John Roberton, la batalla contra un enemigo inesperado

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Marian Castillo, palabras de presentación del libro Diario de John Roberton, Colección La Palma, en la Librería La Puerta de Tanhäuser, en Plasencia, España, febrero de 2015

Ni en mis más remotas pretensiones me imaginé nunca presentando un libro de Blanca Strepponi, porque aquí, a mi lado, está una escritora y editora que forma parte importante de la memoria cultural de los últimos 30 años en Venezuela.

Por eso, antes de comenzar con el Diario de John Roberton, quiero presentarles el primer poema que conocí de Blanca Strepponi. Lo leí cuando yo tenía como veintitantos años y coordinaba una revista sobre libros, así que a mis manos llegaban cientos de títulos de los mejores escritores. Sin embargo, fiché este poema y aún lo conservo. Se titula La habitación propia y dice:

Algunas noches
durante las cuales nada espero
particular que suceda
esas noches varias noches de calma soberbia
cierro la puerta de mi cuarto
me desnudo frente al espejo a veces
me tiendo en diagonal sobre la cama
a oscuras prendo el primer cigarro y pienso
en mi hija en sus ojos atentos
lo transitorio de su amor
me pregunto hasta cuándo me querrá
¿diez años más? ¿toda una vida? ¿una vida larga? ¿una vida corta?
¿seré bella a los 40? ¿después de los 40?
¿tendré cáncer algún día?
¿seré amada alguna vez, otra vez, desesperadamente?

A veces recito los días de la semana en distintos idiomas
miro el techo
dejo los ojos abiertos hasta ver nublado
me aburro cuento hasta cien y me retiro
pienso en casi todos mis amigos
recuerdo a la gente que quiero y ya no veo
las ciudades que fueron mías
los aviones que no tomé
releo cargas afectuosas (mi abuela joven en Polonia sonríe
deslumbrante sentada en un trineo)
también pienso en ti
cuando te miras gravemente las manos
y callas y no me gustas porque estás como ausente
y miento que no te quiero
porque no me quieres como quisiera.

Ya por dormir sueño un beso
(¿qué clase de furia sería aplacada por un único beso?)
un hermoso beso de pez
desmesuradamente largo
brillante frío sedoso
un beso sin color sin sabor
un gesto perfecto en la noche de una mujer.

Cuando leí este poema por primera vez ya Blanca Strepponi era la Directora de Publicaciones de la prestigiosa Fundarte y gracias a Silda Cordoliani pude conocer a Blanca personalmente y la admiré desde el primer día, especialmente por la claridad de sus razonamientos ante algunas situaciones. Aparte, por supuesto, de lo mucho que nos reímos cuando estamos juntas. Blanca es una gran poeta, pero también una excelente narradora, su libro El médico chino tiene relatos extraordinarios y, además, es una gran editora. Ella ideó las colecciones de Los Libros de El Nacional, hace ya como 20 años y de la nada convirtió aquello en un fondo editorial prestigioso.

Sin embargo, han pasado tantas cosas que hoy estamos aquí porque el Diario de John Roberton ha cruzado el charco. Este libro, publicado en 1996, tiene su origen mucho más atrás, en los textos de un médico inglés que llegó a Venezuela como cirujano del ejército de Simón Bolívar. Blanca Strepponi que ya había hecho poesía de lo turbio y de la maldad en El jardín del verdugo (publicado en 1992), logra con Diario de John Roberton presentarnos bajo una mirada casi científica las desventuras de un hombre movido por altos ideales, preparado para la batalla contra un enemigo que nunca se hace visible y es víctima, sin embargo, de lo más hermoso que encuentra en su viaje: la exuberante naturaleza del río Orinoco, los llanos y la selva.

Por otra parte, Diario de John Roberton es una obra de total actualidad. No podría encasillarse en un solo género, porque el hilo narrativo lo convierte en un relato de vida, la poesía se evidencia en la fuerza de las imágenes, en el uso de la palabra pertinente que te remueve por dentro.
Y leo del libro:

El Capitán nos comunica que las provisiones se han acabado.
Bajé a la orilla y maté un mono.
Lo asé y lo comí.
Recuerdo el terror en su mirada antes de morir.
El calor es sofocante.
Muere a bordo un hombre de vómito negro.
El señor Towsend
de Dublín
enferma y muere.
Su cuerpo se hundió veloz
en la aguas del río.

Es importante destacar que en Diario de John Roberton, aunque todo ocurre durante la Guerra de Independencia de Venezuela, la verdadera lucha se da por la supervivencia. El enemigo español nunca aparece, se hace referencia a él, pero se teme más a la selva, a los mosquitos, a las pústulas y enfermedades que a las armas enemigas. Se adivina el disparate de este tipo de conflictos, en idas y venidas, en preparativos que nunca son suficientes. Un hilo de tristeza recorre el texto, al confirmarse que la muerte es la vencedora de la batalla, que Dios se ha alejado de todos. Los únicos momentos de paz son los sueños del protagonista por las tranquilas calles de Dublín.

Estoy extenuado y aún así no logro dormir
el mugir de miles de reses
el relinchar de tantos caballos
el rebuzno de cientos de mulas
el chocar de las armas
el santo y seña que pasa
de una a otra partida de soldados
el ulular extraño
melancólico de los indios
que cantan reunidos
alrededor de sus fuegos
el cielo oscuro sobre el río
oprime el aire.

Diario de John Roberton es un libro de vanguardia, duro, muy duro en una primera lectura, pero que se va volviendo mágico en los detalles, que te lleva a la reflexión y te redime con el lenguaje, con la historia, con la poesía.

