El Sarmiento de Rodin

Etiquetas

,


Blanca Strepponi. Tomado del libro Hard Sex. Editorial Se-Imprime. Colección Fotobias. Buenos Aires, 2015

 

“Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada”

“Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada” Foto: Wikipedia

Monumento a Sarmiento. Auguste Rodin.
Apenas tres días después de la muerte de Sarmiento, tomó forma la idea de homenajearlo con un monumento. Las figuras más destacadas de la cultura y la política pusieron manos a la obra, de modo que a fines de septiembre de 1888 ya se había nombrado una sub comisión artística encabezada por Aristóbulo del Valle a la que luego se sumaron Eduardo Schiaffino y Miguel Cané, quienes apostaron audazmente por  encargar el monumento al artista francés Aguste Rodin, el mayor escultor moderno del momento.
 
A pesar del entusiasmo, y del meticuloso contrato firmado en París, el monumento fue inaugurado en 1900, ¡doce años después de la muerte de Sarmiento!
 
Había una gran expectativa ante la primera y única obra que el artista realizara para un país de América Latina. Y también había rumores de inconformidades estéticas, reforzados por el virulento rechazo en Francia al recién terminado monumento a Balzac, en el que el escritor luce como una suerte de alien gigantesco.

Aguste Rodin, junto a la escultura de Sarmiento

Aguste Rodin, junto a la escultura de Sarmiento

Rodin decía que veía en los hombres sus pasiones y en las mujeres delicados misterios, seguramente veía en Balzac oscuras pasiones. En cuanto a Sarmiento, Rodin se negó a escuchar los lastimosos ruegos de Cané: “Pasé dos años suplicándole, usted sabe con qué insistencia, que le diera a los rasgos y a la cabeza de Sarmiento todo el parecido posible con el original”.  Por fortuna, tampoco escuchó las sugerencias de Aristóbulo del Valle para que realizara un Sarmiento-Titán arrojando una gran roca que representaba la destrucción de la barbarie.
 
El caso es que el 25 de mayo de 1900, tedeum y desfile militar mediante y ante un público estimado entre 70 y 100 mil personas, el monumento fue descubierto. Oh, las reacciones no se hicieron esperar.
Dijo La Nación, sin rodeos: “Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada”.  Ante la violencia creciente, las autoridades designaron una custodia para preservar el monumento.
 
Sarmiento, hombre de avanzada, tuvo tal vez la idea más vanguardista: “¿El mejor monumento que se me podría levantar? Ir a la cordillera y arrancar un buen pedazo de picacho andino, y traerlo a Buenos Aires y plantarlo en donde quisieran, en la piedra bruta, en la roca viva, grabar: Sarmiento; y nada más”.

Independencia y exterminio en un libro de Blanca Strepponi

Etiquetas

, ,


Por Michelle Roche Rodríguez
Palabras de presentación en Casa Sefarad, Madrid, del libro Diario de John Roberton, editado por Colección La Palma, 2015.

DiariodeJohnRoberton blog

Mientras Simón Bolívar, a la postre el Jefe Supremo de la República, se dedicaba a escribir la historia con “H” mayúscula en el Congreso de Angostura, donde pronunció el famoso discurso que sentó las bases republicanas de varias naciones al norte de Suramérica, el cirujano escocés John Roberton remontaba los ríos Orinoco y Arauca, atravesaba selvas y llanuras para ver “el destello bestial en los ojos del hombre” y encontrarse, al final, con la muerte.
Como muchos soldados del bando patriota a quienes la enfermedad o la naturaleza extinguieron antes de embestir al enemigo, su participación en la Independencia fue algo menos que estéril: cuando se murió en 1820, aún no había podido ejercer el cargo de Director General de los Hospitales de Nueva Granada que Bolívar le había encomendado dos años antes. Su aporte para la contienda –importante pero rara vez reseñado por los historiadores– fue aconsejar que se nombrara a un cirujano particular y un botiquín de guerra para cada batallón comandado por los criollos. Dice la única entrada en Internet que pude conseguir sobre el tema que aquel consejo mejoró pero no resolvió el estado de las tropas.

Dos años después de la muerte de Roberton se publicó en Londres un libro con las notas de su viaje con el título Journal of an Expedition 1400 miles up the Orinoco and 300 up the Arauca y tiene que esperarse un siglo y medio para que José Rafael Fortique lo traduzca al castellano. Esta edición del médico marabino sirvió a Blanca Strepponi para que en 1996 se imaginara cinco cartas que hubiera podido escribir el expedicionario escocés durante sus días de grandeza y delirio, cuando fue a Venezuela para embarcarse en “la empresa más sustancial para la evolución del hombre: la libertad” y terminó comprendiendo en su carne que “el amor es un anhelo”.

