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Foto de Blanca Strepponi, de la serie "Pequeñas aventuras",

Foto de Blanca Strepponi, de la serie “Pequeñas aventuras”

Crónicas budistas es un libro de un sincero sentimiento religioso. Y es también un libro “sin estilo”, como decía Azorín: es que el agua cristalina no tiene estilo, tiene solo claridad, como prolongación de su condición física.

Recordé a Kenneth White y su geopoética, el recuerdo tan querido de su Tierra de Diamante, que al igual que el lenguaje de Blanca Strepponi permanentemente hace una reverencia para estar a la misma estatura del mundo, o incluso por debajo de los objetos que nos rodean. Cuando un animal no quiere ser agredido toma esta postura, que es ante todo un gesto de preservación suya y del adversario.

Agradezco las alusiones a mis poemas, sin duda están en sintonía con lo que desea decir la autora. Como bien sabe ella, durante años tuve gallos de pelea, finalmente, por razones de salud, he debido abandonarlos, y agradezco esa circunstancia.

Con ello, en mi vida se hizo muy patente mi separación de la experiencia de la muerte y, aunque aprendí de su cercanía, ahora me ha tocado aprender de la distancia que vivo con esa experiencia.

En Crónicas budistas hay una saludable falta de “énfasis”. Si yo pudiera lograr eso… quisiera una aproximación más natural, tal vez invisible. Pero creo que hablo de mis propósitos. Con la escritura he aprendido a ir detrás del cuerpo, aunque a veces, el cuerpo, como los ríos llaneros, no va en una línea recta sino que describe una S detrás de otra S, y así va cubriendo distancias hasta que desaparece el alfabeto.

Me encantó el libro, y lo seguiré leyendo y aprendiendo de él.

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