Y si a estas alturas alguno se está preguntando ¿cómo pasó Blanca de La habitación propia a Diario de John Roberton? Voy a leer la explicación que la misma Blanca dio en algún momento:
“Recuerdo con absoluta claridad una noche durante la que permanecí acostada junto a un hombre a quien yo amaba. Las luces de la calle apenas iluminaban la oscuridad de la habitación. Estábamos despiertos pero en silencio y de pronto una jauría de perros comenzó a aullar. Tuve miedo, un miedo puro, sólido y extraño que no provenía de ninguna amenaza concreta. Entonces me abracé a él, sentí el frío avasallante que provenía de su cuerpo, dije “tengo miedo”, y comprendí en ese instante la naturaleza maligna de su alma. Esa imagen — que tan bien resume para mí la experiencia de haber percibido el mal, la inequívoca mirada de la muerte, la crueldad del verdugo, el desamparo de la víctima y su extrema soledad—me hizo imperiosa la necesidad de comprender y, aún mucho tiempo después, me impulsó de un modo misterioso hacia zonas de pensamiento que nunca antes había tenido en cuenta con seriedad.”
Y para terminar, también de Diario de John Roberton:

“La estepa rusa venció a Napoleón, la selva inclemente a nosotros y el infierno a todos.”

Marian Castillo

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Apolo en la cocina


Liu Xiaofang, "I remember"

Liu Xiaofang, “I remember”

A Yolanda Pantin

-Podría vender vitaminas. Se gana dinero.
-¿Tú crees?- dijo Cristina incrédula. -Yo no sirvo para vender nada. Además, cuando hago cuentas siempre me equivoco.
-Pero estas vitaminas se venden solas, dan una fuerza increíble. Son importadas. ¿Por qué no prueba?
-Mejor me las tomo. Si tengo suficiente fuerza tal vez consiga otro trabajo.

Cristina suspiró y se sentó en el borde de la silla tratando de evitar la rotura del centro. Era una posición un tanto incómoda, pero ya se había acostumbrado, porque cuando comía con los niños no siempre estaban dispuestos a cederle la única silla que aún se conservaba entera.

-Es una lástima, estaba ilusionada con ese trabajo. Ya me había hecho a la idea de ir todos los días a un mismo sitio, a la misma hora. Uno entra sonriendo, respira un olor conocido, dice buenos días y se alisa el pelo. Está bien, pensé, me resultará fácil porque soy una persona muy rutinaria. Cualquier cosa que se salga de lo acostumbrado me provoca un sentimiento raro, como un desconcierto.

-Sí, es una lástima- confirmó él y de verdad sintió lástima por esa mujer delgada y casi desconocida. Pero él no se entregaba con facilidad a esa clase de sentimientos; irguió la regia cabeza y comenzó a lavar los platos.

-Las cosas se dan cuando tienen que darse. Ese trabajo no era para usted, Cristina, convénzase. Saldrá algo mejor.

Era diestro, metódico y elegante hasta en los gestos más nimios. Las ollas salían inmaculadas de sus manos, los platos quedaban apilados de acuerdo al tamaño y los vasos boca abajo sobre una servilleta de papel. A pesar de la naturalidad de su actitud, de su encantadora espontaneidad, resultaba inquietante ver a ese joven alto y atlético, un experto surfista, concentrado ante el fregadero. Ella lo admiraba tan sumisa que las palabras escaparon de su boca: «es como tener a Apolo en la cocina».

-¿Cómo?- preguntó él.
-Nada, hablaba sola. ¿Quién te enseñó a lavar los platos?
-Mi mamá- respondió él orgulloso. -Como ella siempre trabajó mucho, en mi casa todos colaboramos desde pequeños. Yo sé hacer de todo: cocino, plancho, hago las compras. Por cierto, Cristina, ¿ustedes qué comen?
-No sé, comidas normales. ¿Por qué?
-Porque su despensa está vacía.
-Compro lo del día. No he tenido mucho ánimo últimamente.
-Si quiere, cuando compre para mí puedo comprar también lo que usted me encargue. Yo sé de un sitio donde venden las cosas más baratas.
-Al supermercado de la esquina no puedo ir más.
-¿Por qué?
-Porque me vieron robando una lata de aceite de oliva.
-¡Qué vergüenza!
-Ni me lo digas.

Habían permanecido por un momento en silencio cuando sonó el teléfono. Ambos se sobresaltaron porque el timbre estaba conectado a un pequeño altoparlante, de esa manera Cristina se aseguraba de oírlo desde cualquier sitio de la casa, aun con la puerta cerrada. Se levantó de inmediato, hacía horas que esperaba una llamada. A veces odiaba el teléfono, tanto como se puede odiar un vicio: hasta había escrito un largo y elocuente poema en contra del teléfono. Volvió a la cocina con aspecto vencido. El la miró a los ojos.

-Número equivocado- se sintió obligada a decir.

Volvieron a quedar en silencio. Sintieron cierta incomodidad porque él ya había guardado los platos y no encontraban qué hacer en la cocina. Por fin se atrevió a mirarla de soslayo y le dijo: Está un poco delgada, disculpe la indiscreción. Creo que es buena idea que tome las vitaminas, tengo un frasco de muestra. Ahora se lo traigo.

