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Igor Barreto
Fotografías: Ricardo Jiménez
Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro
San Fernando de Apure, Venezuela, 2012
Esta reseña fue publicada en el Periódico de Poesía Nº72, septiembre de 2014, UNAM

 

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Igor Barreto, poeta de imaginación portentosa, nos ha hablado a lo largo de su peculiar obra del llano venezolano, de paisajes y personajes, y sobre todo de paisajes que son personajes. Pero ahora, en un momento de indudable madurez y audacia, el poeta nos propone este otro viaje: ya no hacia la tierra llana donde nació y que tan bien conoce, sino hacia las vertiginosas y gélidas alturas del Nepal.

El atractivo y complejo título nos anuncia su variada y rica naturaleza: hay una célebre montaña, pero es empírica, y hay un funcionario que fabula. Y fabula sin tregua pues Annapurna se construye con  imaginación y referencias: literarias, espirituales, políticas… y se completa con la sabia administración de unas pocas pero muy significativas imágenes.

Así es como el funcionario-poeta, confinado contra su voluntad en una oficina, nos lleva en su huida desde las colinas del tedio, en las altas torres del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, donde retozan los rinocerontes de la anteguerra civil, hasta otras alturas, también letales: las del Annapurna, en Nepal. ¡Y todo a lomo de Google Earth! ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar su alma el funcionario cuyos ojos, congelados en la pantalla del ordenador, se pierden en la helada montaña digital?

Abrimos el libro: un mapa satelital, una foto amenazante de la cima del Annapurna y una figura análoga: un caligrama con forma de triángulo en homenaje a Drummond de Andrade (Hoje sou funcionário público. / Itabira é apenas uma fotografia na parede. / Mas como dói!): Ahora soy un funcionario público. Y el Annapurna es apenas una imagen en la pantalla del ordenador. ¡Pero cómo duele!  

Y luego, ¡quién mejor que Ícaro para comenzar el ascenso a la zona de muerte en este viaje virtual! Como todos sabemos, el deseo de volar condujo al soberbio Ícaro a la muerte. Pero, ¿qué sería la vida sin volar?: Ahora vuelo como cualquier otro aro niquelado de la esfera terrestre, / a 10.000 kilómetros de altura, mientras / fijo mi vista en la montaña que es una epifanía de la Diosa de las cosechas.

Tal como Ícaro,  así los escaladores mueren, página tras página, dejando en la montaña sus cuerpos congelados: David Sharp, Scott Fisher, Chantal Mauduit, Juan Ignacio Apellániz… ¿Cómo una roca puede inspirar honor / y llamar al espíritu?

Cuántos males los aquejan en la ascensión al cielo: la ceguera de la montaña, la necrosis, el edema, las mutilaciones, la gangrena, el delirio, el lenguaje averiado… las avalanchas, la danza del deseo y la muerte. Cada tanto, cuando todo parece perdido, la diosa segadora se presenta ante los escaladores para confirmar el fin con sus cuatro manos hindúes.

Es Nepal, es el Tíbet, tierra espiritual, habitada por monjes. Está Buddha, desde luego. Y es protagonista justamente de uno de los poemas de más fina crítica política y moral, “Lección del auriga”: ¿Y qué es, buen auriga, / lo que se conoce como un escalador? / Un escalador, alteza, significa un ser con demasiada ambición / y al que no le resta mucho por vivir.

Algunas breves y enigmáticas notas al pie recogen canciones nepalíes, seguramente apócrifas, a manera de coros griegos; citas y reflexiones literarias que dan pistas sobre la apuesta estética del autor: “En poesía, tener fuerza de gravedad es más necesario que tener la gracia divina. Es la atracción hacia la zona más negra de lo concreto”. Así, la caída, ya no es una tragedia, sino la realización de una verdad.

Este ha sido el involuntario e indeseado resultado de una burocracia, representante de un régimen autoritario, que decidió hostigar al funcionario poeta: un libro extraordinario. El karma ha cobrado su retribución.

Blanca Strepponi

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