Diario de la incertidumbre

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Sobre Diario de John Roberton*, por Leroy Gutiérrez


Desde hace mucho se afirma que “la verdad es la primera víctima de toda guerra”. Irónicamente, no se sabe quién lo dijo, si el dramaturgo Esquilo o el senador estadounidense Hiram Johnson. Sin importar quién sea su autor, esta afirmación se sigue repitiendo gracias a su cualidad (dudosa) para resumir y simplificar el cúmulo de emociones que se experimentan durante un conflicto bélico. La frase ha funcionado como un artefacto retórico que ha despojado a una palabra de su carga de caos, muerte y disolución, y la ha transformado en un asunto meramente discursivo en el que lo importante es lo que se dice, quién y con qué intenciones lo dice. Como si la lucha más encarnizada se diera solo para convencer a otros.

Es una frase bella pero imprecisa porque la primera víctima de toda guerra es la certidumbre. La lectura de Diario de John Roberton de Blanca Strepponi sirve para constatarlo. Publicado en 1995 y reeditado en 2016, en este poemario la autora recrea la voz del médico escocés y veterano de las guerras napoleónicas John H. Roberton para que acompañemos a un John Roberton poético en su viaje hacia la incertidumbre y el desconcierto, los efectos colaterales de la guerra de independencia de Venezuela, la “masiva desgracia”.

Han pasado veinte años desde la publicación de Diario de John Roberton pero es difícil no preguntarse si había algo en la Venezuela de finales de los noventa que hiciera presagiar a Blanca Strepponi el regreso de la “masiva desgracia” a tierras venezolanas. En cualquier caso, como afirmara Doris Lessing, algo que Strepponi hace con su escritura es ayudar a “vernos como otros nos ven”. También nos hace suponer que en un futuro la gente se preguntará cómo fue posible que, conociendo nuestra historia como la conocíamos, no hubiéramos podido poner en práctica lo que sabíamos.

Con la lectura de este poemario una de las primeras certezas que desaparece es la que tenemos respecto al estilo y su función en la creación de textos literarios. En vez de apostar por formas fijas, consensuadas, la autora se arriesga con el collage para crear un estilo propio, que explicita desde el principio: “Tomé literalmente del diario de Roberton algunos pasajes, mientras que numerosos detalles fueron extraídos de crónicas de la época. Las cartas son de mi entera invención. En cuanto a la idea del exilio de Dios como origen del mal, proviene de los cabalistas judíos del siglo XVI”.

Un ejercicio nos plantea una interrogante: si un poema puede ser escrito de muchas maneras, ¿hay algo esencialmente poético en el estilo?

Puede que lo poético radique menos en cierta disposición de elementos verbales: palabras y frases, y más en la autenticidad y en la capacidad para expresar de manera idónea y exhaustiva una experiencia. Así, antes que las vivencias del médico escocés, lo primero que sorprende al lector es la apropiación del estilo del diario íntimo, las cartas familiares y las crónicas decimonónicas a la que recurre la autora para construir la travesía emocional de Roberton por los ríos Orinoco y Arauca. Un procedimiento de lectura y reescritura que, seguramente, tiene mucho que ver con su larga experiencia como editora: leer los textos de otros a la búsqueda de una coherencia.

Otra de las certezas que veremos deshacerse es la del médico que parte hacia Venezuela convencido de que lee la realidad adecuadamente: “he decidido yo también sumarme a la empresa más sustancial para la evolución del hombre: la libertad. La esperanza de la civilización futura radica ahora en estos jóvenes pueblos que luchan por su independencia”. Aunque unos pocos meses bastan para que comience el desengaño que consignará en su diario: “Con dos oficiales ingleses embarqué en ‘La Bombarda’, una cañonera sin cañoñes”. Posteriormente, la ausencia de todo: comida, armas, refuerzos y hasta del enemigo, pondrá en evidencia el caracter apocalíptico del viaje así como el sinsentido al que se enfrenta Roberton: “El temor, la confusión y el desorden se acrecientan. Todos los peones fueron empleados en levantar terraplenes de barro y ramas y en abrir trincheras, pues el grito constante era:/ ‘Ellos vienen’/ Pero nadie vino”.