Cuando él salió, la cocina se vio desolada y más ruinosa que nunca. Cristina tomó un libro, se sentó en el vetusto sillón que había sido de su abuelo y vagó su mirada por la sala. Amaba ese lugar de la casa. Poco a poco había ido poblando las paredes de imágenes que con el tiempo se le hacían tan familiares que no concebía la idea de quitarlas. Odiaba los cambios. Así, reproducciones de pinturas donde los cielos eran obscuros y más turbulentos que el mar, afiches, fotos de parientes lejanos, postales recibidas con ansiedad desde el extranjero, manualidades infantiles, se mezclaban con pilas de libros y muebles rudimentarios llenando cada centímetro del abigarrado espacio.

«Los objetos más preciados son los que tienen una historia, aunque esa historia nos sea desconocida», le habían dicho alguna vez y de inmediato hizo suya esa idea que pareció haber sido concebida para explicar su extravagante impulso. Porque a menudo Cristina llegaba a su casa llena de entusiasmo con su viejo automóvil cargado de cosas encontradas en la calle, cosas que habían sido desechadas por sus dueños con alivio y en las manos de Cristina cobraban una vida inesperada.

Allí, en la penumbra de la sala, se sentía segura, tanto que a veces pensaba que jamás lograría salir de la casa. Pero, naturalmente, siempre se veía obligada a enfrentarse al mundo, un mundo inhóspito del que regresaba debilitada y ansiosa.

Cerró los ojos, entregada con placer a la melancolía. Es irremediable, se dijo, ya habituada a pensar en la dicha como algo perdido.

Una leve presión el hombro la sacó de su ensimismamiento. Abrió los ojos y se sobresaltó. Era Apolo otra vez, con su irresistible sonrisa, ahora en la sala de su casa. Pensó resignada que jamás se acostumbraría a la presencia de ese nuevo inquilino, saludable, hermoso, dorado, lleno de optimismo.

-Tome, le dijo él en voz baja extendiéndole un vaso de agua.
-¿Qué es?
-Las vitaminas. ¿Le importa si subo un poco las cortinas? La tarde está preciosa.

El cuarto se llenó de luz y una suave brisa hizo tintinear la vieja araña de cristal. Cristina observó al silueta del joven apoyado en el dintel de la ventana; era una figura irreal, casi un dibujo.

Luego, tomó en sus manos el frasco de vitaminas que encerraba cientos de cápsulas multicolores y brillantes. Pensó en los magos poderosos y protectores de los cuentos leídos en la infancia, en las antiguas promesas, en los lejanos secretos de la felicidad.
Hizo rodar varias cápsulas sobre la palma de la mano, eligió la más bonita, se la llevó a la boca y bebió un largo sorbo de agua.

Del libro Un médico chino, Blanca Strepponi. Monte Avila, Caracas, 1999

Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario)

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Igor Barreto
Fotografías: Ricardo Jiménez
Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro
San Fernando de Apure, Venezuela, 2012
Esta reseña fue publicada en el Periódico de Poesía Nº72, septiembre de 2014, UNAM

 

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Igor Barreto, poeta de imaginación portentosa, nos ha hablado a lo largo de su peculiar obra del llano venezolano, de paisajes y personajes, y sobre todo de paisajes que son personajes. Pero ahora, en un momento de indudable madurez y audacia, el poeta nos propone este otro viaje: ya no hacia la tierra llana donde nació y que tan bien conoce, sino hacia las vertiginosas y gélidas alturas del Nepal.

El atractivo y complejo título nos anuncia su variada y rica naturaleza: hay una célebre montaña, pero es empírica, y hay un funcionario que fabula. Y fabula sin tregua pues Annapurna se construye con  imaginación y referencias: literarias, espirituales, políticas… y se completa con la sabia administración de unas pocas pero muy significativas imágenes.

Así es como el funcionario-poeta, confinado contra su voluntad en una oficina, nos lleva en su huida desde las colinas del tedio, en las altas torres del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, donde retozan los rinocerontes de la anteguerra civil, hasta otras alturas, también letales: las del Annapurna, en Nepal. ¡Y todo a lomo de Google Earth! ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar su alma el funcionario cuyos ojos, congelados en la pantalla del ordenador, se pierden en la helada montaña digital?

Abrimos el libro: un mapa satelital, una foto amenazante de la cima del Annapurna y una figura análoga: un caligrama con forma de triángulo en homenaje a Drummond de Andrade (Hoje sou funcionário público. / Itabira é apenas uma fotografia na parede. / Mas como dói!): Ahora soy un funcionario público. Y el Annapurna es apenas una imagen en la pantalla del ordenador. ¡Pero cómo duele!  

Y luego, ¡quién mejor que Ícaro para comenzar el ascenso a la zona de muerte en este viaje virtual! Como todos sabemos, el deseo de volar condujo al soberbio Ícaro a la muerte. Pero, ¿qué sería la vida sin volar?: Ahora vuelo como cualquier otro aro niquelado de la esfera terrestre, / a 10.000 kilómetros de altura, mientras / fijo mi vista en la montaña que es una epifanía de la Diosa de las cosechas.

Tal como Ícaro,  así los escaladores mueren, página tras página, dejando en la montaña sus cuerpos congelados: David Sharp, Scott Fisher, Chantal Mauduit, Juan Ignacio Apellániz… ¿Cómo una roca puede inspirar honor / y llamar al espíritu?

Cuántos males los aquejan en la ascensión al cielo: la ceguera de la montaña, la necrosis, el edema, las mutilaciones, la gangrena, el delirio, el lenguaje averiado… las avalanchas, la danza del deseo y la muerte. Cada tanto, cuando todo parece perdido, la diosa segadora se presenta ante los escaladores para confirmar el fin con sus cuatro manos hindúes.