La publicación que Ediciones La Palma hace ahora de esta obra singular demuestra la puntualidad de su vigencia: la grandilocuencia del heroísmo no es más que una propaganda para la liquidación del otro.

Strepponi ensambla a ranura y lengüeta el motivo por antonomasia de la literatura venezolana, la lucha entre civilización y barbarie, con un tema recurrente del misticismo judío: el exilio de Dios como origen del mal. Por eso las estrofas dedicadas a la doma de caballos y mulas salvajes, para acelerar el paso del ejército con animales que no estuvieran cansados de trajinar la guerra y esa de los cuerpos llenos de cenizas con que avanzan los soldados del ejército patriota bordeando el río Arauca se erigen como las imágenes más fuertes del poemario.

La doma se hace así:
enlazado el caballo
lo tumban

sujeto con fuerza
le colocan el freno
y la silla de montar

el domador sube la silla
toma el freno
y junto a varios más
armados de garrotes
golpean al animal
en la cabeza
hasta que se levanta

una vez en pie
lo vuelven a golpear
luego lo colocan
y los tres se lanzan al galope
hasta que el domado
cae
exhausto

ya está así amansado para siempre
pues su espíritu
ha sido destruido

La violencia, más brutal por cuanto parece gratuita, por medio de la cual los hombres, animales también, convierten a un caballo en un ser dócil para la guerra representa la necesidad de “civilizar” a venezolanos y neogranadinos.

En este proceso, sin embargo, el Diario de John Roberton no tiene muchas esperanzas, pues algo nos advierte de las dificultades de intentar llevar la libertad a quien se ha cansado de esperarla:

Los esclavos liberados han huido a las montañas

Unidos a bandas de zambos

son ahora ladrones y asesinos

y las mujeres

prostitutas.

Angostura. Ilustración realizada por John Roberton

Angostura. Ilustración realizada por John Roberton

Civilizarlos, hacerlos igual a uno; o, quizás, aniquilarlos, parece ser el lema de la campaña bélica que, desgraciadamente, se parecía mucho al proceso colonizador emprendido trescientos años antes por quienes en el siglo XIX fueron considerados enemigos. Se trata del mismo lema que en las formas de exilio y de exterminio los judíos han conocido varias veces en la historia.
“Páez incendia las sabanas para dejar a los españoles sin forraje”, nos dice Roberton por la pluma de Strepponi:

Sufrimos de este modo cruelmente el calor

Nubes de cenizas dificultan las respiración
y cubren nuestros cuerpos con una pátina oscura

La alusión a la muerte y a la disolución de los cuerpos en la imagen de la ceniza refuerza la idea de guerra de exterminio que la autora propone en el texto con que abre su obra. Y vuelve así a machacar su cantaleta contra el mesianismo: debajo de la promesa de “libertad” que albergaba la Guerra de Independencia, se escondía la atroz finalidad de acabar con otro.

“Soy el exilio de Dios / el exceso de su justicia” vuelve a decirnos la poeta que no quiere dejarnos con el sabor de la violencia en la lengua cenicienta.

Y en las últimas estrofas, cuando Roberton descubre que “hay algo horroroso / en la profunda soledad del paisaje”, da forma a una sensación onírica y vuelve a las enseñanzas místicas para reconocer que el mal, en su misteriosa presencia imperecedera, es un motivo, aunque sea paradójico, de la salvación.

John Roberton, la batalla contra un enemigo inesperado

Etiquetas

, ,


Marian Castillo, palabras de presentación del libro Diario de John Roberton, Colección La Palma, en la Librería La Puerta de Tanhäuser, en Plasencia, España, febrero de 2015

Ni en mis más remotas pretensiones me imaginé nunca presentando un libro de Blanca Strepponi, porque aquí, a mi lado, está una escritora y editora que forma parte importante de la memoria cultural de los últimos 30 años en Venezuela.

Por eso, antes de comenzar con el Diario de John Roberton, quiero presentarles el primer poema que conocí de Blanca Strepponi. Lo leí cuando yo tenía como veintitantos años y coordinaba una revista sobre libros, así que a mis manos llegaban cientos de títulos de los mejores escritores. Sin embargo, fiché este poema y aún lo conservo. Se titula La habitación propia y dice:

Algunas noches
durante las cuales nada espero
particular que suceda
esas noches varias noches de calma soberbia
cierro la puerta de mi cuarto
me desnudo frente al espejo a veces
me tiendo en diagonal sobre la cama
a oscuras prendo el primer cigarro y pienso
en mi hija en sus ojos atentos
lo transitorio de su amor
me pregunto hasta cuándo me querrá
¿diez años más? ¿toda una vida? ¿una vida larga? ¿una vida corta?
¿seré bella a los 40? ¿después de los 40?
¿tendré cáncer algún día?
¿seré amada alguna vez, otra vez, desesperadamente?

