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Este relato forma parte del libro El médico chino, publicado por Monte Avila Editores
BLANCA STREPPONI

Es verdad que nosotros los alemanes somos bárbaros; éste es un título honorífico para nosotros. Los judíos han infligido dos heridas a la humanidad: la circuncisión en sus cuerpos y la conciencia en sus almas. Yo liberé a la humanidad de las cadenas del alma, del sufrimiento degradante causado por la falsa visión denominada conciencia y ética.

Adolf Hitler

Destrucción de Frankfurt en 1944

Destrucción de Frankfurt en 1944

 

 

 

 

 

 

 

 

EIN

Ancha y chata, como la boca abierta de una herida, la proa del barco se acerca en la oscuridad. Sin nadie a la vista, navega casi en silencio por el medio del río. ¿Qué hacía yo allí, observando esa máquina del mal, en plena noche, sobre un hermoso puente de Frankfurt?

Yo no estaba sola, me acompañaba Juan. Cuando subimos la escalera, un turista asiático nos pidió que le tomáramos una foto. Eligió un encuadre absurdo, porque no se vería ni el río ni el puente, es decir, sería una foto de él como si estuviera en cualquier otro sitio -hay personas ingenuas e impúdicas como niños. Juan tomó la foto y comenzamos a caminar sin prisa por el puente.

La tarde anterior yo había comprado un tiquet para un paseo en barco. Creí que estaba sobre el Rhin, no tanto por ignorancia sino llevada por un deseo literario. No, éste es el Main, me dijeron. Qué más da, era como el Rhin. Así que una tarde soleadísima y calurosa me senté en la cubierta del barco turístico. La voz del guía, oculto en la cabina, hablaba en alemán. Yo escuchaba y observaba la costa: vi personas recostadas en el césped con los ojos cerrados, no tomando sol, sino recibiéndolo como una bendición; vi deslizarse los espléndidos bosques otoñales, elegantes edificios, restaurantes flotantes adornados con flores…. La domesticada belleza del paisaje me producía una sensación física de bienestar. Un viejo anhelo.

Sí, había sido un viejo anhelo conocer Alemania, tal vez porque el cuerpo y su sombra van siempre unidos. En eso había estado pensando esos últimos días cuando oía hablar alemán y su música reverberaba en mí de manera tan nítida y cálida que llegué a creer que en poco tiempo más, si simplemente me entregaba como una amante sin voluntad a esa música, lograría comprenderlo todo, porque el alemán y el yiddish son hermanos de sangre.

Quizá porque estaba distraída tuve un sobresalto cuando escuché la palabra polizei y vi un barco de la policía. Luego escuché la palabra industrie y el paisaje cambió. Fue un cambio brutal, pero nadie en la cubierta pareció haberlo notado. A mi lado, por ejemplo, una pareja de jovencitos, extrañamente feos, permanecieron abrazados en silencio, mirándose a los ojos de vez en cuando. Unos americanos, dos hombres y dos mujeres, continuaron bebiendo cerveza y riendo ruidosos y vulgares -las mujeres eran mayores que los hombres. Un hombre de cuello grueso y rojo masticaba embutidos con expresión ausente. Como digo, a nadie pareció llamarle la atención que en las costas ya no hubiera bosques, ni clubes náuticos, ni aristocráticas mansiones, sino incontables restos de automóviles que habían ido perdiendo lentamente su forma hasta convertirse en descomunales cerros de chatarra. Y altas colinas de un material difícil de identificar: un polvo rojo de aspecto amenazador -¡ay de algo vivo si allí cayera!

Se desprende humo de una chimenea. La polizei saluda, alguien agita su mano desde el interior de una cabina, tras una cortina de encajes; también saludan los hombres de las grúas que depositan el polvo rojo sobre la cubierta de un barco de carga. Luego se deslizarán esos barcos discretamente por el centro del río, procurando no molestar ni dejar rastros sobre castillos y prados. Tal como la sombra acompaña al cuerpo.

