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Marian Castillo, palabras de presentación del libro Diario de John Roberton, Colección La Palma, en la Librería La Puerta de Tanhäuser, en Plasencia, España, febrero de 2015

Ni en mis más remotas pretensiones me imaginé nunca presentando un libro de Blanca Strepponi, porque aquí, a mi lado, está una escritora y editora que forma parte importante de la memoria cultural de los últimos 30 años en Venezuela.

Por eso, antes de comenzar con el Diario de John Roberton, quiero presentarles el primer poema que conocí de Blanca Strepponi. Lo leí cuando yo tenía como veintitantos años y coordinaba una revista sobre libros, así que a mis manos llegaban cientos de títulos de los mejores escritores. Sin embargo, fiché este poema y aún lo conservo. Se titula La habitación propia y dice:

Algunas noches
durante las cuales nada espero
particular que suceda
esas noches varias noches de calma soberbia
cierro la puerta de mi cuarto
me desnudo frente al espejo a veces
me tiendo en diagonal sobre la cama
a oscuras prendo el primer cigarro y pienso
en mi hija en sus ojos atentos
lo transitorio de su amor
me pregunto hasta cuándo me querrá
¿diez años más? ¿toda una vida? ¿una vida larga? ¿una vida corta?
¿seré bella a los 40? ¿después de los 40?
¿tendré cáncer algún día?
¿seré amada alguna vez, otra vez, desesperadamente?

A veces recito los días de la semana en distintos idiomas
miro el techo
dejo los ojos abiertos hasta ver nublado
me aburro cuento hasta cien y me retiro
pienso en casi todos mis amigos
recuerdo a la gente que quiero y ya no veo
las ciudades que fueron mías
los aviones que no tomé
releo cargas afectuosas (mi abuela joven en Polonia sonríe
deslumbrante sentada en un trineo)
también pienso en ti
cuando te miras gravemente las manos
y callas y no me gustas porque estás como ausente
y miento que no te quiero
porque no me quieres como quisiera.

Ya por dormir sueño un beso
(¿qué clase de furia sería aplacada por un único beso?)
un hermoso beso de pez
desmesuradamente largo
brillante frío sedoso
un beso sin color sin sabor
un gesto perfecto en la noche de una mujer.

Cuando leí este poema por primera vez ya Blanca Strepponi era la Directora de Publicaciones de la prestigiosa Fundarte y gracias a Silda Cordoliani pude conocer a Blanca personalmente y la admiré desde el primer día, especialmente por la claridad de sus razonamientos ante algunas situaciones. Aparte, por supuesto, de lo mucho que nos reímos cuando estamos juntas. Blanca es una gran poeta, pero también una excelente narradora, su libro El médico chino tiene relatos extraordinarios y, además, es una gran editora. Ella ideó las colecciones de Los Libros de El Nacional, hace ya como 20 años y de la nada convirtió aquello en un fondo editorial prestigioso.

Sin embargo, han pasado tantas cosas que hoy estamos aquí porque el Diario de John Roberton ha cruzado el charco. Este libro, publicado en 1996, tiene su origen mucho más atrás, en los textos de un médico inglés que llegó a Venezuela como cirujano del ejército de Simón Bolívar. Blanca Strepponi que ya había hecho poesía de lo turbio y de la maldad en El jardín del verdugo (publicado en 1992), logra con Diario de John Roberton presentarnos bajo una mirada casi científica las desventuras de un hombre movido por altos ideales, preparado para la batalla contra un enemigo que nunca se hace visible y es víctima, sin embargo, de lo más hermoso que encuentra en su viaje: la exuberante naturaleza del río Orinoco, los llanos y la selva.

Por otra parte, Diario de John Roberton es una obra de total actualidad. No podría encasillarse en un solo género, porque el hilo narrativo lo convierte en un relato de vida, la poesía se evidencia en la fuerza de las imágenes, en el uso de la palabra pertinente que te remueve por dentro.
Y leo del libro:

El Capitán nos comunica que las provisiones se han acabado.
Bajé a la orilla y maté un mono.
Lo asé y lo comí.
Recuerdo el terror en su mirada antes de morir.
El calor es sofocante.
Muere a bordo un hombre de vómito negro.
El señor Towsend
de Dublín
enferma y muere.
Su cuerpo se hundió veloz
en la aguas del río.

Es importante destacar que en Diario de John Roberton, aunque todo ocurre durante la Guerra de Independencia de Venezuela, la verdadera lucha se da por la supervivencia. El enemigo español nunca aparece, se hace referencia a él, pero se teme más a la selva, a los mosquitos, a las pústulas y enfermedades que a las armas enemigas. Se adivina el disparate de este tipo de conflictos, en idas y venidas, en preparativos que nunca son suficientes. Un hilo de tristeza recorre el texto, al confirmarse que la muerte es la vencedora de la batalla, que Dios se ha alejado de todos. Los únicos momentos de paz son los sueños del protagonista por las tranquilas calles de Dublín.

Estoy extenuado y aún así no logro dormir
el mugir de miles de reses
el relinchar de tantos caballos
el rebuzno de cientos de mulas
el chocar de las armas
el santo y seña que pasa
de una a otra partida de soldados
el ulular extraño
melancólico de los indios
que cantan reunidos
alrededor de sus fuegos
el cielo oscuro sobre el río
oprime el aire.

Diario de John Roberton es un libro de vanguardia, duro, muy duro en una primera lectura, pero que se va volviendo mágico en los detalles, que te lleva a la reflexión y te redime con el lenguaje, con la historia, con la poesía.

Y si a estas alturas alguno se está preguntando ¿cómo pasó Blanca de La habitación propia a Diario de John Roberton? Voy a leer la explicación que la misma Blanca dio en algún momento:
“Recuerdo con absoluta claridad una noche durante la que permanecí acostada junto a un hombre a quien yo amaba. Las luces de la calle apenas iluminaban la oscuridad de la habitación. Estábamos despiertos pero en silencio y de pronto una jauría de perros comenzó a aullar. Tuve miedo, un miedo puro, sólido y extraño que no provenía de ninguna amenaza concreta. Entonces me abracé a él, sentí el frío avasallante que provenía de su cuerpo, dije “tengo miedo”, y comprendí en ese instante la naturaleza maligna de su alma. Esa imagen — que tan bien resume para mí la experiencia de haber percibido el mal, la inequívoca mirada de la muerte, la crueldad del verdugo, el desamparo de la víctima y su extrema soledad—me hizo imperiosa la necesidad de comprender y, aún mucho tiempo después, me impulsó de un modo misterioso hacia zonas de pensamiento que nunca antes había tenido en cuenta con seriedad.”
Y para terminar, también de Diario de John Roberton:

“La estepa rusa venció a Napoleón, la selva inclemente a nosotros y el infierno a todos.”

Marian Castillo

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