Paradójicamente, la muerte es lo único que le da sentido a la experiencia en medio de este caos. Esta no discrimina e iguala con su sombra a todos los seres vivos, bestias y hombres: “Observé el sacrificio del buey// los naturales atan/ la cabeza del animal/ a una estaca/ y hunden un cuchillo grande/ entre las dos primeras vértebras/ cervicales// la muerte es instantánea”; “el prisionero está de pie/ se aproxima un individuo/ con una espada/ y un cigarro en los labios/ y le asesta una tajada/ certera en la nuca/ que separa enteramente/ la cabeza/ del cuerpo”. Nos invita a preguntarnos ¿cuándo fue que dejamos de considerarnos animales? y ¿qué es lo que realmente nos separa a unos de otros?, e incluso nos advierte que hay algo peor que la desaparición física, una vida sin propósito: “o morirán simplemente/ de hambre o de hastío/ sobre la hierba quemada”.

Mientras que el estilo de Blanca Strepponi se aparta de las convenciones, uno de los temas de Diario de John Roberton conecta este poemario con una larga tradición, aquella que canta la belleza de la guerra. Durante milenios la guerra “Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta conciencia ética”, afima Alessandro Baricco en Otra belleza. Apostilla sobre la guerra. Y es que la lucha será para John Roberton la promesa de encontrarse a sí mismo.

* * *

Han pasado veinte años desde la publicación de Diario de John Roberton pero es difícil no preguntarse si había algo en la Venezuela de finales de los noventa que hiciera presagiar a Blanca Strepponi el regreso de la “masiva desgracia” a tierras venezolanas. En cualquier caso, como afirmara Doris Lessing, algo que Strepponi hace con su escritura es ayudar a “vernos como otros nos ven”. También nos hace suponer que en un futuro la gente se preguntará cómo fue posible que, conociendo nuestra historia como la conocíamos, no hubiéramos podido poner en práctica lo que sabíamos.

Termino con un verso de Strepponi: “No preguntes, pues nadie sabe:/ Dios ha partido/ se ha exiliado de sí mismo”.

  • Diario de John Roberton, Colección La Palma, Madrid, 2015.
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El muro de Mandelshtam. Igor Barreto

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Igor Barreto. Foto de Carlos París

¿Qué tal si un día cualquiera de tu vida pedestre, digamos que comprando papas, te encuentras con tu poeta más amado, así ya hubiera muerto en un lugar remoto hace muchos años? Sabes que no puede ser él, pero él dice que sí, sin mucho énfasis, es verdad, pero al fin y al cabo, ya que vives en tu favela caraqueña, tu gueto tropical, cercado por la miseria y la violencia, ¿por qué no dejarte ir, “atrapado por la ficción”? ¿Acaso no “somos retazos de vida extrema, copias de nosotros mismos”?

Si su libro anterior, Annapurna, la montaña empírica, fue un prodigio de imaginación poética y un lúcido canto contra el autoritarismo, con El muro de Mandelshtam Barreto sube la apuesta: sus 133 vertiginosas páginas llenas de audacia artística desafían al lector.

Como casi todos sus libros, también éste ha sido editado por la Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, cuyo único autor publicado es precisamente Igor Barreto. Por cierto, vale la pena comentar que esta Sociedad compuesta por familiares del poeta e ilustres difuntos del estado Apure (pueblo natal de Barreto), con los años ha ganado en cosmopolitismo, pues no solo ha incorporado a poetas como Eugenio Montejo, Arnaldo Acosta Bello y Juan Sánchez Peláez, sino también a varios familiares del escritor argentino Sergio Chejfec. Eso me llenó de esperanzas; sí, debo confesar una de mis ilusiones egocéntricas: espero que, a su debido tiempo, aunque no haya nacido en Apure, mi nombre sea admitido en tal honorable sociedad.