Es Nepal, es el Tíbet, tierra espiritual, habitada por monjes. Está Buddha, desde luego. Y es protagonista justamente de uno de los poemas de más fina crítica política y moral, “Lección del auriga”: ¿Y qué es, buen auriga, / lo que se conoce como un escalador? / Un escalador, alteza, significa un ser con demasiada ambición / y al que no le resta mucho por vivir.

Algunas breves y enigmáticas notas al pie recogen canciones nepalíes, seguramente apócrifas, a manera de coros griegos; citas y reflexiones literarias que dan pistas sobre la apuesta estética del autor: “En poesía, tener fuerza de gravedad es más necesario que tener la gracia divina. Es la atracción hacia la zona más negra de lo concreto”. Así, la caída, ya no es una tragedia, sino la realización de una verdad.

Este ha sido el involuntario e indeseado resultado de una burocracia, representante de un régimen autoritario, que decidió hostigar al funcionario poeta: un libro extraordinario. El karma ha cobrado su retribución.

Blanca Strepponi

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El hombre no soporta mucha realidad…

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Hace unos días fui con un amigo a la Feria Medieval en la Sociedad Lituana de Lanús. Si bien Lanús está en la provincia de Buenos Aires, y es técnicamente una ciudad de algo más de 200 mil habitantes, que forma parte a su vez del partido de Lanús con más de 400 mil habitantes, en la “vida real”, Lanús y todas las otras ciudades que rodean a la capital, se suma a los 15 millones de habitantes del gigantesco conglomerado urbano llamado Buenos Aires. Pero, a diferencia de la capital, no hay glamour en Lanús. Bajas construcciones se extienden a lo largo de las calles y avenidas, planicies urbanizadas sin gracia, árboles tímidos, nada particular que decir.

Tal como ocurre en la capital, en Lanús todo lo que rodea a las personas ha sido construido por personas, es decir, la naturaleza está por completo ausente, solo que esa ausencia en la capital está compensada por una arquitectura notable.

Recuerdo los versos de Eliot: el hombre no soporta mucha realidad, y me pregunto ¿cómo lidian las personas con la abrumadora monotonía de este paisaje urbano?  Y entonces comprendo que  lo que parece una extravagancia absoluta, una Feria Medieval en Lanús, es en realidad una expresión natural humana, la de crear mundos interesantes y significativos, espacios donde la imaginación ejerza su poder, donde la gente pueda soñar y también jugar.

Así, en esta feria medieval celebrada en una modesta cancha de basquet, hay puestos de artesanos, comida danesa,  grupos ucranianos de danza… y el espectáculo central: la recreación de la feroz batalla de Žalgiris, en la que los lituanos aliados con los polacos vencieron a los caballeros teutones en el año 1410, gracias al sacrificio de doce mil vidas.

Los trajes han sido confeccionados con cuidado, aunque el conjunto no sea meticuloso y descuide detalles que no cumplen con las exigencias históricas. No importa, los hombres lucen atractivos y por momentos amenazantes, blanden hachas y escudos y se gritan entre sí con entusiasmo. Los combates se expresan en brevísimos encontronazos de ambos grupos, que se reanudan casi de inmediato, en cuanto los muertos resucitan y se ponen de pie escudo en mano. Luego hay combates individuales con unos dedicados árbitros que golpean amablemente los yelmos de los contrincantes. Teutones y lituanos se besan y abrazan, caen heridos al piso, muertos de risa, mientras el público aplaude y toma fotos. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

La soledad de los cielos

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Para Gustavo Viana

cielos strepponi blog

Te escribo esta carta a mi regreso de Escocia, donde estuve trabajando. Tu mamá me dijo que esperabas con mucha alegría mi visita. No sabes cuánto lo siento, no será posible. Debo viajar ahora a esa gran ciudad del Sur que conociste cuando eras aún más pequeña, ¿la recuerdas? allí viven mis padres que ya son bastante viejos y malhumorados (yo los quiero de todas maneras). Debo hablarles de cosas importantes, cosas que a ti te parecerían aburridísimas.

Déjame contarte de Escocia. Es un país muy al norte del mundo, rodeado de agua helada. La tierra allí es muy vieja, casi sin árboles, y forma colinas cubiertas de piedras grises y marrones por donde pasan ausentes las cabras y las ovejas. Es una tierra fría y gastada.

La personas me gustaron, son pobres -como nosotros-, bonitas, amables y un poco solitarias. Los cielos de Escocia están casi siempre poblados de nubes hermosas y variadas que se mueven sin cesar y componen figuras extrañas.

Cuando seas más grande seguramente visitarás Escocia y me darás tu opinión, y si acaso entonces te resulte difícil encontrarme, podrás hablar conmigo desde tus sueños.

Y ahora te contaré de mi viaje en avión. Me da miedo viajar en avión, es un secreto. No es que no me guste, nada de eso, me encanta, pero siempre siento un poquito de miedo. Pensarás que soy un tonto, es verdad. Sólo te pido que no se lo cuentes a nadie porque la gente cree que soy un señor muy serio y valiente.

Volviendo a los aviones.

Debes saber que los aviones vuelan en el inmenso espacio sobre mares y montañas y aunque dos aviones se crucen, siempre varios kilómetros los separan. Imagínate: cuando un avión atraviesa el océano, cuatrocientas personas pequeñísimas flotan en el cielo, mucho más arriba de las nubes y por completo apartadas del mundo. Parece terrible, ¿verdad?, pero no lo es. Créeme. Es hermoso, porque tiene mucho en común con nuestras vidas, que son pequeñas pero extraordinarias.