Es un río vivo, dije. Juan contestó que no estaba vivo, estaba muerto, sólo que en su superficie había actividad comercial; en realidad era una autopista. Pero en mi paseo de la tarde anterior yo había visto pescadores. Quién sabe qué pescarían, ¿criaturas mutantes?

Juan me tomó del brazo y caminamos por el puente. Era agradable caminar junto a él; aunque apenas nos conocíamos era evidente que nos sentíamos cómodos el uno con el otro. Dos extraños en una ciudad extranjera, dos extranjeros en una ciudad extraña. ¿Qué hacemos aquí?

Pensé en mi abuela que nunca me enseñó el yiddish porque conmigo practicaba el español, recordé a sus amistades, inmigrantes pobres de Europa Central. ¿Debía yo tomar un tren y arriesgarme más allá, atravesar Polonia, llegar a Lituania, al pueblo donde mi abuela decía haber nacido, pero que ahora en el mapa aparece en Bielorrusia? ¿La geografía y la memoria viajan juntas? ¿Tendrían esos paisajes algo reservado para mí? ¿Un secreto guardado bajo los cielos grises? Campos helados. Papas, cebollas, arenques. Ein, zwei, drei.

¿Es verdad que esta ciudad fue destruida al final de la guerra? En una postal se observan cuatro vistas desde el Domo. Frankfurt. Blick vom Dom: 1937, 1945, 1947 y 1994. En el 37, una foto en blanco y negro de una vieja ciudad alemana; en el 45, ruinas color sepia; en el 47, terrenos despejados en blanco y negro, listos para la reconstrucción; en el 94, a todo color el paisaje actual: la reproducción fidedigna del pasado anterior a la guerra y, aquí y allá, altas torres de cristal, optimistas, modernas y desafiantes. Una escenografía que niega la pesadilla. Entonces, ¿es ésta la Goethe Haus? Aquí la foto del director de la casa de Goethe y su hijo, en 1944, sentados sobre los escombros, la cabeza entre las manos. ¿Es ésta la muestra de una voluntad que se sobrepone al horror? ¿Y qué hacemos aquí, nosotros?

Siento la proximidad del cuerpo de Juan. Es bello, aunque su belleza no es convencional porque Juan es un mestizo. Veo en él, que tiene la piel poco menos clara que la mía, antepasados negros e indios: nariz aguileña, ojos grandes y rasgados, cejas gruesas y negrísimas, una mata poderosa de pelo oscuro rizado y un cuello largo y ancho, como el tronco de un árbol joven.

Un mestizo y yo, la sombra del otro, caminando sobre un hermoso puente de Frankfurt. Algo se acerca, no se ve bien pero se escucha un leve chapoteo. Es un barco de proa ancha y chata. No hay nadie en cubierta, como si nunca hubiera habido nadie, como si nada humano fuera allí posible. Va a pasar exactamente bajo nosotros porque estamos en medio del puente y el barco navega por el medio del río. Ahí viene. Es una máquina. La Máquina. ¿Qué hacemos aquí? Vámonos. Sí, vámonos.

