Gunnar

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#SECOND LIFE

La Edad Media me gustó de muy chico. Mi abuelo coleccionaba espadas y armaduras y después la vida me fue dando amigos que también me acercaron a la Edad Media. Por ejemplo, un cantante que tuve en mi banda era uno de los fundadores de este club, el Club Valherjes. Así, desde el año 2007, venía acompañando, me gustaba lo que hacían. Pero en el año 2015, con el furor del combate medieval que llegó aquí en 2013 (es un deporte internacional), la parte de recreación que se ocupa de la historia, fue quedando bastante relegada; así que me ofrecí a dar una mano. Entré como un miembro más, pero terminaron haciéndome vicepresidente del club.

Mi familia en su mayoría viene de Italia, y algunos de Noruega. Al principio lo que más se recreaba era vikingos, pero no todos somos descendientes de vikingos, ¿por qué no ocuparse de otro tema? Nosotros estudiamos la sociedad italiana.

Yo soy músico y me dedico a organizar eventos y además trabajo en una fábrica de embalajes. Ahora estoy estudiando energía solar, así que dentro de poco podré dedicarme a eso.

Gunnar, vicepresidente del Club Valherjes

Elisa

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Elisa sigue al frente de la tienda de ropa interior para “damas, caballeros y niños” fundada por su padre hace más de 70 años. Ahora atiende con la puerta cerrada, solo a conocidos.
Elisa es bonita y está muy arreglada: maquillaje discreto y peinado de peluquería. Siempre ha vivido en el mismo barrio, primero a solo unas cuadras y luego aquí, pues atrás de la tienda también está su casa.

Esta es la tienda de Elisa. A ella no le gusta que le tomen fotografías. Foto: B. Strepponi

–Mis hijos no van a seguir con esto, y señala con un gesto los estantes pulcros y ordenados. Quedamos mi hermano y yo. Mi hermano tiene 90 años.
-¿Y usted, qué edad tiene?
-Yo tengo 88. ¿Y usted?
-Yo tengo 66.
-¡Qué jovencita!!
-Elisa, le pregunto, ¿cómo le gustaría que fuera este barrio dentro de 50 años?
-Oh, se ríe nerviosa. ¡Qué pregunta!! Yo tengo una idea, pero no sé si decirla.
-Diga, diga.
-Es un poco loca.
-No importa.
-Me gustaría que dentro de 50 años este barrio fuera tal como era cuando yo era una niña.

Este texto y la imagen que lo acompaña fue publicado en el Papel Literario del diario El Nacional. http://www.el-nacional.com/noticias/papel-literario/dietario_282056

Mi clase de yoga

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Ilustración Pixabay

Seis de la tarde, voy con entusiasmo a mi primera clase de yoga en mucho tiempo… Me encuentro con un nutrido grupo de señoras y un joven con una remera de los Sex Pistols.

La profesora saluda a todos amablemente, conecta la música y ¡comenzamos!
Primero respirar y estirarnos. Mientras hago lo mejor que puedo, porque no es fácil enviar la respiración al abdomen inferior, me llegan fragmentos musicales. Aclaro: lo que suena no es estrictamente música, sino una suerte de hilo de palabras susurrantes, a veces dichas por un hombre y otras veces por una mujer. Y si bien no presto deliberada atención, escucho algunos mensajes motivadores, tales como: “Soy un ser de luz”, “Soy una gran persona”, “Me encanta mi cuerpo”… La verdad es que sin querer me voy imbuyendo de autoamor y sigo adelante con mayor entusiasmo.

Luego de un rato, ya más aceitadas, abandonamos la posición vertical y nos sentamos en el piso bastante rápido, si bien con escasa elegancia.

“Me siento muy bien conmigo mismo”, anuncian desde el equipo de música. Pero no es mi caso, porque en la posición de la pinza, Paschimottanasana, apenas llego a las rodillas y los bronquios se me estrujan. Claro, me digo, hace mucho que no practico.