Trataré de explicarme.

Los aviones me hacen pensar en astronautas, o en barcos antiguos que navegan por mares ya olvidados, o en las carretas de los colonos que poblaron las llanuras donde nací.

Cuando yo era pequeño, como tú ahora, emprendíamos con mi familia largos viajes en un viejo automóvil que cruzaban los monótonos campos. Cubiertos con una gruesa manta, los niños íbamos atrás, masticando galletas, mientras oíamos las historias que contaban mis padres. Y así muchas veces nos quedábamos dormidos y soñábamos sueños extraños.

Por eso digo que cruzar la tierra en automóvil se parece a cruzar el cielo en avión, o el mar en barco. Todos son enormes y solitarios espacios donde los hombres se entregan al sueño y al cielo protector.

Espero mi hermosa niña que no te haya aburrido la carta de este señor secretamente temeroso que tanto te quiere. Escríbeme tú también, pues quiero saber de tus nuevas aventuras y cómo te preparas para cruzar los cielos.

Tomado del libro El médico chino, Monte Avila Editores, Caracas, 1998

Dos poemas uruguayos


El pequeño país hermoso

Para Aníbal y su amado Uruguay

En el pequeño país hermoso
los cielos son amplios
y los árboles crecen altivos

De noche las estrellas brillan
libremente y serenan el espíritu

El aire es delicado y tibio
en el pequeño país hermoso
alejado del mundo

En las tardes de verano
los habitantes del país hermoso
se reúnen en las playas
para admirar un raro evento:

el sol se hunde poco a poco
en el agua ondulada
y todo es cubierto
por un halo color durazno

Los habitantes sonrosados
se vuelven niños
y baten palmas alegres
inocentes agradecidos
ante tan único regalo

uruguay

 

Somos inocentes

Para Leslie

Nadie me conoce
nadie sabe quién soy
dice en voz baja
y extiende una mano
sobre la mesa

Es una mano pequeña y dulce
como la mano de una niña vestida de negro

Nadie me conoce
repite y baja la cabeza

Su dolor me golpea en el pecho

Somos inocentes
quisiera decirle

Somos inocentes en la oscuridad
somos inocentes en el miedo

inocentes en el error

 

 

 

 

No me avergüenza decir que lo amé por su belleza

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La belleza del marido. 29 ensayos con tango Anne Carson. Editorial Lumen, España, 2003

La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos Anne Carson. Editorial Lumen, España, 2003

Anne Carson (Canadá, 1950), autora de culto altamente considerada también como académica, es poeta, ensayista, traductora… no es casual entonces que poesía, ensayo y traducción, de una manera sorprendentemente natural, construyan este libro único y conmovedor y, para algunos, inclasificable. (Para ciertos expertos el que un libro sea inclasificable parecer se un problema. Me pregunto si, por el contrario, no será una virtud).

Como todos los grandes libros, éste puede leerse de muchas maneras y también muchas veces. En primer lugar, puede –y me atrevería a decir: debe– leerse “de un tirón”, con total entrega y satisfacción para el voyeur que todos llevamos dentro pues, La belleza del marido abre la puerta a la intimidad de un matrimonio tormentoso; el relato de una pasión hecho por una esposa enamorada que sabe desde el comienzo que su matrimonio es un fracaso, que su marido es desleal, mentiroso, miserable… y que, sin embargo, sigue adelante, sin arrepentimiento alguno, conservando sus sentimientos vivos hacia alguien que no lo merece, incluso después de haberse divorciado, pasada ya su juventud… ¿Por qué?:

No es ningún secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.
Como volvería a amarlo
si lo tuviera cerca. La belleza convence. Sabes que la belleza hace posible el sexo.

La belleza hace el sexo sexo.

 
Erotismo, celos, traición, destrucción; esta historia dolorosa avanza dando saltos en el tiempo, zigzagueando, abriendo puertas al recuerdo y a la reflexión; ofrece diálogos, pensamientos, cartas, personajes, apasionantes reflexiones, citas (incluso en griego y en latín) y mucha literatura. Y ¿quién lleva la batuta de esta compleja orquesta que ejecuta los 29 ensayos/tangos? La lleva John Keats y su idea “la belleza es verdad”, pues cada uno de los 29 ensayos/tangos/poemas está precedido por una cita de Keats a manera de “clave de lectura”.

Pero Keats no está solo, están también Homero y sus amigos los dioses, está Sócrates, está Jane Austen, Degas, Duchamp, Mozart, Huizinga… todos bailando acompasadamente el tango que, tal como un matrimonio, debe bailarse hasta el final y,con frecuencia, bajo la luz de las heridas:

Una herida arroja luz propia,
dicen los cirujanos.
Si todas las luces de la casa estuvieran apagadas
podrías adornar esta herida
con su brillo.

 
Lo que Anne Carson ha escrito es literalmente extraordinario; cómo logró profundizar en las desgarradoras contradicciones de un amor infeliz y formar un tejido erudito y conmovedor, es algo completamente singular. Este libro es de interés para cualquier lector, pero más todavía para las muchas mujeres que han tenido la fortuna (y la desgracia) de amar la belleza de un hombre.