Volvamos a lo nuestro, al muro vertiginoso. No puedo dejar de preguntarme cómo ha logrado Igor Barreto que todo lo que trajo a sus páginas funcione con tanta loca lógica y eficiente naturalidad. Y con todo me refiero a ideas, historias, personajes, géneros literarios… No faltará quien se pregunte: ¿es este un libro de poesía? Aunque hay mucho de dramaturgia y de narrativa, con una mano en el corazón respondo: sí. En ese y otros sentidos, El muro de Mandelshtam es un libro de nuestro tiempo cuyo género se define más por su espíritu que por su forma.

Osip Mandelshtam

Iniciando la aventura, el autor nos presenta en sus primeros tres epígrafes los temas que conoceremos. Está Osip Mandelshtam, por supuesto, el invitado central, de la mano del gran tema, la pobreza: Vive tranquilo y consolado, en la pobreza opulenta, en la miseria poderosa. Luego Malcom Lowry, hablando del fuego y el miedo, y por último Ammons haciendo referencia a la basura, una presencia persistente en el libro: basura tiene que ser el poema de nuestra época porque la basura es lo bastante espiritual, espiritual y creíble como para embargarnos la atención…

¿Dije que el libro tenía mucho de dramaturgia?, pues si alguna duda quedaba, irrumpe en página aparte el epígrafe de Ana Blandiana: Uno, dos y tres, / Todo lo que ves, / Dos, tres, cuatro / Todo es teatro.

Pobreza, miedo, basura, teatro… Podría decirse que hay un nudo dramático, personajes, historias; no en vano Barreto estudió cine en Rumania (¡en la Rumania de Ceaucescu!). La historia y su nudo: en un terreno abierto del barrio donde vive, el autor conoce a quien afirma ser el poeta ruso Osip Mandelshtam. Pero cómo, ¿no murió Mandelshtam en 1938 en un campo de prisioneros de Siberia, enviado por Stalin? Sí, es verdad, murió hace casi 80 años, ¿y eso qué importa, qué nos impide aceptar lo imaginado y entregarnos a la literatura?

A partir de esta aceptación inicial, todo vale. Por eso con tanta naturalidad los bloques de cruda realidad (muertes gratuitas, hacinamiento, suciedad) se vuelven legos mágicos que reconstruyen esa barriada de Caracas, universal en su pobreza, en su violencia y aislamiento.

Y como a Barreto no le gusta escribir solo, en esta obra mayor cuenta con muchas y variadas colaboraciones literarias, muy efectivas para armonizar géneros y estructuras. Son las más notorias Mandelshtam, la Divina comedia de Dante (una de las lecturas esenciales para Mandelshtam) y Edgar Lee Master (Antología de Spoon River). Con estos asistentes, el autor va tejiendo su nudo: “Se trata de un juego con palabras que vincula tanto seres como situaciones de distinta naturaleza”.

Así, vemos a Osip instalado en el gueto de Ojo de Agua, allí encuentra el amor, o tal vez el desamor, escribe (“He visto cómo la multitud / devora los frutos prohibidos / y repite la oración inversa / del odio por nosotros mismos”), hace amigos, hace enemigos… es aceptado en el barrio, tal como es aceptado por los lectores, tal vez por eso una noche llega al barrio el transiberiano, el de “majestuosa estrella roja al frente de su locomotora”, el mismo tren que había llevado a Osip al exilio en Vladivostok. Los vecinos observan a los pasajeros por las ventanillas, escuchan un agudo silbido y luego alguien que grita ¡Ostranénie! Osip traduce a los vecinos intrigados: ostranénie significa extrañamiento, locura. Hasta que finalmente el transiberiano desaparece en la noche seguido por este comentario encantador de los asombrados espectadores: “¡Mira que llamarnos locos estos malditos rusos!”