-Ahora, kurmasana, postura de la tortuga -ordena la profe- La caparazón inferior nos pone en contacto con la tierra. La superior nos conecta con el cielo. ¡Cuánto equilibrio! Mantengan la espalda recta, unan las plantas de los pies, cuidado, las rodillas pegadas del piso. ¡Relajen las ingles! Vayan pasando los brazos por debajo de las pantorrillas. Inhalen, exhalen, al exhalar, lleven el tronco hacia delante. Con cada exhalación, sientan cómo se alargan lumbares y dorsales…

Escucho gemidos alrededor, es un alivio, ya no me siento tan sola.

-Ahora, Ustrasana, postura del camello.

Cómo les gusta a los orientales observar a los animales. Tiene mucho sentido, porque si uno trata de imitarlos es mucho lo que se aprende… pero me dejo de disquisiciones, debilidad de mi carácter cuando me enfrento a situaciones críticas, y vuelvo al camello. ¡Parece fácil! Solo hay que ponerse de rodillas, doblar la espalda hacia atrás y agarrarse los talones con las manos… La profe dice que estimula los pulmones y la circulación… Yo siento que todo está a punto de quiebre, ¡y eso que no llego ni a la mitad del camino hacia los talones!

-Hagan lo que puedan, no se exijan –dice piadosa la profe.

Luego de otros fallidos intentos zoológicos, llega la parte preferida de todos: ¡la relajación!!! La profe apaga la luz, apaga la música y prende un incienso. Todos nos abrigamos, porque es sabido que una buena relajación conduce a una baja de temperatura en el cuerpo.

-Ahora Savasana, postura del cadáver.

Esto no me relaja mucho, pensé. Pero hay que confiar.

-Boca arriba, brazos separados del cuerpo, manos con las palmas hacia arriba, piernas algo separadas. Debemos recomponer el equilibro energético. Respirando suavemente, muevan los ojos de un lado al otro. Frunzan el ceño, aflojen. Cierren los ojos, aflojen. Contraigan la mandíbula, aflojen. Relajen la nariz, la lengua, los labios… Muevan la cabeza de un lado al otro. Relajen los folículos pilosos. Sientan la respiración descender por las cervicales, recorrer todas y cada una de las vértebras, relajen las lumbares. Relajen las rodillas, las pantorrillas y los tobillos. Pongan una sonrisa en el páncreas, una sonrisa en el hígado…una gran sonrisa en los intestinos.

Y mientras sonreía a mis preciados órganos internos, escuché los suaves ronquidos del joven Sex Pistols…

El yoga es así, hace que uno tome conciencia y disfrute del presente. En ese momento me prometí tratar de sentirme una gran persona y dar la bienvenida a todos los que lleguen a mi vida como ligeros pétalos agitados por la brisa.

Diario en ruinas (1998 – 2017). Ana Teresa Torres

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Diario en ruinas es un libro temible. Y es natural que así sea, sobre todo para quienes padecimos en carne propia el chavismo. Este Diario es además el testimonio de una amiga, alguien a quien me une el más sincero afecto, gustos literarios y muchos ratos compartidos. Ana Teresa Torres, escritora y psicoanalista, una mujer formada intelectualmente con gran solidez, es dueña de una mente admirable: analítica, reflexiva y sensible. En otras palabras, este libro es la tormenta perfecta. Me hizo falta respirar hondo antes de emprender la lectura.

Ana Teresa Torres y Blanca Strepponi (Selfie)

Ana Teresa vio la necesidad de haber escrito un diario, un diario político y personal, algo que no había hecho. Así que con la mayor valentía, en 2014, se dio a la tarea de escribirlo en retrospectiva, es decir, comenzando en 1998. Nada más y nada menos que los años oscuros de Venezuela, durante los cuales todos y todo fue afectado. Este período de 20 años que no ha terminado, una suerte de kaliyuga, la casi eterna edad oscura hindú, resulta para muchos confuso. ¡Sucedieron tantas cosas! Y aunque algunas fueron de una belleza dolida, el conjunto es un paisaje de pérdida y destrucción.

Por eso es tan importante y necesario este trabajo, para no perdernos todavía más y poder valorar los esfuerzos así como los errores, y recordar que no estuvimos de brazos cruzados.

