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«El lugar es francamente horrible. Es como una alhaja cuya montura es muy superior a la piedra (…) pues la ciudad, como casi todas las cosas del presente, se alza en torpe desafío a las leyes de la naturaleza y la belleza. Pero si vives aquí tus sentimientos serán ambivalentes. Estarás convencido de que es bueno vivir en un No País; sentir, en este mundo de gobiernos hipertróficos cuya organización social aumenta velozmente, que la anarquía sigue siendo una opción.»

Paul Bowles. Tánger, 1954.

Centro de Caracas

Centro de Caracas

La geometría del agua 

Blanca Strepponi, con la colaboración de Luis Miguel Capriles

publicado en la revista Estilo, 1998

El centro de Caracas, ruidoso, sucio y hostil, es sin embargo un sector que guarda numerosos secretos y sorpresas. Rodeadas por avenidas tan fragorosas, anónimas y contaminadas como la Avenida Urdaneta, la Fuerzas Armadas o la Avenida Baralt, las calles interiores son en cambio pacíficas y silenciosas. Allí subsisten los oficios propios de una ciudad de provincias: sastres, herreros, zapateros y carpinteros trabajan concentradamente en pequeños rincones de casas coloniales a veces irreconocibles bajo la pátina de las remodelaciones.
En esa zona es también posible observar de manera acentuada las características de una topografía intrincada que ha marcado definitivamente la psicología de la ciudad.

Hijos del Avila

Las superficies de Caracas derivan en todas sus formas de la montaña que marca su límite norte, el Avila, suerte de horizonte espiritual donde los caraqueños encontramos resguardo. La ciudad se adhiere a los pliegues del valle, moldeando contornos engañosos que ocultan mucho más de lo que revelan. Muchos de esos pliegues corresponden a la complicada red de hilos de agua que desciende desde las laderas del Avila formando quebradas, serpenteantes altos y bajos de la tierra que confluyen en el centro del valle: el río Guaire.
Pero la ciudad, que se ha visto obligada a plegarse a ese mandato aún en contra de su voluntad, vive de espaldas a sus aguas, empeñada inútilmente en ignorarlas porque al fin la naturaleza se impone y suceden las puntuales tragedias de las estaciones de lluvia. Esta expresión del agua sometida no sólo produce derrumbes e inundaciones, sino la permanente ondulación de Caracas: las construcciones reptan por las suaves colinas, forman estrechos senderos, curvas, espirales, elipsis, calles ciegas, avenidas que terminan abruptamente al borde de un barranco. Todo ondula y zigzaguea en desorden, la tierra, la ciudad y sus habitantes.
¿Sería descabellado preguntarse si esta topografía enmarañada no ha condicionado de alguna manera el clima de anarquía y la idea – confirmada desgraciadamente por la negligencia de los gobernantes- de que Caracas es ingobernable?
¿Y no sería también posible encontrar en la complicada formación del terreno que nos soporta la explicación de nuestra condición de turistas crónicos? Porque conocer a Caracas es casi una profesión, un oficio exigente, ya que si bien es una ciudad que se muestra como pocas en sus frecuentes y privilegiadas vistas, en verdad no se deja ver. Y aunque pocos «conozcan» tan bien su ciudad como los caraqueños, porque a falta de una nomenclatura lógica es indispensable recordarla en sus detalles -nombres de edificios, de esquinas, colores de las casas-, ese conocimiento es superficial y poco efectivo cuando se trata de las vidas paralelas.
Vidas paralelas en planos no oficiales: más arriba, en las barriadas que cubren los cerros -a diferencia de las urbanizaciones que se explayan en las colinas- o más abajo, en las quebradas. Una geometría urbana diseñada por la montaña y el agua para guardar secretos.

Avenida Fuerzas Armadas

Avenida Fuerzas Armadas

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Quebrada Aguacatico. Esquinas Aguacatico a Esperanza, Parroquia Altagracia.

Muchas quebradas, urbanizadas de manera espontánea y artesanal, se convierten en calles casi convencionales luego de ser embauladas. Así se despliega la ciudad subterránea, una ciudad análoga a la de los cerros, una ciudad de pobreza conocida exclusivamente por quienes la habitan. Sólo una mirada muy atenta a través de los intersticios de los planos superiores, puede percibir varios metros más abajo la reproducción de un ambiente rural: terrazas silenciosas, galerías, grandes árboles, animales domésticos tomando sol. Y allí mismo, bajo los laterales del puente, en la oscuridad profunda de una catacumba, la imaginación apocalíptica del futuro se hace realidad: construcciones adosadas unas a otras, apoyadas en las raíces de los edificios, sin ventilación, sin cielo, apenas entrevistas bajo la luz amarillenta de un bombillo.
Esta calle insospechada está a pocos pasos de dos de las avenidas más populosas del centro: la Urdaneta y la Fuerzas Armadas.

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