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Mi gato Byron

Mi gato Byron

-Podría escribir un libro, dijo él
-¿por qué no lo hace?
-No puedo concentrarme
-Para la concentración se necesita un gato, dije. ¿Tienes usted un gato?
-¿Gato? No. Ningún gato. Dos perros. Más que suficiente.
Entonces le di un consejo muy bueno: si uno quiere concentrarse profundamente en un problema, especialmente en algo que tiene que escribir o en un trabajo de papeleo, debe adquirir un gato. A solas con el gato en la habitación en que trabaja, le expliqué, el gato invariablemente se subirá a la mesa y se instalará plácidamente debajo de la lámpara. La luz de una lámpara, le expliqué, proporciona a los gatos gran satisfacción. El gato se acomodará y estará sereno, con una serenidad que escapa a toda comprensión. Y la tranquilidad del gato gradualmente se le transmitirá a uno mientras esta allí sentado, de tal modo que todos los elementos excitables que impiden la concentración se apaciguarán y le devolverán a su mente el autodominio que ha perdido. No hace falta mirar al gato todo el tiempo. Su simple presencia es suficiente. El efecto que tiene un gato en la capacidad de concentración es extraordinario y muy misterioso.
El general me escuchó con profundo interés mientras comía, sus ojos yendo y vivniendo de mi cara a su plato. Luego dijo:
-De acuerdo. Iré a comprarme un gato.
Debo decir aquí que tres años después el general me envió un ejemplar de sus memorias de guerra. En la sobrecubierta aparecia una fotografía suya ante su mesa de trabajo con u gran gato callejero sentado, inescrutable, junto a la lámpara. (…) El libro en sí era extremadamente aburrido. Pero yo le había dicho únicamente que un gato ayuda a concentrarse, no que el gato escribe el libro por uno.
Muriel Spark. Muy lejos de Kensington. La bestia equilátera, 2012

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