Al relato de los acontecimientos, sus reflexiones y eventos personales, se suman al final una serie de documentos (comunicados, artículos, cartas…) que vale la pena revisitar. Para quienes ahora son muy jóvenes y para los que vienen, este Diario en ruinas los ayudará a vislumbrar lo sucedido en Venezuela y a observar la participación de las personas que hacían su vida dentro de la actividad cultural.

Comparto aquí este fragmento:

Miro hacia atrás y me doy cuenta de que he estado todo este tiempo esperando. Que veo todo ese tiempo transcurrido como un enorme saco en el que se acumulan hechos, situaciones, nombres, muertes, casos, ocurrencias, viajes, nacimientos, guardados en el saco de la memoria mientras espero. No he hecho otra cosa que esperar. Diecisiete años esperando. Por eso todo parece igual, porque no he podido saborearlo con gusto, todo ha sido lo que pasa mientras espero. Y ahora, terminando este año me doy cuenta de que no hay nada que esperar, lo que ha pasado es la vida y lo que falta también es la vida.

Diario en ruinas (1998 – 2017). Ana Teresa Torres. Editorial Alfa, 2018

El zorro y la estrella

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coralie waterstones

Coralie Bickford-Smith. Foto: Waterstones

Coralie Bickford-Smith es una mujer con suerte, o al menos una mujer cuya suerte todo diseñador gráfico envidiaría. Tocó la puerta de Penguin UK, donde el diseño reina, y entró pisando alfombra roja. Allí tuvo la oportunidad de ocuparse de los clásicos, ficción y no ficción, donde dio una vuelta de tuerca al trabajo de un gran maestro a quien tanto le debemos los editores, hablo de William Morris (1834 – 1896). 

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Este hombre merece toda nuestra atención (ver el link) pues en un momento en que se sacrificaba la calidad por la cantidad, momento que lamentablemente continúa, él decidió recuperar el trabajo de los artesanos medievales. Estudió el arte de la impresión, de la tipografía, estudió los papeles y la “ornamentación” de sus libros y, claro está, fundó una editorial, la Kelmscott Press. Una de sus ediciones más famosas fue la de los Cuentos de Canterbury, de Chaucer, ilustrada nada menos que por su amigo Burne-Jones. Entre muchas otras cosas, William Morris fue arquitecto, decorador y especialista en diseño textil. Es una referencia ineludible, tal como el otro gran maestro invocado por Coralie: el poeta y artista William Blake.

Así que ahí tenemos a Coralie, quien confiesa que de niña hacía sus propias ediciones y ya admiraba a ambos Williams, ante ese gran desafío. ¿Qué hacer? Muy simple, lo que siempre quiso hacer. Diseñar a la manera de Morris, usar tela para forrar las tapas, “adornar” con formas vegetales… ¡hacer libros bellísimos! Y no solo la editorial aceptó asumir el riesgo de invertir en una producción mucho más costosa, sino que tuvo un gran éxito comercial.

Coralie recibió más tarde muchos premios y también muchos encargos de clientes prestigiosos y poderosos como The New York Times. Pero este cuento de hadas no termina aquí.

Luego quizo dar un paso que no es tan infrecuente en el mundo de los libros para niños: de diseñadora a diseñadora-ilustradora-autora. De nuevo Penguin UK (es decir: Penguin/Random House) aceptó y así nació El zorro y la estrella.
Coralie dice que se inspiró en este poema de William Blake titulado Eternidad:

Quien se encadena a una alegría
Destruye la vida alada
Quien besa la alegría mientras vuela
Vive en el amanecer de la eternidad

En otras palabras, un voto a favor del desapego (en un sentido budista).

La historia es sencilla. En las primeras dieciséis páginas conocemos a un pequeño zorro en el bosque cuya vida es nocturna y solitaria pues tiene una única amiga: una estrella. Pero un día, mejor dicho, una noche, la estrella no está, todo se vuelve más oscuro y el zorro se siente muy triste. Durante las siguientes dieciséis páginas el zorro busca a la estrella. Pero en su búsqueda, sin darse cuenta, ha llegado a un claro en el bosque y si bien allí no encuentra a su estrella, disfruta de la compañía de muchas estrellas. Así, hasta que catorce páginas después el libro termina.

