vértigo de información

Ahora que todo terminó, la pesadilla continúa y todos palidecemos bajo la luz del mal. Un amigo alemán de la generación de posguerra, a quien el azar había dejado del lado occidental, me contó profundamente conmocionado de su visita a la República Democrática Alemana, luego de la caída del muro. El, que había comprometido su vida con la solidaridad activa hacia los pueblos de América Latina, se sentía culpable por haber ignorado a quienes más cerca tenía, a los alemanes del Este.
A esta conclusión llegó luego de una instructiva y perturbadora visita a los archivos de olores del Servicio de Seguridad del Estado, conocido por el nombre de Stasi, una tropa una vez y media más numerosa que el propio ejército. El Stasi había ideado un sistema tan sencillo como perverso: miles de frascos encerraban trapos que habían estado en contacto con las partes íntimas de los fichados: axilas y genitales. Se disponía así de un archivo de olores personales que podría ser utilizado en caso de necesidad.
¿De cuál necesidad? ¿Cuadrillas de perros persiguiendo fugitivos por los bosques helados? ¿Animales amaestrados olisqueando a las personas en alcabalas y aeropuertos? ¿O simples policías husmeando de rodillas a los transeúntes sospechosos?

***
Transcurre la vida cotidiana del “Departamento de Gauck”, un aparato administrativo único en el mundo, que funciona de lunes a viernes, durante 8 horas diarias. Es un centro oficial — heredero de los archivos del antiguo Stasi— que tiene por función “elaborar y superar el pasado republicano no democrático alemán”. De lunes a viernes, 3.100 empleados —el 95% procedente de la ex RDA—, 3 bloques de edificios administrativos en Berlín, 14 delegaciones en antiguas capitales de distrito de la RDA, 180 kilómetros de estanterías repletas de documentos, más de 35 millones de fichas, cientos de miles de documentos visuales y sonoros.

La lección de historia
En un cuarto que recuerda a un salón de clases, 17 personas, hombres y mujeres, estudian actas y hojas cosidas en cuadernillos. Son personas que reciben una lección de historia personal, leen extractos de su propia biografía: cosas banales, secretas, monstruosas. Pero en ese salón no hay maestra, sino una estricta vigilante que controla severamente el fiel cumplimiento del “Reglamento para las salas de lectura del Comisionado Federal para la Documentación del Servicio de Seguridad del Estado de la antigua República Federal Alemana”. Está prohibido, por ejemplo, sustraer algún papel de las actas, o abrir sobres que estén cerrados con grapas.
Entre 50 y 100 personas acuden diariamente a esta “Sección de Consulta de Actas” para saber cómo los veía su Estado y los funcionarios del servicio de seguridad que espiaban a sus vecinos y familiares bajo el manto engañoso de la confianza. Hasta el momento, casi 2 millones de solicitudes han obtenido respuesta.
Pero a partir de este año comenzará el lento proceso de reducción de esta oficina, exceptuando a la Sección de Educación e Investigación donde, bajo la dirección de Klaus-Dietmar Henke, historiadores profesionales analizan y evalúan “el insólito tesoro de actas y documentos”. Según Henke, gracias a la lectura de las Actas, “los lesionados se apropian nuevamente de su biografía. De pronto, algunos comprenden por qué, pese a sus muchos esfuerzos, han fracasado.”
Los primeros llegan a las 8 de la mañana. Con una “sensación de opresión”, dice uno de ellos, penetra en la antaño herméticamente cerrada e inaccesible fortaleza. En el edificio número 7, antes oficina del Stasi para “Arte cultura e iglesia”, está instalada la Sección de Consulta de Actas: 3 salas de lectura, 139 oficinas en las que 70 funcionarios preparan para los afectados el día de la verdad. Y como diariamente se reciben más de 1.000 solicitudes, suele transcurrir más de 3 años antes de que una empleada especializada tome siquiera en sus manos el acta correspondiente.