A veces recito los días de la semana en distintos idiomas
miro el techo
dejo los ojos abiertos hasta ver nublado
me aburro cuento hasta cien y me retiro
pienso en casi todos mis amigos
recuerdo a la gente que quiero y ya no veo
las ciudades que fueron mías
los aviones que no tomé
releo cargas afectuosas (mi abuela joven en Polonia sonríe
deslumbrante sentada en un trineo)
también pienso en ti
cuando te miras gravemente las manos
y callas y no me gustas porque estás como ausente
y miento que no te quiero
porque no me quieres como quisiera.

Ya por dormir sueño un beso
(¿qué clase de furia sería aplacada por un único beso?)
un hermoso beso de pez
desmesuradamente largo
brillante frío sedoso
un beso sin color sin sabor
un gesto perfecto en la noche de una mujer.

Cuando leí este poema por primera vez ya Blanca Strepponi era la Directora de Publicaciones de la prestigiosa Fundarte y gracias a Silda Cordoliani pude conocer a Blanca personalmente y la admiré desde el primer día, especialmente por la claridad de sus razonamientos ante algunas situaciones. Aparte, por supuesto, de lo mucho que nos reímos cuando estamos juntas. Blanca es una gran poeta, pero también una excelente narradora, su libro El médico chino tiene relatos extraordinarios y, además, es una gran editora. Ella ideó las colecciones de Los Libros de El Nacional, hace ya como 20 años y de la nada convirtió aquello en un fondo editorial prestigioso.

Sin embargo, han pasado tantas cosas que hoy estamos aquí porque el Diario de John Roberton ha cruzado el charco. Este libro, publicado en 1996, tiene su origen mucho más atrás, en los textos de un médico inglés que llegó a Venezuela como cirujano del ejército de Simón Bolívar. Blanca Strepponi que ya había hecho poesía de lo turbio y de la maldad en El jardín del verdugo (publicado en 1992), logra con Diario de John Roberton presentarnos bajo una mirada casi científica las desventuras de un hombre movido por altos ideales, preparado para la batalla contra un enemigo que nunca se hace visible y es víctima, sin embargo, de lo más hermoso que encuentra en su viaje: la exuberante naturaleza del río Orinoco, los llanos y la selva.

Por otra parte, Diario de John Roberton es una obra de total actualidad. No podría encasillarse en un solo género, porque el hilo narrativo lo convierte en un relato de vida, la poesía se evidencia en la fuerza de las imágenes, en el uso de la palabra pertinente que te remueve por dentro.
Y leo del libro:

El Capitán nos comunica que las provisiones se han acabado.
Bajé a la orilla y maté un mono.
Lo asé y lo comí.
Recuerdo el terror en su mirada antes de morir.
El calor es sofocante.
Muere a bordo un hombre de vómito negro.
El señor Towsend
de Dublín
enferma y muere.
Su cuerpo se hundió veloz
en la aguas del río.

Es importante destacar que en Diario de John Roberton, aunque todo ocurre durante la Guerra de Independencia de Venezuela, la verdadera lucha se da por la supervivencia. El enemigo español nunca aparece, se hace referencia a él, pero se teme más a la selva, a los mosquitos, a las pústulas y enfermedades que a las armas enemigas. Se adivina el disparate de este tipo de conflictos, en idas y venidas, en preparativos que nunca son suficientes. Un hilo de tristeza recorre el texto, al confirmarse que la muerte es la vencedora de la batalla, que Dios se ha alejado de todos. Los únicos momentos de paz son los sueños del protagonista por las tranquilas calles de Dublín.

Estoy extenuado y aún así no logro dormir
el mugir de miles de reses
el relinchar de tantos caballos
el rebuzno de cientos de mulas
el chocar de las armas
el santo y seña que pasa
de una a otra partida de soldados
el ulular extraño
melancólico de los indios
que cantan reunidos
alrededor de sus fuegos
el cielo oscuro sobre el río
oprime el aire.

Diario de John Roberton es un libro de vanguardia, duro, muy duro en una primera lectura, pero que se va volviendo mágico en los detalles, que te lleva a la reflexión y te redime con el lenguaje, con la historia, con la poesía.