Así contado uno creería que el libro es demasiado largo, pero en realidad no es lo que uno experimenta como lector. Esta ausencia de fatiga no sucede gracias a la historia, ni tampoco al lenguaje por cierto bastante plano y con tropiezos en la traducción. No se hace largo y en verdad es un deleite porque el libro es sencillamente pre-cio-so.

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Tiene tapa dura, un papel muy bonito con el sello ecológico de Green Peace, y una impresión impecable. La portada tiene el mismo estilo que la colección clásicos, y también el interior, con sus viñetas y en muchas páginas, la composición del texto “reservado” en una ventana de la ilustración, remite al maestro William Morris.

Tal vez lo más interesante sea el tratamiento estético de las catorce “páginas nocturnas”, cuando el zorro se siente abandonado y rodeado de oscuridad; son páginas casi monocromáticas, casi negras, con un uso muy inteligente de la tipografía.

Conclusión 1: cualquier lector, niño o adulto, disfrutaría mucho de este libro.
Conclusión 2: qué bueno sería que Coralie Bickford-Smith aliara su gran talento con alguno de los tantos excelentes escritores de libros para niños.

Blanca Strepponi

Diario de la incertidumbre

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Sobre Diario de John Roberton*, por Leroy Gutiérrez


Desde hace mucho se afirma que “la verdad es la primera víctima de toda guerra”. Irónicamente, no se sabe quién lo dijo, si el dramaturgo Esquilo o el senador estadounidense Hiram Johnson. Sin importar quién sea su autor, esta afirmación se sigue repitiendo gracias a su cualidad (dudosa) para resumir y simplificar el cúmulo de emociones que se experimentan durante un conflicto bélico. La frase ha funcionado como un artefacto retórico que ha despojado a una palabra de su carga de caos, muerte y disolución, y la ha transformado en un asunto meramente discursivo en el que lo importante es lo que se dice, quién y con qué intenciones lo dice. Como si la lucha más encarnizada se diera solo para convencer a otros.

Es una frase bella pero imprecisa porque la primera víctima de toda guerra es la certidumbre. La lectura de Diario de John Roberton de Blanca Strepponi sirve para constatarlo. Publicado en 1995 y reeditado en 2016, en este poemario la autora recrea la voz del médico escocés y veterano de las guerras napoleónicas John H. Roberton para que acompañemos a un John Roberton poético en su viaje hacia la incertidumbre y el desconcierto, los efectos colaterales de la guerra de independencia de Venezuela, la “masiva desgracia”.

Han pasado veinte años desde la publicación de Diario de John Roberton pero es difícil no preguntarse si había algo en la Venezuela de finales de los noventa que hiciera presagiar a Blanca Strepponi el regreso de la “masiva desgracia” a tierras venezolanas. En cualquier caso, como afirmara Doris Lessing, algo que Strepponi hace con su escritura es ayudar a “vernos como otros nos ven”. También nos hace suponer que en un futuro la gente se preguntará cómo fue posible que, conociendo nuestra historia como la conocíamos, no hubiéramos podido poner en práctica lo que sabíamos.

Con la lectura de este poemario una de las primeras certezas que desaparece es la que tenemos respecto al estilo y su función en la creación de textos literarios. En vez de apostar por formas fijas, consensuadas, la autora se arriesga con el collage para crear un estilo propio, que explicita desde el principio: “Tomé literalmente del diario de Roberton algunos pasajes, mientras que numerosos detalles fueron extraídos de crónicas de la época. Las cartas son de mi entera invención. En cuanto a la idea del exilio de Dios como origen del mal, proviene de los cabalistas judíos del siglo XVI”.

Un ejercicio nos plantea una interrogante: si un poema puede ser escrito de muchas maneras, ¿hay algo esencialmente poético en el estilo?

Puede que lo poético radique menos en cierta disposición de elementos verbales: palabras y frases, y más en la autenticidad y en la capacidad para expresar de manera idónea y exhaustiva una experiencia. Así, antes que las vivencias del médico escocés, lo primero que sorprende al lector es la apropiación del estilo del diario íntimo, las cartas familiares y las crónicas decimonónicas a la que recurre la autora para construir la travesía emocional de Roberton por los ríos Orinoco y Arauca. Un procedimiento de lectura y reescritura que, seguramente, tiene mucho que ver con su larga experiencia como editora: leer los textos de otros a la búsqueda de una coherencia.