Por último, unas palabras para la traducción de la reconocida Ana Bacciu. Bacciu logró sin duda un alto nivel, por eso justamente desconciertan varios descuidos. (¡¡Oh Lumen!!! ¿Qué pasó? ¿No sabes que los lectores confiamos en tus sobrios y hermosos libros marrones?); por ejemplo, el juego de palabras “Used my starts to various ends” ¿no podía ser traducido con más gracia y fidelidad como “Usaba mis comienzos con fines diversos”, en vez del pomposo “Usaba mis comienzos con propósitos diversos”? Numerosos posesivos fueron reemplazados por artículos, haciendo difícil la comprensión del texto, mientras que numerosos pronombres fueron suprimidos, causando una innecesaria ambigüedad inexistente en inglés.

Blanca Strepponi

Reseña publicada en el Periódico de Poesía, Unam, en septiembre de 2013.

Anne Carson

Anne Carson

Fuente: http://bit.ly/1c5Au5k

Quédese en casa y vea al país partir

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Blanca Strepponi

Del libro Pasaje de ida. 15 escritores venezolanos en el extranjero. Editorial Alfa, 2013

La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia.
Vasili Grossman

Mis maletas días antes de partir de Caracas. Alojada en casa de una amiga.

Mis maletas días antes de partir de Caracas. Alojada en casa de una amiga.

Para vivir Venezuela desde fuera no es necesario irse. Por el contrario, es estando en el país cuando se experimenta con la mayor y más desgarradora intensidad el estar fuera, afuera.
El comienzo de esa desconcertante sensación de extrañamiento lo marcó el intento de golpe de Hugo Chávez en 1992. Para mí, que había vivido tantos abusos militares en el país donde nací, todo estaba clarísimo: había que condenar con énfasis ese hecho. Pero no fue así. Y lo peor es que no podía creer, no entendía, que muchas de las personas que yo conocía no vieran lo que a mí me resultaba tan obvio. Es verdad que esa intentona fue condenada, pero no lo suficiente. Hubo quienes no quisieron comprometerse con un gobierno o un sistema que no los satisfacía por completo y hubo quienes, más opuestos al gobierno de turno, simpatizaron con el gesto. Desde mi punto de vista, las críticas al gobierno no justificaban un golpe de estado militar. Ese antecedente antidemocrático (y muchos otros que se fueron sumando a lo largo de la carrera política de Hugo Chávez) tampoco tuvo gran peso cuando llegaron las elecciones que Chávez ganó tan cómodamente. ¡Cuántos se negaron a oír estos argumentos dando su apoyo, apoyo que luego, ya tarde, retiraron!
De todo lo que aprendí en Venezuela, los valores de la democracia, el ejercicio de la democracia, fueron las lecciones más impactantes en la revisión de mi conducta y pensamiento. Me fui dando cuenta, con frecuencia sintiéndome avergonzada de mí misma, de todo lo que no sabía porque no lo había vivido, por haber ido dando tumbos de dictadura en dictadura. En cambio, los venezolanos tenían más de tres décadas viviendo en democracia, imperfecta, sí, pero democracia al fin. Y eso se notaba, se notaba en la manera de pensar y en la manera de reaccionar incluso ante muy pequeñas cosas. Me atrevería a decir que se expresaba en amabilidad para con el otro, algo que podría llamarse tolerancia. Y esa amabilidad contrastaba con mi propia arrogancia, con una suerte de superioridad moral que tardé años en descubrir en mí misma.
Puedo decir hoy que ése es el país que amé, el que me hizo crecer como persona, un crecimiento no exento de dolor, como todos. Pero ese país cambió, lo vi cambiar ante mis ojos incrédulos, y a lo largo de estos años observé cómo Venezuela terminó siendo una nostalgia. Nostalgia por la amabilidad, por cierta indiferencia liberadora, por cierto relativo compromiso con las ideas, por una valoración de la amistad, de la relación personal por encima de otros asuntos en apariencia más relevantes… Todo eso, y mucho más, fue quedando atrás, cada vez más atrás.
Como un gas tóxico, el resentimiento fue ocupándolo todo. Fuimos insultados, humillados, degradados. Primero desde el poder y luego, paulatinamente, el desdén, la agresión, el insulto fue permeando hasta que se manifestaba en cualquier situación cotidiana. Fuimos aceptando ese estado de cosas para poder sobrevivir. Comenzamos a hablar en voz más baja. Nos adaptamos al oprobio. Entendimos que no debíamos juzgar a quienes fingían estar de acuerdo o a quienes ocultaban su desacuerdo. Comprendimos a quienes deseaban ignorar la verdad en aras de su bienestar personal. Comenzamos a quitar el saludo, comenzaron a quitarnos el saludo; dejamos de ser invitados, dejamos de invitar. Hicimos listas. Todos hicimos listas: las nuestras son privadas, las de ellos son públicas y sirven para dejarnos sin trabajo y ser sometidos a la ofensa pública. Algunos juran vengarse; otros mienten y aseguran que sus corazones permanecen libres de agravios; los más generosos logran no albergar odios; otros abogan por perdonar y olvidar, otros por perdonar sí pero olvidar no. Fuimos obligados testigos de la adulación y el culto a la personalidad: escuchamos odas y sonetos, leímos panegíricos, vimos retratos heroicos al óleo, acuarelas, vallas, gigantografías; fuimos sometidos a escuchar hasta el hartazgo la voz del líder; vimos transformarse sin prisa y sin pausa los nombres de las calles, el nombre del país mismo, el escudo, la bandera, las fechas patrias; vimos desaparecer museos, ateneos, editoriales; vimos cómo el líder obtenía el favor internacional a cambio de cuantiosos recursos de las arcas nacionales; vimos cómo los célebres invitados aplaudían al líder y partían con sus bolsillos llenos; vimos cómo tanta gente humilde y sistemáticamente maltratada por el líder ama al líder; vimos profanar tumbas; vimos imágenes religiosas profanadas; vimos templos atacados; vimos estatuas arrastradas; vimos todo rojo; vimos demasiado… demasiada realidad y así, en nuestras casas, nos fuimos yendo del país porque, como dice T.S Eliot, el hombre no soporta demasiada realidad. Y así fue como el país nos dejó en nuestras casas, sobreviviendo en pequeñas burbujas que cada quien construyó como mejor pudo.
**
Escenas de la Venezuela que nos hace sentir extranjeros
1
Ella: A mi mamá le están haciendo la vida imposible en el ministerio.
Yo: ¿Por qué? ¿Acaso tu mamá no es chavista de siempre?
Ella: Sí, pero llegaron unos nuevos que no la quieren. Dicen que ella trabajó antes con la oposición.
Yo: Pero era un trabajo, digo, le pagaban un sueldo.
Ella: Igual. La acusan de fascista. Está muy deprimida. No quiere ir a la oficina. Tuvimos que llevarla al psiquiatra.
Yo: Me imagino, debe ser horrible ser perseguida por tus propios camaradas. Tal vez ahora tu mamá entienda lo que es ser acusada injustamente.