Y si a estas alturas alguno se está preguntando ¿cómo pasó Blanca de La habitación propia a Diario de John Roberton? Voy a leer la explicación que la misma Blanca dio en algún momento:
“Recuerdo con absoluta claridad una noche durante la que permanecí acostada junto a un hombre a quien yo amaba. Las luces de la calle apenas iluminaban la oscuridad de la habitación. Estábamos despiertos pero en silencio y de pronto una jauría de perros comenzó a aullar. Tuve miedo, un miedo puro, sólido y extraño que no provenía de ninguna amenaza concreta. Entonces me abracé a él, sentí el frío avasallante que provenía de su cuerpo, dije “tengo miedo”, y comprendí en ese instante la naturaleza maligna de su alma. Esa imagen — que tan bien resume para mí la experiencia de haber percibido el mal, la inequívoca mirada de la muerte, la crueldad del verdugo, el desamparo de la víctima y su extrema soledad—me hizo imperiosa la necesidad de comprender y, aún mucho tiempo después, me impulsó de un modo misterioso hacia zonas de pensamiento que nunca antes había tenido en cuenta con seriedad.”
Y para terminar, también de Diario de John Roberton:

“La estepa rusa venció a Napoleón, la selva inclemente a nosotros y el infierno a todos.”

Marian Castillo

Apolo en la cocina


Liu Xiaofang, "I remember"

Liu Xiaofang, “I remember”

A Yolanda Pantin

-Podría vender vitaminas. Se gana dinero.
-¿Tú crees?- dijo Cristina incrédula. -Yo no sirvo para vender nada. Además, cuando hago cuentas siempre me equivoco.
-Pero estas vitaminas se venden solas, dan una fuerza increíble. Son importadas. ¿Por qué no prueba?
-Mejor me las tomo. Si tengo suficiente fuerza tal vez consiga otro trabajo.

Cristina suspiró y se sentó en el borde de la silla tratando de evitar la rotura del centro. Era una posición un tanto incómoda, pero ya se había acostumbrado, porque cuando comía con los niños no siempre estaban dispuestos a cederle la única silla que aún se conservaba entera.

-Es una lástima, estaba ilusionada con ese trabajo. Ya me había hecho a la idea de ir todos los días a un mismo sitio, a la misma hora. Uno entra sonriendo, respira un olor conocido, dice buenos días y se alisa el pelo. Está bien, pensé, me resultará fácil porque soy una persona muy rutinaria. Cualquier cosa que se salga de lo acostumbrado me provoca un sentimiento raro, como un desconcierto.

-Sí, es una lástima- confirmó él y de verdad sintió lástima por esa mujer delgada y casi desconocida. Pero él no se entregaba con facilidad a esa clase de sentimientos; irguió la regia cabeza y comenzó a lavar los platos.

-Las cosas se dan cuando tienen que darse. Ese trabajo no era para usted, Cristina, convénzase. Saldrá algo mejor.

Era diestro, metódico y elegante hasta en los gestos más nimios. Las ollas salían inmaculadas de sus manos, los platos quedaban apilados de acuerdo al tamaño y los vasos boca abajo sobre una servilleta de papel. A pesar de la naturalidad de su actitud, de su encantadora espontaneidad, resultaba inquietante ver a ese joven alto y atlético, un experto surfista, concentrado ante el fregadero. Ella lo admiraba tan sumisa que las palabras escaparon de su boca: «es como tener a Apolo en la cocina».

-¿Cómo?- preguntó él.
-Nada, hablaba sola. ¿Quién te enseñó a lavar los platos?
-Mi mamá- respondió él orgulloso. -Como ella siempre trabajó mucho, en mi casa todos colaboramos desde pequeños. Yo sé hacer de todo: cocino, plancho, hago las compras. Por cierto, Cristina, ¿ustedes qué comen?
-No sé, comidas normales. ¿Por qué?
-Porque su despensa está vacía.
-Compro lo del día. No he tenido mucho ánimo últimamente.
-Si quiere, cuando compre para mí puedo comprar también lo que usted me encargue. Yo sé de un sitio donde venden las cosas más baratas.
-Al supermercado de la esquina no puedo ir más.
-¿Por qué?
-Porque me vieron robando una lata de aceite de oliva.
-¡Qué vergüenza!
-Ni me lo digas.