Otra de las certezas que veremos deshacerse es la del médico que parte hacia Venezuela convencido de que lee la realidad adecuadamente: “he decidido yo también sumarme a la empresa más sustancial para la evolución del hombre: la libertad. La esperanza de la civilización futura radica ahora en estos jóvenes pueblos que luchan por su independencia”. Aunque unos pocos meses bastan para que comience el desengaño que consignará en su diario: “Con dos oficiales ingleses embarqué en ‘La Bombarda’, una cañonera sin cañoñes”. Posteriormente, la ausencia de todo: comida, armas, refuerzos y hasta del enemigo, pondrá en evidencia el caracter apocalíptico del viaje así como el sinsentido al que se enfrenta Roberton: “El temor, la confusión y el desorden se acrecientan. Todos los peones fueron empleados en levantar terraplenes de barro y ramas y en abrir trincheras, pues el grito constante era:/ ‘Ellos vienen’/ Pero nadie vino”.

Paradójicamente, la muerte es lo único que le da sentido a la experiencia en medio de este caos. Esta no discrimina e iguala con su sombra a todos los seres vivos, bestias y hombres: “Observé el sacrificio del buey// los naturales atan/ la cabeza del animal/ a una estaca/ y hunden un cuchillo grande/ entre las dos primeras vértebras/ cervicales// la muerte es instantánea”; “el prisionero está de pie/ se aproxima un individuo/ con una espada/ y un cigarro en los labios/ y le asesta una tajada/ certera en la nuca/ que separa enteramente/ la cabeza/ del cuerpo”. Nos invita a preguntarnos ¿cuándo fue que dejamos de considerarnos animales? y ¿qué es lo que realmente nos separa a unos de otros?, e incluso nos advierte que hay algo peor que la desaparición física, una vida sin propósito: “o morirán simplemente/ de hambre o de hastío/ sobre la hierba quemada”.

Mientras que el estilo de Blanca Strepponi se aparta de las convenciones, uno de los temas de Diario de John Roberton conecta este poemario con una larga tradición, aquella que canta la belleza de la guerra. Durante milenios la guerra “Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta conciencia ética”, afima Alessandro Baricco en Otra belleza. Apostilla sobre la guerra. Y es que la lucha será para John Roberton la promesa de encontrarse a sí mismo.

* * *

Han pasado veinte años desde la publicación de Diario de John Roberton pero es difícil no preguntarse si había algo en la Venezuela de finales de los noventa que hiciera presagiar a Blanca Strepponi el regreso de la “masiva desgracia” a tierras venezolanas. En cualquier caso, como afirmara Doris Lessing, algo que Strepponi hace con su escritura es ayudar a “vernos como otros nos ven”. También nos hace suponer que en un futuro la gente se preguntará cómo fue posible que, conociendo nuestra historia como la conocíamos, no hubiéramos podido poner en práctica lo que sabíamos.

Termino con un verso de Strepponi: “No preguntes, pues nadie sabe:/ Dios ha partido/ se ha exiliado de sí mismo”.

  • Diario de John Roberton, Colección La Palma, Madrid, 2015.

El muro de Mandelshtam. Igor Barreto

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Igor Barreto. Foto de Carlos París

¿Qué tal si un día cualquiera de tu vida pedestre, digamos que comprando papas, te encuentras con tu poeta más amado, así ya hubiera muerto en un lugar remoto hace muchos años? Sabes que no puede ser él, pero él dice que sí, sin mucho énfasis, es verdad, pero al fin y al cabo, ya que vives en tu favela caraqueña, tu gueto tropical, cercado por la miseria y la violencia, ¿por qué no dejarte ir, “atrapado por la ficción”? ¿Acaso no “somos retazos de vida extrema, copias de nosotros mismos”?

Si su libro anterior, Annapurna, la montaña empírica, fue un prodigio de imaginación poética y un lúcido canto contra el autoritarismo, con El muro de Mandelshtam Barreto sube la apuesta: sus 133 vertiginosas páginas llenas de audacia artística desafían al lector.

