Etiquetas

, ,


Por Marco Antonio Murillo*

Reseña del libro Crónicas budistas de Blanca Strepponi publicada en la revista mexicana “La palabra y el hombre” que edita la Universidad de Veracruz.

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

La poesía no sólo es un arte capaz de encapsular momentos clave en la vida del poeta, también es espejo y espejismo del tiempo para sus lectores.

La mejor poesía tiende a ser una buena crónica del presente histórico en el cual el escritor se sitúa. Una crónica, que es al mismo tiempo las dos caras de una moneda: por un lado, devela un yo poético muy particular, imbuido en el ámbito social y que opina activamente sobre su entorno. Por otro, una partitura (musical o de trama) que busca generar la atmósfera específica del momento histórico en que el poema fue concebido. Mi padre el inmigrante de Vicente Gerbasi es un buen ejemplo. Se parte de una particularidad (el padre del poeta), para retratar el fenómeno de la migración de europeos hacia Sudamérica en los primeros años del siglo xx.

Crónicas budistas de Blanca Strepponi es el cuarto y último libro editado por la poeta Edda Armas, bajo su sello Dcir Ediciones. La mencionada casa editorial ha resultado un verdadero bastión de resistencia en contra de las políticas sociales impuestas por el régimen chavista en Venezuela, pues no sólo mantiene fresca la literatura de su país, sino también evita que pierda su sentido crítico respecto a su contexto actual. Por ello, no dudo que al final de su existencia Dcir Ediciones llegue a ser una crónica viva de la literatura frente al chavismo. Además, sus políticas de publicación resultan democráticas, tanto para los lectores de poesía como para los autores.

La casa publica dos poemarios al año, uno de un autor joven y el otro de un escritor con trayectoria. De esta forma, al mismo tiempo que la editorial se consagra, abre puertas a nuevas voces. Por su parte, Blanca Strepponi es ya una voz relevante en sus dos países de formación, Argentina y Venezuela. Desde 1988 ha publicado cinco volúmenes de poesía y dos de narrativa; de 1989 a 2005 participó en el Fondo Editorial Pequeña Venecia en Venezuela, que en su haber alcanzó 98 títulos de poesía publicados.

En Crónicas budistas, compuesto por 37 poemas, divididos en tres secciones, “Crónicas budistas”, “Pensando en mi otra patria” y “Verano en el templo”, Blanca Strepponi logra demostrar a su lector que una voz poética madura no necesita más que la sencillez del discurso para crear una atmósfera creíble y dejar patente su visión propia del mundo. Allí, en ese último punto, radica la esencia del libro: un trabajo fino de poesía situado entre dos espacios: lo oriental, la sobria belleza, la capacidad de contemplación y su lenguaje; lo occidental y sus problemáticas sociales.

En la primera y última secciones la poeta se dedica a ensayar, desde un punto de vista orientalizado, ciertos temas que van desde la naturaleza, la muerte, hasta el amor por nuestras mascotas y las relaciones de amistad que establecemos con algunas personas. En estas dos secciones su poesía, a pesar de que tiene un tratamiento muy concreto en cuanto al tema en cuestión, genera una voz capaz de englobar a toda la raza humana.

Cuando la poeta escribe: “Junto mis manos para orar sin palabras. Aceptación y silencio”, en realidad es la humanidad hablando. La humanidad que deja la vorágine tecnológica en la que se encuentra inmersa y regala al lector una pausa, un minuto de silencio, donde podemos contemplar nuestro alrededor, como si estuviese dotado de objetos y momentos sagrados. La contemplación, pues, es el país de la poeta de Crónicas budistas, el sitio de las palabras perennes, la poesía que es casa para quien la busca.

En noviembre el jacarandá florece
y todo lo ilumina con un exquisito color lila
tenue y delicado cubre las aceras

Así caminamos sobre tapices de lujo
y sonreímos casi sin darnos cuenta
bendecidos por ese fugaz regalo

En la segunda sección la poeta echa un vistazo a las problemáticas sociales que ahora mismo se encuentran golpeando al pueblo venezolano. Para ella este país localizado físicamente entre Colombia, Brasil y Guyana, pero seguramente enraizado en sus recuerdos de juventud, ya no es su patria completamente, porque ahora “es el país con forma de mancha de sangre”. Precisamente esta segunda sección es la de mejor hechura y momentos poéticos de todo el libro. Hacerla requirió una labor titánica que sólo la experiencia de años de trabajo con poesía y la asimilación de su contexto pueden lograr.

Los hombres que estuvieron presos injustamente
han sido liberados y están ahora reunidos en un bello jardín

Envueltos por el aire amable de una noche templada
se muestran educados y mundanos
no han perdido su encanto
pero la luz de sus ojos se ha apagado

Cuando la poeta nombra esta otra realidad, dolorosa, le es inevitable colocarse en el margen de dos orillas: la de la contemplación y aquella otra violenta. Por ello dice:

Quise ser budista
pero no pude.

Hay en estos dos versos una poética consciente del lugar que debe ocupar el poeta en la historia. Es como si dijera: quise entregarme completamente a la contemplación de las cosas por la poesía, pero no era lo que en estos tiempos me tocaba, la poesía debía ir más allá, escarbar los acontecimientos del presente.

Cada texto de Crónicas budistas se encuentra antecedido por una máxima a manera de reverencia, que tiene la función, más que de anunciar el tema del poema al que pertenece, de realizar un ejercicio de agradecimiento a la manera de “Otro poema de los dones” de Jorge Luis Borges. Por tanto, esta serie de reverencias, que en total suman 27, pueden ser perfectamente leídas una tras otra, formando así un poema autónomo, de largo aliento. Una oración sagrada, que dura la longitud del libro y cuya técnica estructural primaria es la repetición de las primeras cuatro palabras: “Hago una reverencia para sentir la felicidad y la paz de la mente a través del amor”, reza una de ellas.

Las reverencias también dan orden al poemario, nos hacen saber que las tres partes son un mismo corpus: naturaleza, historia, hombre, van en un mismo fluir de tiempo validado por la poesía, cronicado por ella.

El poema final es una doble muestra de la humildad que la mejor poesía es capaz de tener. La poeta cede su voz a su maestro Ho Jun Jang, quien habría sido su guía espiritual en su camino por el budismo, y que ahora, junto al lector, deja escuchar nuevamente sus enseñanzas:
“He sentido el deseo de reencarnar en un cactus
Ser humano es muy difícil”.

¥ Marco Antonio Murillo tiene MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Becario en la Fundación para las Letras Mexicanas, en ensayo.

Anuncios