Habían permanecido por un momento en silencio cuando sonó el teléfono. Ambos se sobresaltaron porque el timbre estaba conectado a un pequeño altoparlante, de esa manera Cristina se aseguraba de oírlo desde cualquier sitio de la casa, aun con la puerta cerrada. Se levantó de inmediato, hacía horas que esperaba una llamada. A veces odiaba el teléfono, tanto como se puede odiar un vicio: hasta había escrito un largo y elocuente poema en contra del teléfono. Volvió a la cocina con aspecto vencido. El la miró a los ojos.

-Número equivocado- se sintió obligada a decir.

Volvieron a quedar en silencio. Sintieron cierta incomodidad porque él ya había guardado los platos y no encontraban qué hacer en la cocina. Por fin se atrevió a mirarla de soslayo y le dijo: Está un poco delgada, disculpe la indiscreción. Creo que es buena idea que tome las vitaminas, tengo un frasco de muestra. Ahora se lo traigo.

Cuando él salió, la cocina se vio desolada y más ruinosa que nunca. Cristina tomó un libro, se sentó en el vetusto sillón que había sido de su abuelo y vagó su mirada por la sala. Amaba ese lugar de la casa. Poco a poco había ido poblando las paredes de imágenes que con el tiempo se le hacían tan familiares que no concebía la idea de quitarlas. Odiaba los cambios. Así, reproducciones de pinturas donde los cielos eran obscuros y más turbulentos que el mar, afiches, fotos de parientes lejanos, postales recibidas con ansiedad desde el extranjero, manualidades infantiles, se mezclaban con pilas de libros y muebles rudimentarios llenando cada centímetro del abigarrado espacio.

«Los objetos más preciados son los que tienen una historia, aunque esa historia nos sea desconocida», le habían dicho alguna vez y de inmediato hizo suya esa idea que pareció haber sido concebida para explicar su extravagante impulso. Porque a menudo Cristina llegaba a su casa llena de entusiasmo con su viejo automóvil cargado de cosas encontradas en la calle, cosas que habían sido desechadas por sus dueños con alivio y en las manos de Cristina cobraban una vida inesperada.

Allí, en la penumbra de la sala, se sentía segura, tanto que a veces pensaba que jamás lograría salir de la casa. Pero, naturalmente, siempre se veía obligada a enfrentarse al mundo, un mundo inhóspito del que regresaba debilitada y ansiosa.

Cerró los ojos, entregada con placer a la melancolía. Es irremediable, se dijo, ya habituada a pensar en la dicha como algo perdido.

Una leve presión el hombro la sacó de su ensimismamiento. Abrió los ojos y se sobresaltó. Era Apolo otra vez, con su irresistible sonrisa, ahora en la sala de su casa. Pensó resignada que jamás se acostumbraría a la presencia de ese nuevo inquilino, saludable, hermoso, dorado, lleno de optimismo.

-Tome, le dijo él en voz baja extendiéndole un vaso de agua.
-¿Qué es?
-Las vitaminas. ¿Le importa si subo un poco las cortinas? La tarde está preciosa.

El cuarto se llenó de luz y una suave brisa hizo tintinear la vieja araña de cristal. Cristina observó al silueta del joven apoyado en el dintel de la ventana; era una figura irreal, casi un dibujo.

Luego, tomó en sus manos el frasco de vitaminas que encerraba cientos de cápsulas multicolores y brillantes. Pensó en los magos poderosos y protectores de los cuentos leídos en la infancia, en las antiguas promesas, en los lejanos secretos de la felicidad.
Hizo rodar varias cápsulas sobre la palma de la mano, eligió la más bonita, se la llevó a la boca y bebió un largo sorbo de agua.

Del libro Un médico chino, Blanca Strepponi. Monte Avila, Caracas, 1999

Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario)

Etiquetas

,


Igor Barreto
Fotografías: Ricardo Jiménez
Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro
San Fernando de Apure, Venezuela, 2012
Esta reseña fue publicada en el Periódico de Poesía Nº72, septiembre de 2014, UNAM

 

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Igor Barreto, poeta de imaginación portentosa, nos ha hablado a lo largo de su peculiar obra del llano venezolano, de paisajes y personajes, y sobre todo de paisajes que son personajes. Pero ahora, en un momento de indudable madurez y audacia, el poeta nos propone este otro viaje: ya no hacia la tierra llana donde nació y que tan bien conoce, sino hacia las vertiginosas y gélidas alturas del Nepal.

El atractivo y complejo título nos anuncia su variada y rica naturaleza: hay una célebre montaña, pero es empírica, y hay un funcionario que fabula. Y fabula sin tregua pues Annapurna se construye con  imaginación y referencias: literarias, espirituales, políticas… y se completa con la sabia administración de unas pocas pero muy significativas imágenes.