Como casi todos sus libros, también éste ha sido editado por la Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, cuyo único autor publicado es precisamente Igor Barreto. Por cierto, vale la pena comentar que esta Sociedad compuesta por familiares del poeta e ilustres difuntos del estado Apure (pueblo natal de Barreto), con los años ha ganado en cosmopolitismo, pues no solo ha incorporado a poetas como Eugenio Montejo, Arnaldo Acosta Bello y Juan Sánchez Peláez, sino también a varios familiares del escritor argentino Sergio Chejfec. Eso me llenó de esperanzas; sí, debo confesar una de mis ilusiones egocéntricas: espero que, a su debido tiempo, aunque no haya nacido en Apure, mi nombre sea admitido en tal honorable sociedad.

Volvamos a lo nuestro, al muro vertiginoso. No puedo dejar de preguntarme cómo ha logrado Igor Barreto que todo lo que trajo a sus páginas funcione con tanta loca lógica y eficiente naturalidad. Y con todo me refiero a ideas, historias, personajes, géneros literarios… No faltará quien se pregunte: ¿es este un libro de poesía? Aunque hay mucho de dramaturgia y de narrativa, con una mano en el corazón respondo: sí. En ese y otros sentidos, El muro de Mandelshtam es un libro de nuestro tiempo cuyo género se define más por su espíritu que por su forma.

Osip Mandelshtam

Iniciando la aventura, el autor nos presenta en sus primeros tres epígrafes los temas que conoceremos. Está Osip Mandelshtam, por supuesto, el invitado central, de la mano del gran tema, la pobreza: Vive tranquilo y consolado, en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa. Luego Malcom Lowry, hablando del fuego y el miedo, y por último Ammons haciendo referencia a la basura, una presencia persistente en el libro: basura tiene que ser el poema de nuestra época porque la basura es lo bastante espiritual, espiritual y creíble como para embargarnos la atención…

¿Dije que el libro tenía mucho de dramaturgia?, pues si alguna duda quedaba, irrumpe en página aparte el epígrafe de Ana Blandiana: Uno, dos y tres, / Todo lo que ves, / Dos, tres, cuatro / Todo es teatro.

Pobreza, miedo, basura, teatro… Podría decirse que hay un nudo dramático, personajes, historias; no en vano Barreto estudió cine en Rumania (¡en la Rumania de Ceaucescu!). La historia y su nudo: en un terreno abierto del barrio donde vive, el autor conoce a quien afirma ser el poeta ruso Osip Mandelshtam. Pero cómo, ¿no murió Mandelshtam en 1938 en un campo de prisioneros de Siberia, enviado por Stalin? Sí, es verdad, murió hace casi 80 años, ¿y eso qué importa, qué nos impide aceptar lo imaginado y entregarnos a la literatura?

A partir de esta aceptación inicial, todo vale. Por eso con tanta naturalidad los bloques de cruda realidad (muertes gratuitas, hacinamiento, suciedad) se vuelven legos mágicos que reconstruyen esa barriada de Caracas, universal en su pobreza, en su violencia y aislamiento.

Y como a Barreto no le gusta escribir solo, en esta obra mayor cuenta con muchas y variadas colaboraciones literarias, muy efectivas para armonizar géneros y estructuras. Son las más notorias Mandelshtam, la Divina comedia de Dante (una de las lecturas esenciales para Mandelshtam) y Edgar Lee Master (Antología de Spoon River). Con estos asistentes, el autor va tejiendo su nudo: “Se trata de un juego con palabras que vincula tanto seres como situaciones de distinta naturaleza”.

Así, vemos a Osip instalado en el gueto de Ojo de Agua, allí encuentra el amor, o tal vez el desamor, escribe (“He visto cómo la multitud / devora los frutos prohibidos / y repite la oración inversa / del odio por nosotros mismos”), hace amigos, hace enemigos… es aceptado en el barrio, tal como es aceptado por los lectores, tal vez por eso una noche llega al barrio el transiberiano, el de “majestuosa estrella roja al frente de su locomotora”, el mismo tren que había llevado a Osip al exilio en Vladivostok. Los vecinos observan a los pasajeros por las ventanillas, escuchan un agudo silbido y luego alguien que grita ¡Ostranénie! Osip traduce a los vecinos intrigados: ostranénie significa extrañamiento, locura. Hasta que finalmente el transiberiano desaparece en la noche seguido por este comentario encantador de los asombrados espectadores: “¡Mira que llamarnos locos estos malditos rusos!”

