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Este texto fue leído en la presentación del libro Las recetas de la Yaya, en 1999.

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Un editor siempre está orgullosos de sus libros, pero hay que reconocer que algunos son especiales. Eso lo supe de inmediato cuando Sonia González llevó a mi oficina una versión casera de Las recetas de la Yaya, que junto con una amiga diseñadora realizó para su familia en recuerdo de su abuela. Confieso sin pena que mientras lo leía me sentí tan conmovida que estuve a punto de llorar. Esa emoción fue compartida luego por todos los muchos que trabajamos en la edición; trabajamos con enorme cariño y nos esforzamos por traducir, digamos en términos industriales, el espíritu entrañable y doméstico del libro original. (Quiero agradecer a Analiesse Ibarra, creadora de esta portada tan hermosa, a Estela Aganchul quien con su paciencia proverbial aceptó y hasta sugirió rehacer el interior porque no estábamos satisfechas y a nuestro impresor Freddy Almeyda).

Quiero señalar también una virtud de la que Sonia no estaba consciente.  Este libro, tan cercano a la tradición en un sentido amplio, tan conservador en un sentido positivo y hasta literal, es en realidad muy contemporáneo pues se inscribe en una tendencia actual cada vez más importante que revaloriza la intimidad, la figura de la mujer, el ámbito de lo doméstico y las expresiones no profesionales del arte, como por ejemplo el uso de la fotografía testimonial.

De modo que gracias a la sensibilidad de su mirada, a su talento literario, (porque quiero decir a quienes quizá lo ignoren que Sonia González no es sólo mujer de teatro sino también de letras: Sonia es poeta), a su cultura literaria tenemos hoy la dicha de pode ofrecer este pequeño tesoro.

No estoy exagerando, es un pequeño tesoro que revelará sus virtudes a quien lo lea. Aquí hay mucho más que un conjunto de recetas sencillas y encantadoras, hay una historia, una vida, la vida de  la Yaya: aquí de niña, con la misma mirada grave, serena y amorosa que conserva en su madurez, o recién casada, o luego con sus nietos jugando en la terraza, o con una mirada pícara luciendo un coqueto sombrero. Quien lea Las recetas de la Yaya habrá percibido la historia de una mujer que siempre supo cómo ofrecer su amor.

Todos los que tuvimos la suerte de tener una abuela que nos preparara un plato siempre delicioso a nuestros ojos infantiles, agradecemos infinitamente este homenaje de Sonia González que asumimos como propio. De modo que en esta noche celebramos y homenajeamos a todas las Yayas del mundo, Yayas que nos brindaron tanta felicidad y protección que su recuerdo nos abriga para siempre.

Blanca Strepponi

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