Así es como el funcionario-poeta, confinado contra su voluntad en una oficina, nos lleva en su huida desde las colinas del tedio, en las altas torres del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, donde retozan los rinocerontes de la anteguerra civil, hasta otras alturas, también letales: las del Annapurna, en Nepal. ¡Y todo a lomo de Google Earth! ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar su alma el funcionario cuyos ojos, congelados en la pantalla del ordenador, se pierden en la helada montaña digital?

Abrimos el libro: un mapa satelital, una foto amenazante de la cima del Annapurna y una figura análoga: un caligrama con forma de triángulo en homenaje a Drummond de Andrade (Hoje sou funcionário público. / Itabira é apenas uma fotografia na parede. / Mas como dói!): Ahora soy un funcionario público. Y el Annapurna es apenas una imagen en la pantalla del ordenador. ¡Pero cómo duele!  

Y luego, ¡quién mejor que Ícaro para comenzar el ascenso a la zona de muerte en este viaje virtual! Como todos sabemos, el deseo de volar condujo al soberbio Ícaro a la muerte. Pero, ¿qué sería la vida sin volar?: Ahora vuelo como cualquier otro aro niquelado de la esfera terrestre, / a 10.000 kilómetros de altura, mientras / fijo mi vista en la montaña que es una epifanía de la Diosa de las cosechas.

Tal como Ícaro,  así los escaladores mueren, página tras página, dejando en la montaña sus cuerpos congelados: David Sharp, Scott Fisher, Chantal Mauduit, Juan Ignacio Apellániz… ¿Cómo una roca puede inspirar honor / y llamar al espíritu?

Cuántos males los aquejan en la ascensión al cielo: la ceguera de la montaña, la necrosis, el edema, las mutilaciones, la gangrena, el delirio, el lenguaje averiado… las avalanchas, la danza del deseo y la muerte. Cada tanto, cuando todo parece perdido, la diosa segadora se presenta ante los escaladores para confirmar el fin con sus cuatro manos hindúes.

Es Nepal, es el Tíbet, tierra espiritual, habitada por monjes. Está Buddha, desde luego. Y es protagonista justamente de uno de los poemas de más fina crítica política y moral, “Lección del auriga”: ¿Y qué es, buen auriga, / lo que se conoce como un escalador? / Un escalador, alteza, significa un ser con demasiada ambición / y al que no le resta mucho por vivir.

Algunas breves y enigmáticas notas al pie recogen canciones nepalíes, seguramente apócrifas, a manera de coros griegos; citas y reflexiones literarias que dan pistas sobre la apuesta estética del autor: “En poesía, tener fuerza de gravedad es más necesario que tener la gracia divina. Es la atracción hacia la zona más negra de lo concreto”. Así, la caída, ya no es una tragedia, sino la realización de una verdad.

Este ha sido el involuntario e indeseado resultado de una burocracia, representante de un régimen autoritario, que decidió hostigar al funcionario poeta: un libro extraordinario. El karma ha cobrado su retribución.

Blanca Strepponi

Vídeo

El hombre no soporta mucha realidad…

Etiquetas


El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Hace unos días fui con un amigo a la Feria Medieval en la Sociedad Lituana de Lanús. Si bien Lanús está en la provincia de Buenos Aires, y es técnicamente una ciudad de algo más de 200 mil habitantes, que forma parte a su vez del partido de Lanús con más de 400 mil habitantes, en la “vida real”, Lanús y todas las otras ciudades que rodean a la capital, se suma a los 15 millones de habitantes del gigantesco conglomerado urbano llamado Buenos Aires. Pero, a diferencia de la capital, no hay glamour en Lanús. Bajas construcciones se extienden a lo largo de las calles y avenidas, planicies urbanizadas sin gracia, árboles tímidos, nada particular que decir.

Tal como ocurre en la capital, en Lanús todo lo que rodea a las personas ha sido construido por personas, es decir, la naturaleza está por completo ausente, solo que esa ausencia en la capital está compensada por una arquitectura notable.

Recuerdo los versos de Eliot: el hombre no soporta mucha realidad, y me pregunto ¿cómo lidian las personas con la abrumadora monotonía de este paisaje urbano?  Y entonces comprendo que  lo que parece una extravagancia absoluta, una Feria Medieval en Lanús, es en realidad una expresión natural humana, la de crear mundos interesantes y significativos, espacios donde la imaginación ejerza su poder, donde la gente pueda soñar y también jugar.

Así, en esta feria medieval celebrada en una modesta cancha de basquet, hay puestos de artesanos, comida danesa,  grupos ucranianos de danza… y el espectáculo central: la recreación de la feroz batalla de Žalgiris, en la que los lituanos aliados con los polacos vencieron a los caballeros teutones en el año 1410, gracias al sacrificio de doce mil vidas.