2
Él: Hay que hacer la presentación del proyecto. Pero no vengas tú.
Yo: ¿Por qué?
Él: Bueno, ya sabes, porque siempre firmas cosas en contra del gobierno y estás en las listas.
Yo: ¿Así es la cosa?
Él: Claro, si vas tú el trabajo se cae. Mejor manda a otro.
Yo: Ok.

3.
Diálogo entre dos venezolanos nacidos en Argentina. Ambos llegaron a Venezuela a causa de la dictadura argentina. Uno de ellos es chavista.
Ella, indignada: no entiendo cómo puedes apoyar a este gobierno.
Él: me gustan, son socialistas.
Ella, más indignada: militares es lo que son. ¿Y qué opinas de las listas de opositores que circulan por todos lados?
Él: ah, eso. Yo sabía que eso te iba a molestar.
Ella: ¿y por qué a ti no te molesta?
Él: es lo que pasa con los escritores, con los intelectuales…
Ella: no entiendo, ¿qué es lo que pasa?
Él: bueno, que son más sensibles, por eso le dan tanta importancia a lo de las listas.

4.
Reunión formal en un ministerio entre funcionarios públicos y la representante legal de una empresa privada: una joven nacida en Venezuela y descendiente de muchas generaciones de venezolanos por parte de padre y madre. Rubia.

Funcionario 1: nosotros somos más venezolanos que tú.
Ella: ¿por qué?
Funcionario 2: bueno vale, porque va a ser, porque nosotros somos criollitos…
Funcionario 1, divertido: …y tú eres catirita.

**
Cansada de haberme ido, triste de tanto despedirme del país, tristísima de ver a mis amigos alojados dignamente en sus burbujas, un día decidí yo también partir. Ahora vivo a miles de kilómetros, en donde nací, en un país que ha cambiado muchísimo desde que me fui hace más de treinta años. Ha cambiado para bien y para no tan bien, es tan distinto como yo soy tan distinta, de modo que soy bastante extranjera. Eso no me incomoda.
Pero en otro sentido, las cosas no son tan diferentes, al menos no en este momento. Mucha gente tiene miedo de que Argentina se vuelva Venezuela. Cuando digo de donde vengo, me preguntan con real interés, quieren saber “quién tiene la razón”. Un joven estudiante me dijo que él pensaba que en Venezuela casi todos eran analfabetos antes de que Chávez llegara al poder. Mi prima me dijo con certeza total que seguramente la gente humilde disfruta ahora de una excelente educación pública y óptimos servicios de salud. Otros me hablan de la unidad latinoamericana. Es descorazonador. Otros han viajado o tienen amigos o familia y están más informados y muchos otros saben lo que en verdad está sucediendo. Pero aún así, a los que saben, siento que no puedo explicarles el sufrimiento, que no podrán entenderme; tal vez quienes vivieron en la Europa soviética podrían comprender, no lo sé. En realidad, es mejor no esperar nada pues son demasiados quienes impulsivamente se inclinan ante las poderosas ideas justicieras, los atractivos discursos, los sentimientos oscuros, ante un paisaje donde las ilusiones decoran los cielos como fuegos artificiales, ante un mundo utópico donde es posible olvidar las frustraciones, la propia juventud perdida, los líderes corruptos, la mentira. Es lo que nos ha tocado.

 

