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Para Gustavo Viana

cielos strepponi blog

Te escribo esta carta a mi regreso de Escocia, donde estuve trabajando. Tu mamá me dijo que esperabas con mucha alegría mi visita. No sabes cuánto lo siento, no será posible. Debo viajar ahora a esa gran ciudad del Sur que conociste cuando eras aún más pequeña, ¿la recuerdas? allí viven mis padres que ya son bastante viejos y malhumorados (yo los quiero de todas maneras). Debo hablarles de cosas importantes, cosas que a ti te parecerían aburridísimas.

Déjame contarte de Escocia. Es un país muy al norte del mundo, rodeado de agua helada. La tierra allí es muy vieja, casi sin árboles, y forma colinas cubiertas de piedras grises y marrones por donde pasan ausentes las cabras y las ovejas. Es una tierra fría y gastada.

La personas me gustaron, son pobres -como nosotros-, bonitas, amables y un poco solitarias. Los cielos de Escocia están casi siempre poblados de nubes hermosas y variadas que se mueven sin cesar y componen figuras extrañas.

Cuando seas más grande seguramente visitarás Escocia y me darás tu opinión, y si acaso entonces te resulte difícil encontrarme, podrás hablar conmigo desde tus sueños.

Y ahora te contaré de mi viaje en avión. Me da miedo viajar en avión, es un secreto. No es que no me guste, nada de eso, me encanta, pero siempre siento un poquito de miedo. Pensarás que soy un tonto, es verdad. Sólo te pido que no se lo cuentes a nadie porque la gente cree que soy un señor muy serio y valiente.

Volviendo a los aviones.

Debes saber que los aviones vuelan en el inmenso espacio sobre mares y montañas y aunque dos aviones se crucen, siempre varios kilómetros los separan. Imagínate: cuando un avión atraviesa el océano, cuatrocientas personas pequeñísimas flotan en el cielo, mucho más arriba de las nubes y por completo apartadas del mundo. Parece terrible, ¿verdad?, pero no lo es. Créeme. Es hermoso, porque tiene mucho en común con nuestras vidas, que son pequeñas pero extraordinarias.

Trataré de explicarme.

Los aviones me hacen pensar en astronautas, o en barcos antiguos que navegan por mares ya olvidados, o en las carretas de los colonos que poblaron las llanuras donde nací.

Cuando yo era pequeño, como tú ahora, emprendíamos con mi familia largos viajes en un viejo automóvil que cruzaban los monótonos campos. Cubiertos con una gruesa manta, los niños íbamos atrás, masticando galletas, mientras oíamos las historias que contaban mis padres. Y así muchas veces nos quedábamos dormidos y soñábamos sueños extraños.

Por eso digo que cruzar la tierra en automóvil se parece a cruzar el cielo en avión, o el mar en barco. Todos son enormes y solitarios espacios donde los hombres se entregan al sueño y al cielo protector.

Espero mi hermosa niña que no te haya aburrido la carta de este señor secretamente temeroso que tanto te quiere. Escríbeme tú también, pues quiero saber de tus nuevas aventuras y cómo te preparas para cruzar los cielos.

Tomado del libro El médico chino, Monte Avila Editores, Caracas, 1998

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