Los trajes han sido confeccionados con cuidado, aunque el conjunto no sea meticuloso y descuide detalles que no cumplen con las exigencias históricas. No importa, los hombres lucen atractivos y por momentos amenazantes, blanden hachas y escudos y se gritan entre sí con entusiasmo. Los combates se expresan en brevísimos encontronazos de ambos grupos, que se reanudan casi de inmediato, en cuanto los muertos resucitan y se ponen de pie escudo en mano. Luego hay combates individuales con unos dedicados árbitros que golpean amablemente los yelmos de los contrincantes. Teutones y lituanos se besan y abrazan, caen heridos al piso, muertos de risa, mientras el público aplaude y toma fotos. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

La soledad de los cielos

Etiquetas

,


Para Gustavo Viana

cielos strepponi blog

Te escribo esta carta a mi regreso de Escocia, donde estuve trabajando. Tu mamá me dijo que esperabas con mucha alegría mi visita. No sabes cuánto lo siento, no será posible. Debo viajar ahora a esa gran ciudad del Sur que conociste cuando eras aún más pequeña, ¿la recuerdas? allí viven mis padres que ya son bastante viejos y malhumorados (yo los quiero de todas maneras). Debo hablarles de cosas importantes, cosas que a ti te parecerían aburridísimas.

Déjame contarte de Escocia. Es un país muy al norte del mundo, rodeado de agua helada. La tierra allí es muy vieja, casi sin árboles, y forma colinas cubiertas de piedras grises y marrones por donde pasan ausentes las cabras y las ovejas. Es una tierra fría y gastada.

La personas me gustaron, son pobres -como nosotros-, bonitas, amables y un poco solitarias. Los cielos de Escocia están casi siempre poblados de nubes hermosas y variadas que se mueven sin cesar y componen figuras extrañas.

Cuando seas más grande seguramente visitarás Escocia y me darás tu opinión, y si acaso entonces te resulte difícil encontrarme, podrás hablar conmigo desde tus sueños.

Y ahora te contaré de mi viaje en avión. Me da miedo viajar en avión, es un secreto. No es que no me guste, nada de eso, me encanta, pero siempre siento un poquito de miedo. Pensarás que soy un tonto, es verdad. Sólo te pido que no se lo cuentes a nadie porque la gente cree que soy un señor muy serio y valiente.

Volviendo a los aviones.

Debes saber que los aviones vuelan en el inmenso espacio sobre mares y montañas y aunque dos aviones se crucen, siempre varios kilómetros los separan. Imagínate: cuando un avión atraviesa el océano, cuatrocientas personas pequeñísimas flotan en el cielo, mucho más arriba de las nubes y por completo apartadas del mundo. Parece terrible, ¿verdad?, pero no lo es. Créeme. Es hermoso, porque tiene mucho en común con nuestras vidas, que son pequeñas pero extraordinarias.

Trataré de explicarme.

Los aviones me hacen pensar en astronautas, o en barcos antiguos que navegan por mares ya olvidados, o en las carretas de los colonos que poblaron las llanuras donde nací.

Cuando yo era pequeño, como tú ahora, emprendíamos con mi familia largos viajes en un viejo automóvil que cruzaban los monótonos campos. Cubiertos con una gruesa manta, los niños íbamos atrás, masticando galletas, mientras oíamos las historias que contaban mis padres. Y así muchas veces nos quedábamos dormidos y soñábamos sueños extraños.

Por eso digo que cruzar la tierra en automóvil se parece a cruzar el cielo en avión, o el mar en barco. Todos son enormes y solitarios espacios donde los hombres se entregan al sueño y al cielo protector.

Espero mi hermosa niña que no te haya aburrido la carta de este señor secretamente temeroso que tanto te quiere. Escríbeme tú también, pues quiero saber de tus nuevas aventuras y cómo te preparas para cruzar los cielos.