ZWEI

-¿Conoces la historia de los siameses chinos?- preguntó Juan.
-Sí. ¿Por qué?- contesté.
-Porque quería contártela.
-Siempre suena distinta, según quién la diga. ¿Cómo se dice siamés en alemán?
Siamesisch. Les pusieron por nombre Chian-Yi y Chiang-Lai y para sorpresa de todos crecieron sin mayores dificultades. Se casaron con dos hermanas y tuvieron varios hijos.
-Recuerdo haber visto una foto de toda la familia. Los siameses aparecían vestidos al modo occidental: traje gris oscuro y corbata.
-Yo también la recuerdo. Todos estaban dispuestos de manera que formaban un grupo perfectamente simétrico. No creo que tuvieran una intención irónica, sino que su experiencia les hacía comprender el mundo de un modo simétrico. Sin embargo, había diferencias entre ellos: mientras Chian-Lai era algo enfermizo y melancólico, Chiang-Yi siempre se mostraba enérgico y de buen humor. Al cumplir 44 años Chian-Lai comenzó a languidecer. Su hermano, alarmado, lo intentó todo: lecturas, buenas comidas, paseos, bellas jóvenes. Era inútil, Chiang-Lai se consumía. Hasta que una mañana, una hermosa mañana soleada, Chiang-Yi despertó y vio la cabeza de su hermano formando un extraño ángulo sobre su propio hombro. Chian-Lai había muerto.
-¿Y entonces?
-Sigue tú.
-Los siameses están de pie frente a una llanura helada. El aire es tan frío y transparente que se estremecen y estrechan sus manos. ¿Qué es la belleza?, pregunta Chiang-Lai. Dijo un ciego que la belleza es una oveja blanca, responde Chiang-Yi. Y Chiang-Lai: la belleza es oír el mar; el brazo extendido de una mujer.
Los siameses asienten complacidos por esas imágenes que acaban de inventar. La llanura los rodea. Nada del mundo les es ajeno, todo lo han visto en la verdad implacable de su pecho unido: el odio, la crueldad, el amor incomprensible. Cuando amaneció, uno de ellos estaba muerto y el otro, al abrir los ojos, murió de miedo.
-¿Quién murió primero?

DREI

De un modo cada vez más nítido comenzamos a oír música de mariachis. La música llega desde un barco profusamente iluminado y adornado con globos de colores. En la cubierta superior, un grupo de mariachis toca sus instrumentos con energía y cantan abriendo mucho la boca. Es cierto, se ven fuera de lugar, con sus gigantescos sombreros y los remaches metálicos en los pantalones ajustados, esos hombres morenos y gruesos. Qué curioso, no pude dejar de pensar. Curioso y melancólico, dijo Juan como si hubiera leído mis pensamientos.

Seguimos caminando, estoy tan cansada, pero es agradable porque pareciera no haber otra opción más que caminar hasta que algo nos detenga. Hemos perdido la voluntad. ¿Por qué todas las ventanas están cubiertas por cortinas blancas de encajes? Son bellas, parecen banderas, ¿es que acaso toda esta ciudad opta por una bandera blanca? Entonces recordé haber visto en una ventana una menorá.
-¿Qué es eso?- preguntó Juan.
-Un candelabro judío de siete brazos- respondí
-¿En la ventana?
-Sí, me hubiera gustado conocer a esos valientes.
-No creo que corran ningún peligro.
-Yo tampoco, pero no dejan de ser valientes.

Los ciclistas cruzan ante nuestro paso, es hermoso verlos, con sus magníficas piernas y la energía que emana de sus cuerpos atléticos. Son dioses indiferentes que nos ofrecen la visión fugaz de su belleza.

Vemos sentados en la acera a una pareja de jóvenes delgadísimos, él acaba de ajustarse una liga en el brazo, puedo ver la vena gruesa y oscura y una hilera de manchas moradas, obscenas sobre su piel tan blanca.

Me llevo la mano al pecho, allí donde esa visión me acaba de golpear. Juan me abraza y siento agradecida cómo la fuerza extraordinaria de los cuerpos se apropia de nosotros y repentinamente lo exige todo. Dejo reposar mi cabeza adolorida en la curva olorosa de su cuello. Estamos quietos, mudos y abandonados a nosotros mismos, cuando el sonido de una explosión nos estremece. Estallan los cristales de los edificios. Esa primera explosión es seguida por otra y otra. La gente corre hacia el río. ¡Feuer aus dim Fluss!! Hay un gran incendio sobre las aguas, un espeso y maloliente humo negro llega desde el río. Juan estrecha su abrazo, temblamos. Llamas altísimas se elevan hacia el cielo oscuro. En las cortinas de encajes el fuego cobra más fuerza y es aún más hermoso.

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