Sin duda estamos ante un momento de gran significación. Para los formalistas rusos ostranénie (остранение) era una suerte de recurso literario que al presentar una realidad fuera de su contexto conocido y destacar así su carácter ficcional permitía descubrir nuevas perspectivas y refinar la percepción. No se puede negar que la percepción del lector sube varios niveles luego de imaginar a una locomotora soviética entre las estrechas callejuelas del barrio. Además, ¿acaso esa locomotora de otro mundo, de otro tiempo, que aparece en la noche tropical entre vapores y silbatos, ante la mirada asombrada de los habitantes no nos recuerda a Federico Fellini? ¿No es la misma mirada afectuosa que rescata sin condescendencias la humanidad de los más pobres?

Y más ostranénie: en honor a Mandelshtam nieva en el gueto. Es otro gran momento digno de Fellini: “Todas las casas fueron pintadas / gratuitamente de blanco / y mucha de la pobreza se escapó / por esa loza quebrada / de un cielo encapotado.”

Esta primera parte del libro, llamada “Rayas sobre el muro” termina con la desaparición de Mandelshtam -quien sin embargo seguirá presente. Los vecinos hacen una suerte de performance para recordarlo: construyen un globo negro con bolsas de basura, dicen que es una luna negra o un eclipse de sol. “El globo se elevó la tarde de un día viernes. Solo deseamos que donde se encuentre el poeta ruso Osip Mandelshtam lo pueda ver”.

Los epitafios, a la manera de Edgar Lee Masters y de los epigramas palatinos, nos cuentan en primera persona más historias de personas tristes y sencillas. Y todo se anuda, tal como lo desea el autor, para llegar a un momento alto, quizá el más alto en toda la obra de Barreto: el largo poema titulado “La caja y la pregunta sobre la pobreza”. Cito algunos versos:

Era un objeto orgánico
Y mecánico a la vez, pero también sólido y muerto.
Lo cierto es que la caja estaba justamente
En el centro de esa vereda para que alguien la encontrara
Y así fue:
La llevaron a la calle principal del ghetto
Donde todos los habitantes se reunieron.
Un alguien dijo que en su interior estaba la definición de la pobreza:
La sensación pastosa de los días,
La sombra que trepa con su hábito apocando las casas. (…)
Lo cierto
Es que un ojo se acercó para ver
La raíz de lo que eran
Y la lengua rozó la superficie
Para indagar el sabor
Y la sacudieron por los aires
Buscando algún sonido que pudiera identificarlos.

*
En la sección “Flores tras las rejas. Recuerdo de una experiencia en prisión”, el autor reflexiona acerca de los apasionantes ejercicios literarios realizados con los prisioneros de una cárcel caraqueña, tan infame que terminó siendo dinamitada. En “Retorno (a la clase media)” la pobreza, casi un personaje mismo, se presenta con su intenso dolor estético.

Finalmente, el libro incluye fotografías en blanco y negro de Ricardo Jiménez, imágenes sobrias y claustrofóbicas de una típica barriada caraqueña.

Digo con el mayor fervor, que todas las 133 páginas merecen ser leídas –incluyendo el conmovedor colofón del impresor Javier Aizpúrua.

Blanca Strepponi

Esta reseña fue publicada el 16 de julio de 2017 en el Papel Literario del diario El Nacional

http://www.el-nacional.com/noticias/entretenimiento/muro-mandelshtam-igor-barreto_193341

 

 

Lost in translation

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Para quienes amamos las palabras, Lost in translation, compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo, resulta una compra casi irresistible. Se trata de una edición preciosa, digna del sello Libros del Zorro Rojo.