Tomado del libro El médico chino, Monte Avila Editores, Caracas, 1998

Dos poemas uruguayos


El pequeño país hermoso

Para Aníbal y su amado Uruguay

En el pequeño país hermoso
los cielos son amplios
y los árboles crecen altivos

De noche las estrellas brillan
libremente y serenan el espíritu

El aire es delicado y tibio
en el pequeño país hermoso
alejado del mundo

En las tardes de verano
los habitantes del país hermoso
se reúnen en las playas
para admirar un raro evento:

el sol se hunde poco a poco
en el agua ondulada
y todo es cubierto
por un halo color durazno

Los habitantes sonrosados
se vuelven niños
y baten palmas alegres
inocentes agradecidos
ante tan único regalo

uruguay

 

Somos inocentes

Para Leslie

Nadie me conoce
nadie sabe quién soy
dice en voz baja
y extiende una mano
sobre la mesa

Es una mano pequeña y dulce
como la mano de una niña vestida de negro

Nadie me conoce
repite y baja la cabeza

Su dolor me golpea en el pecho

Somos inocentes
quisiera decirle

Somos inocentes en la oscuridad
somos inocentes en el miedo

inocentes en el error

 

 

 

 

No me avergüenza decir que lo amé por su belleza

Etiquetas

,


La belleza del marido. 29 ensayos con tango Anne Carson. Editorial Lumen, España, 2003

La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos Anne Carson. Editorial Lumen, España, 2003

Anne Carson (Canadá, 1950), autora de culto altamente considerada también como académica, es poeta, ensayista, traductora… no es casual entonces que poesía, ensayo y traducción, de una manera sorprendentemente natural, construyan este libro único y conmovedor y, para algunos, inclasificable. (Para ciertos expertos el que un libro sea inclasificable parecer se un problema. Me pregunto si, por el contrario, no será una virtud).

Como todos los grandes libros, éste puede leerse de muchas maneras y también muchas veces. En primer lugar, puede –y me atrevería a decir: debe– leerse “de un tirón”, con total entrega y satisfacción para el voyeur que todos llevamos dentro pues, La belleza del marido abre la puerta a la intimidad de un matrimonio tormentoso; el relato de una pasión hecho por una esposa enamorada que sabe desde el comienzo que su matrimonio es un fracaso, que su marido es desleal, mentiroso, miserable… y que, sin embargo, sigue adelante, sin arrepentimiento alguno, conservando sus sentimientos vivos hacia alguien que no lo merece, incluso después de haberse divorciado, pasada ya su juventud… ¿Por qué?:

No es ningún secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza.
Como volvería a amarlo
si lo tuviera cerca. La belleza convence. Sabes que la belleza hace posible el sexo.

La belleza hace el sexo sexo.

 
Erotismo, celos, traición, destrucción; esta historia dolorosa avanza dando saltos en el tiempo, zigzagueando, abriendo puertas al recuerdo y a la reflexión; ofrece diálogos, pensamientos, cartas, personajes, apasionantes reflexiones, citas (incluso en griego y en latín) y mucha literatura. Y ¿quién lleva la batuta de esta compleja orquesta que ejecuta los 29 ensayos/tangos? La lleva John Keats y su idea “la belleza es verdad”, pues cada uno de los 29 ensayos/tangos/poemas está precedido por una cita de Keats a manera de “clave de lectura”.

Pero Keats no está solo, están también Homero y sus amigos los dioses, está Sócrates, está Jane Austen, Degas, Duchamp, Mozart, Huizinga… todos bailando acompasadamente el tango que, tal como un matrimonio, debe bailarse hasta el final y,con frecuencia, bajo la luz de las heridas:

Una herida arroja luz propia,
dicen los cirujanos.
Si todas las luces de la casa estuvieran apagadas
podrías adornar esta herida
con su brillo.

 
Lo que Anne Carson ha escrito es literalmente extraordinario; cómo logró profundizar en las desgarradoras contradicciones de un amor infeliz y formar un tejido erudito y conmovedor, es algo completamente singular. Este libro es de interés para cualquier lector, pero más todavía para las muchas mujeres que han tenido la fortuna (y la desgracia) de amar la belleza de un hombre.

Por último, unas palabras para la traducción de la reconocida Ana Bacciu. Bacciu logró sin duda un alto nivel, por eso justamente desconciertan varios descuidos. (¡¡Oh Lumen!!! ¿Qué pasó? ¿No sabes que los lectores confiamos en tus sobrios y hermosos libros marrones?); por ejemplo, el juego de palabras “Used my starts to various ends” ¿no podía ser traducido con más gracia y fidelidad como “Usaba mis comienzos con fines diversos”, en vez del pomposo “Usaba mis comienzos con propósitos diversos”? Numerosos posesivos fueron reemplazados por artículos, haciendo difícil la comprensión del texto, mientras que numerosos pronombres fueron suprimidos, causando una innecesaria ambigüedad inexistente en inglés.

Blanca Strepponi

Reseña publicada en el Periódico de Poesía, Unam, en septiembre de 2013.

Anne Carson

Anne Carson

Fuente: http://bit.ly/1c5Au5k