Sin duda estamos ante un momento de gran significación. Para los formalistas rusos ostranénie (остранение) era una suerte de recurso literario que al presentar una realidad fuera de su contexto conocido y destacar así su carácter ficcional permitía descubrir nuevas perspectivas y refinar la percepción. No se puede negar que la percepción del lector sube varios niveles luego de imaginar a una locomotora soviética entre las estrechas callejuelas del barrio. Además, ¿acaso esa locomotora de otro mundo, de otro tiempo, que aparece en la noche tropical entre vapores y silbatos, ante la mirada asombrada de los habitantes no nos recuerda a Federico Fellini? ¿No es la misma mirada afectuosa que rescata sin condescendencias la humanidad de los más pobres?

Y más ostranénie: en honor a Mandelshtam nieva en el gueto. Es otro gran momento digno de Fellini: “Todas las casas fueron pintadas / gratuitamente de blanco / y mucha de la pobreza se escapó / por esa loza quebrada / de un cielo encapotado.”

Esta primera parte del libro, llamada “Rayas sobre el muro” termina con la desaparición de Mandelshtam -quien sin embargo seguirá presente. Los vecinos hacen una suerte de performance para recordarlo: construyen un globo negro con bolsas de basura, dicen que es una luna negra o un eclipse de sol. “El globo se elevó la tarde de un día viernes. Solo deseamos que donde se encuentre el poeta ruso Osip Mandelshtam lo pueda ver”.

Los epitafios, a la manera de Edgar Lee Masters y de los epigramas palatinos, nos cuentan en primera persona más historias de personas tristes y sencillas. Y todo se anuda, tal como lo desea el autor, para llegar a un momento alto, quizá el más alto en toda la obra de Barreto: el largo poema titulado “La caja y la pregunta sobre la pobreza”. Cito algunos versos:

Era un objeto orgánico
Y mecánico a la vez, pero también sólido y muerto.
Lo cierto es que la caja estaba justamente
En el centro de esa vereda para que alguien la encontrara
Y así fue:
La llevaron a la calle principal del ghetto
Donde todos los habitantes se reunieron.
Un alguien dijo que en su interior estaba la definición de la pobreza:
La sensación pastosa de los días,
La sombra que trepa con su hábito apocando las casas. (…)
Lo cierto
Es que un ojo se acercó para ver
La raíz de lo que eran
Y la lengua rozó la superficie
Para indagar el sabor
Y la sacudieron por los aires
Buscando algún sonido que pudiera identificarlos.

*
En la sección “Flores tras las rejas. Recuerdo de una experiencia en prisión”, el autor reflexiona acerca de los apasionantes ejercicios literarios realizados con los prisioneros de una cárcel caraqueña, tan infame que terminó siendo dinamitada. En “Retorno (a la clase media)” la pobreza, casi un personaje mismo, se presenta con su intenso dolor estético.

Finalmente, el libro incluye fotografías en blanco y negro de Ricardo Jiménez, imágenes sobrias y claustrofóbicas de una típica barriada caraqueña.

Digo con el mayor fervor, que todas las 133 páginas merecen ser leídas –incluyendo el conmovedor colofón del impresor Javier Aizpúrua.

Blanca Strepponi

Esta reseña fue publicada el 16 de julio de 2017 en el Papel Literario del diario El Nacional

http://www.el-nacional.com/noticias/entretenimiento/muro-mandelshtam-igor-barreto_193341

 

 

Lost in translation

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Para quienes amamos las palabras, Lost in translation, compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo, resulta una compra casi irresistible. Se trata de una edición preciosa, digna del sello Libros del Zorro Rojo.

Pero… en primer lugar, cabe esta advertencia: aunque lo parezca, no es un libro para niños. Hay que recordar que esta editorial tiene una colección infantil y otra para jóvenes y adultos, pero como nada se señala en el diseño resulta confuso, sobre todo porque las bellas ilustraciones tienen un encanto algo naif e infantil.