Venezuela: del país a la distancia

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Silda Cordoliani

Introducción al libro Pasaje de ida. 15 escritores venezolanos en el exterior

Silda Cordoliani, editora y escritora

Silda Cordoliani, editora y escritora

Desde hace algunos años las despedidas son parte de mi vida. Prolongadas despedidas que comienzan mucho antes del día en que esa persona tan querida toma el avión llevando lo menos posible de equipaje, mientras nosotros seguimos acumulando objetos que nos van dejando en prenda. Tal vez habría que agradecer entonces las tantas dificultades por vencer, el largo tiempo que transcurre entre la decisión y el adiós, porque llegado el momento definitivo de la partida, la tristeza del vacío ya se ha hecho costumbre.
Seguramente esa ha sido la principal razón por la que surgió este libro.
Después vienen las conversaciones a distancia, los chateos y correos como un ejercicio más, como un esfuerzo para no acabarse de ir, para que no se vayan del todo. La necesidad de superar la desazón y el desconcierto se hace mutua, como mutua la necesidad de apoyarnos en nuestros respectivos desarraigos. Porque el lugar de pertenencia, ese espacio que solemos llamar patria, son paisajes y cadencias, son experiencias y recuerdos, pero, sobre todo, son los afectos. Y si los paisajes se deterioran tan rápido, si las experiencias ya no sirven para entender la realidad y, además, los afectos se ausentan, también los que se quedan comienzan a vivir en estado de extrañamiento. “Me fui mucho antes de haberme ido”, dice Israel Centeno.
Para los venezolanos, la diáspora que hemos sufrido durante los últimos tiempos constituye una novedad, un fenómeno social insospechado pocas décadas atrás. Nos agarró de sorpresa, sin aparente aviso previo, y aun hay quienes guardan la secreta esperanza de que pueda ser revertida. Nada indica que hayamos asimilado todavía lo que significa para nuestra forma de vida, nuestra manera de relacionarnos y nuestra propia existencia, haber pasado de ser un generoso país de inmigrantes a un convulsionado país de emigrantes.
Sobre exilios sí aprendimos suficiente durante los regímenes dictatoriales del siglo pasado, sufridos en su gran mayoría por políticos e intelectuales. De estos últimos quizás los casos más emblemáticos sean Rufino Blanco Fombona, desterrado durante más de veinte años en Madrid, donde escribió buena parte de su obra y fundó la famosa editorial América, y Mariano Picón Salas en su exilio chileno, “un venezolano errante” como lo llama Gregory Zambrano.
Pero, aquí y ahora, no se trata exactamente de exilio. “Las acepciones rigurosas de los términos destierro o exilio me son ajenas”, sostiene Miguel Gomes, y con razón, pues en un mundo donde la saturación de posibilidades de comunicación disminuye en gran medida pesares y añoranzas, unas palabras como esas no guardan demasiada vigencia. Por otro lado, sea cual sea el motivo, nuestra migración es un apartamiento escogido, que poco se corresponde con la carga semántica a la que remite un término tan fuerte como exilio.
Los quince autores reunidos aquí son escritores o, más bien, creadores literarios, con al menos un libro publicado, a quienes se les solicitó una íntima reflexión sobre el país a partir de su quehacer literario. Poetas, narradores, ensayistas y críticos que han optado por una vida fuera de Venezuela, muchas veces por simples circunstancias del destino, otras impulsados (u obligados) por las nada favorables condiciones políticas y sociales. De cualquier forma, lo que parece agruparlos más allá de su pasión creadora es el improbable retorno. De allí tal vez que en la mayoría de estos textos resulte evidente un dolor que supera en mucho a la simple nostalgia. Y es que este país, como certeramente advierte Gustavo Guerrero, se ha convertido en una “materia problemática”, en un enigma cuya búsqueda de resolución quizás inquiete bastante más desde la distancia.
Nada de extraño tiene entonces que algunos de los invitados a este proyecto hayan insistido en su dificultad para escribir sobre el tema, o –siguiendo a Juan Carlos Méndez Guédez– para “hablar de Venezuela sin que les falte el aire”; dificultad que puede haber sido la causa de que algunos otros convocados no estén presentes. Asimismo, esto explicaría, en parte, la abundancia de textos fragmentarios, e incluso las imágenes fotográficas con que Verónica Jaffé y Doménico Chiappe complementan los suyos. En parte, digo, porque al tiempo que se trata de cohesionar los contradictorios sentimientos que despierta lo dejado atrás, las experiencias de extranjería también reclaman su lugar en el espacio emocional de los migrantes.
Recuerdos que emergen como una antigua película en sepia, intensos testimonios de vida, reflexiones sobre el país y el trabajo con la palabra que los une, querencias y asombros, imágenes y sueños emergen de estos textos tan variados como las vivencias y las voces literarias de quienes los ofrecen. Un caleidoscopio de la patria vista desde lejos. Ellos, escritores, diestros en el oficio y sus recursos, han logrado nombrar lo que tanto cuesta nombrar.
En un inicio contemplé la idea de agruparlos según los asuntos más resaltantes de cada trabajo para proponer así cierto orden de lectura. Más tarde comprendí que esto no iba a resultar del todo justo, pues al restringirlos podía restar importancia precisamente al carácter fragmentario de muchos de ellos y, por tanto, a la diversidad de aspectos a los que apuntan. Preferí entonces organizarlos de manera más convencional, de acuerdo con un orden temporal en este caso, comenzando por el autor que dejó el país más temprano, en 1983, hasta Blanca Strepponi, que partió en 2011.
Finalmente, creo importante señalar aquí que en ningún otro momento Venezuela ha tenido tantos de sus escritores fuera. Sabemos, y es ya un lugar común decirlo, que a diferencia de lo que ocurría con otros creadores latinoamericanos, sus viajes tuvieron siempre un pasaje de regreso. Incluso, ni los más férreos opositores de los gobiernos de la última mitad del siglo XX llegaron a emigrar. Para bien o para mal, Venezuela brindaba una seguridad (y comodidad) que nadie parecía estar dispuesto a poner en riesgo. Acaso ¬–también se ha dicho– sea esta una de las razones por las cuales la literatura venezolana ha tenido tan poca proyección. Cabe pensar entonces que este flujo de escritores prolongando el país más allá de sus fronteras trae consigo buenos augurios para la literatura nacional, para una tradición cultural que mucho ha tenido de ensimismada. Como prueba: los nombres venezolanos que figuran cada vez más en catálogos editoriales extranjeros. Varios de ellos están presentes en este libro.