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Ilustración Pixabay

Seis de la tarde, voy con entusiasmo a mi primera clase de yoga en mucho tiempo… Me encuentro con un nutrido grupo de señoras y un joven con una remera de los Sex Pistols.

La profesora saluda a todos amablemente, conecta la música y ¡comenzamos!
Primero respirar y estirarnos. Mientras hago lo mejor que puedo, porque no es fácil enviar la respiración al abdomen inferior, me llegan fragmentos musicales. Aclaro: lo que suena no es estrictamente música, sino una suerte de hilo de palabras susurrantes, a veces dichas por un hombre y otras veces por una mujer. Y si bien no presto deliberada atención, escucho algunos mensajes motivadores, tales como: “Soy un ser de luz”, “Soy una gran persona”, “Me encanta mi cuerpo”… La verdad es que sin querer me voy imbuyendo de autoamor y sigo adelante con mayor entusiasmo.

Luego de un rato, ya más aceitadas, abandonamos la posición vertical y nos sentamos en el piso bastante rápido, si bien con escasa elegancia.

“Me siento muy bien conmigo mismo”, anuncian desde el equipo de música. Pero no es mi caso, porque en la posición de la pinza, Paschimottanasana, apenas llego a las rodillas y los bronquios se me estrujan. Claro, me digo, hace mucho que no practico.

-Ahora, kurmasana, postura de la tortuga -ordena la profe- La caparazón inferior nos pone en contacto con la tierra. La superior nos conecta con el cielo. ¡Cuánto equilibrio! Mantengan la espalda recta, unan las plantas de los pies, cuidado, las rodillas pegadas del piso. ¡Relajen las ingles! Vayan pasando los brazos por debajo de las pantorrillas. Inhalen, exhalen, al exhalar, lleven el tronco hacia delante. Con cada exhalación, sientan cómo se alargan lumbares y dorsales…

Escucho gemidos alrededor, es un alivio, ya no me siento tan sola.

-Ahora, Ustrasana, postura del camello.

Cómo les gusta a los orientales observar a los animales. Tiene mucho sentido, porque si uno trata de imitarlos es mucho lo que se aprende… pero me dejo de disquisiciones, debilidad de mi carácter cuando me enfrento a situaciones críticas, y vuelvo al camello. ¡Parece fácil! Solo hay que ponerse de rodillas, doblar la espalda hacia atrás y agarrarse los talones con las manos… La profe dice que estimula los pulmones y la circulación… Yo siento que todo está a punto de quiebre, ¡y eso que no llego ni a la mitad del camino hacia los talones!

-Hagan lo que puedan, no se exijan –dice piadosa la profe.

Luego de otros fallidos intentos zoológicos, llega la parte preferida de todos: ¡la relajación!!! La profe apaga la luz, apaga la música y prende un incienso. Todos nos abrigamos, porque es sabido que una buena relajación conduce a una baja de temperatura en el cuerpo.

-Ahora Savasana, postura del cadáver.

Esto no me relaja mucho, pensé. Pero hay que confiar.

-Boca arriba, brazos separados del cuerpo, manos con las palmas hacia arriba, piernas algo separadas. Debemos recomponer el equilibro energético. Respirando suavemente, muevan los ojos de un lado al otro. Frunzan el ceño, aflojen. Cierren los ojos, aflojen. Contraigan la mandíbula, aflojen. Relajen la nariz, la lengua, los labios… Muevan la cabeza de un lado al otro. Relajen los folículos pilosos. Sientan la respiración descender por las cervicales, recorrer todas y cada una de las vértebras, relajen las lumbares. Relajen las rodillas, las pantorrillas y los tobillos. Pongan una sonrisa en el páncreas, una sonrisa en el hígado…una gran sonrisa en los intestinos.

Y mientras sonreía a mis preciados órganos internos, escuché los suaves ronquidos del joven Sex Pistols…

El yoga es así, hace que uno tome conciencia y disfrute del presente. En ese momento me prometí tratar de sentirme una gran persona y dar la bienvenida a todos los que lleguen a mi vida como ligeros pétalos agitados por la brisa.

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