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Por Michelle Roche Rodríguez
Palabras de presentación en Casa Sefarad, Madrid, del libro Diario de John Roberton, editado por Colección La Palma, 2015.

DiariodeJohnRoberton blog

Mientras Simón Bolívar, a la postre el Jefe Supremo de la República, se dedicaba a escribir la historia con “H” mayúscula en el Congreso de Angostura, donde pronunció el famoso discurso que sentó las bases republicanas de varias naciones al norte de Suramérica, el cirujano escocés John Roberton remontaba los ríos Orinoco y Arauca, atravesaba selvas y llanuras para ver “el destello bestial en los ojos del hombre” y encontrarse, al final, con la muerte.
Como muchos soldados del bando patriota a quienes la enfermedad o la naturaleza extinguieron antes de embestir al enemigo, su participación en la Independencia fue algo menos que estéril: cuando se murió en 1820, aún no había podido ejercer el cargo de Director General de los Hospitales de Nueva Granada que Bolívar le había encomendado dos años antes. Su aporte para la contienda –importante pero rara vez reseñado por los historiadores– fue aconsejar que se nombrara a un cirujano particular y un botiquín de guerra para cada batallón comandado por los criollos. Dice la única entrada en Internet que pude conseguir sobre el tema que aquel consejo mejoró pero no resolvió el estado de las tropas.

Dos años después de la muerte de Roberton se publicó en Londres un libro con las notas de su viaje con el título Journal of an Expedition 1400 miles up the Orinoco and 300 up the Arauca y tiene que esperarse un siglo y medio para que José Rafael Fortique lo traduzca al castellano. Esta edición del médico marabino sirvió a Blanca Strepponi para que en 1996 se imaginara cinco cartas que hubiera podido escribir el expedicionario escocés durante sus días de grandeza y delirio, cuando fue a Venezuela para embarcarse en “la empresa más sustancial para la evolución del hombre: la libertad” y terminó comprendiendo en su carne que “el amor es un anhelo”.

La publicación que Ediciones La Palma hace ahora de esta obra singular demuestra la puntualidad de su vigencia: la grandilocuencia del heroísmo no es más que una propaganda para la liquidación del otro.

Strepponi ensambla a ranura y lengüeta el motivo por antonomasia de la literatura venezolana, la lucha entre civilización y barbarie, con un tema recurrente del misticismo judío: el exilio de Dios como origen del mal. Por eso las estrofas dedicadas a la doma de caballos y mulas salvajes, para acelerar el paso del ejército con animales que no estuvieran cansados de trajinar la guerra y esa de los cuerpos llenos de cenizas con que avanzan los soldados del ejército patriota bordeando el río Arauca se erigen como las imágenes más fuertes del poemario.

La doma se hace así:
enlazado el caballo
lo tumban

sujeto con fuerza
le colocan el freno
y la silla de montar

el domador sube la silla
toma el freno
y junto a varios más
armados de garrotes
golpean al animal
en la cabeza
hasta que se levanta

una vez en pie
lo vuelven a golpear
luego lo colocan
y los tres se lanzan al galope
hasta que el domado
cae
exhausto

ya está así amansado para siempre
pues su espíritu
ha sido destruido

La violencia, más brutal por cuanto parece gratuita, por medio de la cual los hombres, animales también, convierten a un caballo en un ser dócil para la guerra representa la necesidad de “civilizar” a venezolanos y neogranadinos.

En este proceso, sin embargo, el Diario de John Roberton no tiene muchas esperanzas, pues algo nos advierte de las dificultades de intentar llevar la libertad a quien se ha cansado de esperarla:

Los esclavos liberados han huido a las montañas

Unidos a bandas de zambos

son ahora ladrones y asesinos

y las mujeres

prostitutas.

Angostura. Ilustración realizada por John Roberton

Angostura. Ilustración realizada por John Roberton

Civilizarlos, hacerlos igual a uno; o, quizás, aniquilarlos, parece ser el lema de la campaña bélica que, desgraciadamente, se parecía mucho al proceso colonizador emprendido trescientos años antes por quienes en el siglo XIX fueron considerados enemigos. Se trata del mismo lema que en las formas de exilio y de exterminio los judíos han conocido varias veces en la historia.
“Páez incendia las sabanas para dejar a los españoles sin forraje”, nos dice Roberton por la pluma de Strepponi:

Sufrimos de este modo cruelmente el calor

Nubes de cenizas dificultan las respiración
y cubren nuestros cuerpos con una pátina oscura

La alusión a la muerte y a la disolución de los cuerpos en la imagen de la ceniza refuerza la idea de guerra de exterminio que la autora propone en el texto con que abre su obra. Y vuelve así a machacar su cantaleta contra el mesianismo: debajo de la promesa de “libertad” que albergaba la Guerra de Independencia, se escondía la atroz finalidad de acabar con otro.

“Soy el exilio de Dios / el exceso de su justicia” vuelve a decirnos la poeta que no quiere dejarnos con el sabor de la violencia en la lengua cenicienta.

Y en las últimas estrofas, cuando Roberton descubre que “hay algo horroroso / en la profunda soledad del paisaje”, da forma a una sensación onírica y vuelve a las enseñanzas místicas para reconocer que el mal, en su misteriosa presencia imperecedera, es un motivo, aunque sea paradójico, de la salvación.

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