Tachar es un arte

Frau Hella Trümpelmann, ex bibliotecaria, logra revisar entre 12 y 15 actas al mes, según sea su extensión. Lee cuidadosamente cientos de páginas a fin de preparar la obra para el usuario. ¿Qué es lo que prepara? La garantía del anonimato, pues Frau Hella tacha con tinta negra las informaciones que puedan afectar a personas distintas del solicitante. De este modo, las autoridades pretenden impedir que el solicitante pueda enterarse, por ejemplo, de los adulterios de su cónyuge. Tachar es un arte. Mientras los temerosos cubren de negro generosamente la página, Frau Hella —salvo detalles de estricta intimidad— deja informaciones ajenas cuando las cree necesarias para la comprensión del hecho en cuestión. “En ese aspecto, el imperativo legal determina un ámbito de discrecionalidad que nos crea grandes dolores de cabeza”, afirma.
A veces no sólo se tacha, sino que se introducen páginas enteras en un sobre cerrado con grapas. Al lector le está prohibido abrir esos sobres.
Frecuentemente el silencio de las salas de lectura es interrumpido por las protestas: ¡ésta es mi acta, tengo derecho!
Así es como los funcionarios saben más de los afectados que ellos mismos. ¿Acaso este poder del Estado no le recuerda a Frau Hella la acción del Stasi? “Yo no lo veo así”, responde esta mujer de 52 años que vive bajo constante tensión psíquica y sufre de desprendimiento de retina. “Quien durante años y años dedica todos los días a leer actas y revive la perfidia prescrita estatalmente, acaba destrozado en cualquier momento.”
Mientras lee, a menudo Frau Hella se identifica con el fichado como si se tratara del protagonista de una novela; ruega que la víctima no caiga en la trampa que le tiende el oficial del Stasi, ruego casi siempre vano. Pero hay también actas con un final feliz, gente que rechazó con un sencillo y rotundo No el intento de reclutamiento del Stasi. Dice: “éste es también un archivo nacional de las virtudes cívicas. Junto a la cotidianidad del mal, también la cotidianidad del bien. En los últimos tiempos, 3 de cada 4 personas dijeron No al Stasi”. El historiador Henke ha descubierto que los No fueron más frecuentes entre las gentes sencillas que entre los intelectuales.
Muchas veces, al abrir su oficina a los usuarios, Frau Hella adivina a quién corresponde el acta que ha leído pues “las descripciones del Stasi suelen ser muy exactas”.
Las personas que están allí, que han aguardado pacientemente durante 3 o 4 años, se preguntan en esos últimos minutos: ¿Quién me ha espiado, quién me ha traicionado? ¿Mi mejor amigo o mi enemigo? ¿De qué cosas sobre mí mismo me voy a enterar ahora? La funcionaria frente a él con el expediente en la mano es una pitonisa, pero una pitonisa de un pasado objeto de todos los abusos. Lo trata afablemente, le entrega el documento, lo acompaña hasta su mesa y lo abandona en las manos de su propio destino.
Algunos se asombran ante la banalidad de las anotaciones: “¿Y eso era todo?”; a veces quedan consternados porque su acta personal es demasiado reducida, o porque sus acciones heroicas nunca fueron registradas. Uno protestó indignado: “Si B. tiene 50 actas, yo debería tener por lo menos 5”. Y más indignados reaccionan los que no tienen acta alguna: “Eso es imposible, yo combatí contra ellos”. Porque tener un acta del Stasi ennoblece. Otros exigen la inmediata destrucción de las actas, el simple hecho de que cualquiera haya leído “todo eso” les resulta denigrante. Pero sólo a partir de este año las víctimas podrán exigir la destrucción de sus expedientes, a menos que se trate de personalidades de la historia actual, como el presidente del consejo de ministros, Manfred Stolpe
Una inmigrante húngara en la RDA alaba el Departamento de Gauck y lamenta que “en Hungría no haya algo así, a pesar de que los servicios secretos húngaros eran peores que el Stasi”. Sin embargo, hay quienes sostienen que el Departamento de Gauck retiene hoy los expedientes para sus propios fines, tal como el antiguo Stasi.

¿Quién es quién?
Un joven de 27 años que fuma nerviosamente, Jens Klann, antiguo punk del distrito berlinés de Pankow registrado en su expediente como figura de aspecto “decadente-negativo”, quiere saber ahora quién de su propio grupo lo delató. Para lograr esa información encargó lo que se denomina “esclarecimiento de los nombres fingidos”. En breve le comunicarán el nombre verdadero del denunciante. ¿Se dirigirá al traidor? “Noo, eso ya pasó, para siempre… yo no sufrí daños importantes” responde.
Son muchas las personas que renuncian a una confrontación directa una vez revelada la identidad del delator, tampoco se ha llegado a actos de venganza. Según las estadísticas del Departamento de Gauck, para la gran mayoría de las víctimas “la confrontación con la delación concluye con la vista y estudio de los expedientes”. Otros afirman: “ahora sé quién me espió y delató, pero sé también quién me guardó lealtad”. Un 95% de los que consultan las actas afirma que ha sido una decisión acertada. Un 80% declara que, después, la situación no resulta ya tan opresiva.
Luego de que el diario berlinés Tagesspiegel publicara una entrevista con Frau Hella Trümpelmann, los cristales de las ventanas de su casa, en el barrio de Pankow, fueron destrozados. Ella es una de las pocas funcionarias que se atreven a informar a la prensa bajo su propio nombre: “si durante todo el día tengo que vérmelas con nombres fingidos, quiero al menos salir yo a la luz con mi nombre auténtico”. También el jefe Gauck concede entrevistas bajo su verdadero nombre.

***
Si el corazón del departamento está en la Sección de Consulta de Actas, el archivo puede ser considerado su vientre. Así era en la época del Stasi: el mismo bunker, los mismos edificios, los mismos corredores laberínticos e interminables bajo una luz mortecina.
Se camina por allí bajo severa vigilancia pues impera el grado máximo de seguridad; nadie, ni siquiera el portavoz oficial, puede deambular a solas. Por un simple procedimiento cualquiera podría hacer desaparecer para siempre un expediente de las gigantescas estanterías: tomándolo de su lugar en el sistema general de ordenación e intercalándolo luego dos filas más abajo.
La nueva autoridad administrativa se ha hecho cargo totalmente de la organización creada por el Stasi: los materiales comprometedores están colocados exactamente en los mismos lugares. En el Fichero Central F16 están registrados los nombres de 6 millones de ciudadanos con sus correspondientes números. Pero en el F22, el Fichero de Expedientes, el acta únicamente puede ser hallada bajo el número de registro anotado en el F16. Como ambas secciones estaban rígidamente separadas, los funcionarios del Stasi en el F16 sólo podían fisgonear los nombres de las personas fichadas. En cambio, los funcionarios del F22 podían leer cosas atroces en los expedientes, pero sin saber a quién se referían. Esta separación estricta de nombres y hechos rige todavía para los empleados que trabajan en el archivo actual.
La nueva dirección, como ha dicho su subdirector Jochen Hecht, ha conservado el sistema del Stasi. Pero lo que antes era un arma, ahora es un remedio, pues los documentos que entonces fueron ocultados, están hoy a disposición de las víctimas.
Al respecto, reflexiona Gauck: “mientras las dictaduras alemanas funcionen eficazmente como burocracias, la superación crítica de dichas dictaduras tendrá que estar también reglamentada burocráticamente”

 

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