Por Alejandro Méndez

Crónicas budistas. Blanca Strepponi. Editorial Dcir, Caracas, 2016

Crónicas budistas. Blanca Strepponi. Editorial Dcir, Caracas, 2016

  
Rezar con palabras humildes, no por serviles sino por devocionales. 

Múltiples reverencias ante el aquí y ahora, cada una con un matiz diferente pero todas ellas verdaderas. No hay reverencias complacientes o escenográficas, sino un lugar de enunciación genuino devenido escritura.  

Aceptación como instancia superadora de la polaridad. Una ética del respirar. Una poética del decir. 

Admirable unidad conceptual que lleva a pensar a estas Crónicas budistas como un único poema segmentado en diversos pliegues. Cada pliegue es una reverencia de colores tenues, un gran poema como una ola que atraviesa ráfagas de odio, desconfianza, guerra, resentimiento, ira y vergüenza. Todos estos sentimientos mundanos no están obliterados en el libro: una sintaxis cercana a la plegaria los transmuta en silencio. Este silencio es una respuesta activa y reconfortante.

Diametralmente opuesta al resultado del encuentro entre Heidegger y Celan, reflejado en el poema Todtnauberg. Allí el poeta y el filósofo llegan a un agrio silencio que aún hoy sigue molestando. En cambio acá hay comunión.
Lo político también está presente, como así las dos patrias, en un juego intercambiable de ausencias y presencias. En esos intersticios, como un puente, el yo poético oficia de traductor agenciando un tráfico constante de emociones y significantes, como refieren los poemas de los monjes coreanos, ya sea frente al poema de Borges o ante el poema de Salas:

Les digo que la cabeza de la poeta
se balancea como una araña
sostenida por el hilo de sus pensamientos
que la red que teje con ese hilo
va ocupando toda su casa
que solitaria y tranquila se balancea
la cabeza en el aire. 
 

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