Pero… en primer lugar, cabe esta advertencia: aunque lo parezca, no es un libro para niños. Hay que recordar que esta editorial tiene una colección infantil y otra para jóvenes y adultos, pero como nada se señala en el diseño resulta confuso, sobre todo porque las bellas ilustraciones tienen un encanto algo naif e infantil.

En la introducción, la autora, Ella Frances Sanders, reflexiona muy sencillamente sobre la naturaleza del lenguaje y su propia experiencia. Como suele suceder en las introducciones, cita a un autor, pero de una manera muy curiosa, ya que no se trata de una autoridad en lingüística, por decir algo, sino de Eckhart Tolle, un escritor “espiritual”. Y además, lo cita para decir que no está de acuerdo.

En fin, luego comienza el libro. La selección de las 49 palabras intraducibles es hermosa e interesante y a veces solo interesante. A veces también hay que esforzarse en la lectura pues las definiciones forman parte de la ilustración y se desfavorece la tipografía.


Hay palabras preciosas, como “komorebi” que en japonés significa “la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles”. La palabra portuguesa “saudade” no podía faltar. También resulta llamativo que aparezca una palabra yámana, hablada por los yámanas de Tierra del Fuego: mamihlapinatapai, que significa nada menos que: “el entendimiento silencioso entre dos personas que están pensando o deseando lo mismo, pero ninguno se atreve a expresarlo. Sin duda ¡vale la pena memorizarla!

Ahora bien, no puedo evitar preguntarme, siendo que los tres idiomas más hablados del mundo son el chino, el español y el inglés, ¿no valía la pena investigar hasta encontrar alguna palabra intraducible? Y lo digo porque de las 49 palabras hay cinco en alemán, cuatro en japonés, cuatro en sueco, tres en ydish y tres en árabe, mientras que del resto de los idiomas hay varios pares. Habiendo hecho ese esfuerzo, la promesa hecha al lector en la tapa (compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo) hubiera quedado más satisfecha.

Por último, me dirán conservadora, pero en un libro de 112 páginas, ¡cuánto me hubiera gustado que llevaran numeración! Y ya que tampoco hay índice, sería de mucha utilidad. Por ejemplo, uno podría decirle a un amigo: fíjate en la página tal, eres un luftmensch -un soñador…

 

Hacerse amigo de los números

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En casa somos… Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso. Ediciones iamiqué, 2017

 

Se dice que hay quienes tienen facilidad para los números y quienes no. Estoy en el segundo grupo: los números no me resultan muy amistosos. Pero siento que somos mayoría y de alguna manera eso es un consuelo. También consuela oír que lo que sucede es que las matemáticas no se enseñan bien. Es posible. Sin duda un buen maestro puede hacer de las áridas estadísticas, o incluso de la geología, algo irresistible. Confieso: en mi próxima vida desearía tener una “mente matemática”, emparentada para mí con las admiradas “mentes filosóficas”.

Volviendo a esta vida, justamente a propósito de los números y su relación con la vida, Ediciones Iamiqué nos trae un regalo de Portugal, se llama En casa somos…, se trata de un libro creado por Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso.

La idea del libro tiene la sencillez de lo genial: vamos a contar cuántos somos en casa, incluyendo al perrito, ¡pero contemos en serio! Primero lo más fácil: cuántas cabezas. También contemos lo más gracioso: cuántas tetas. Y por qué no, contemos lo imposible: cuántos cabellos. Y luego, como quien no quiere la cosa, ¡calculemos!

Ya pensábamos que teníamos el asunto más o menos dominado, cuando surge algo imprevisto: llegan invitados a casa y hay que hacer todas las cuentas de nuevo. Así es la vida, llena de imprevistos y complicaciones.

 

Imposible no sonreír con este libro encantador, que nos lleva a descubrir que nuestros cuerpos, por fuera y por dentro, también pueden ser expresados en números. Nos lleva a comprender que lo que nos rodea puede ser contado, pesado, medido y que eso nos sirve para entender un poco más qué somos y dónde estamos. ¿Acaso no es ese el camino de la mente matemática, hermana de la mente filosófica?

Gracias Iamiqué por otro libro-joya, para niños, sí, pero también para adultos que gustan estar despiertos como niños.

Blanca Strepponi, mayo de 2017