En la introducción, la autora, Ella Frances Sanders, reflexiona muy sencillamente sobre la naturaleza del lenguaje y su propia experiencia. Como suele suceder en las introducciones, cita a un autor, pero de una manera muy curiosa, ya que no se trata de una autoridad en lingüística, por decir algo, sino de Eckhart Tolle, un escritor “espiritual”. Y además, lo cita para decir que no está de acuerdo.

En fin, luego comienza el libro. La selección de las 49 palabras intraducibles es hermosa e interesante y a veces solo interesante. A veces también hay que esforzarse en la lectura pues las definiciones forman parte de la ilustración y se desfavorece la tipografía.


Hay palabras preciosas, como “komorebi” que en japonés significa “la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles”. La palabra portuguesa “saudade” no podía faltar. También resulta llamativo que aparezca una palabra yámana, hablada por los yámanas de Tierra del Fuego: mamihlapinatapai, que significa nada menos que: “el entendimiento silencioso entre dos personas que están pensando o deseando lo mismo, pero ninguno se atreve a expresarlo. Sin duda ¡vale la pena memorizarla!

Ahora bien, no puedo evitar preguntarme, siendo que los tres idiomas más hablados del mundo son el chino, el español y el inglés, ¿no valía la pena investigar hasta encontrar alguna palabra intraducible? Y lo digo porque de las 49 palabras hay cinco en alemán, cuatro en japonés, cuatro en sueco, tres en ydish y tres en árabe, mientras que del resto de los idiomas hay varios pares. Habiendo hecho ese esfuerzo, la promesa hecha al lector en la tapa (compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo) hubiera quedado más satisfecha.

Por último, me dirán conservadora, pero en un libro de 112 páginas, ¡cuánto me hubiera gustado que llevaran numeración! Y ya que tampoco hay índice, sería de mucha utilidad. Por ejemplo, uno podría decirle a un amigo: fíjate en la página tal, eres un luftmensch -un soñador…

 

Hacerse amigo de los números

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En casa somos… Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso. Ediciones iamiqué, 2017

 

Se dice que hay quienes tienen facilidad para los números y quienes no. Estoy en el segundo grupo: los números no me resultan muy amistosos. Pero siento que somos mayoría y de alguna manera eso es un consuelo. También consuela oír que lo que sucede es que las matemáticas no se enseñan bien. Es posible. Sin duda un buen maestro puede hacer de las áridas estadísticas, o incluso de la geología, algo irresistible. Confieso: en mi próxima vida desearía tener una “mente matemática”, emparentada para mí con las admiradas “mentes filosóficas”.

Volviendo a esta vida, justamente a propósito de los números y su relación con la vida, Ediciones Iamiqué nos trae un regalo de Portugal, se llama En casa somos…, se trata de un libro creado por Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso.

La idea del libro tiene la sencillez de lo genial: vamos a contar cuántos somos en casa, incluyendo al perrito, ¡pero contemos en serio! Primero lo más fácil: cuántas cabezas. También contemos lo más gracioso: cuántas tetas. Y por qué no, contemos lo imposible: cuántos cabellos. Y luego, como quien no quiere la cosa, ¡calculemos!

Ya pensábamos que teníamos el asunto más o menos dominado, cuando surge algo imprevisto: llegan invitados a casa y hay que hacer todas las cuentas de nuevo. Así es la vida, llena de imprevistos y complicaciones.

 

Imposible no sonreír con este libro encantador, que nos lleva a descubrir que nuestros cuerpos, por fuera y por dentro, también pueden ser expresados en números. Nos lleva a comprender que lo que nos rodea puede ser contado, pesado, medido y que eso nos sirve para entender un poco más qué somos y dónde estamos. ¿Acaso no es ese el camino de la mente matemática, hermana de la mente filosófica?

Gracias Iamiqué por otro libro-joya, para niños, sí, pero también para adultos que gustan estar despiertos como niños.

Blanca Strepponi, mayo de 2017

Poesía entre dos orillas. Crónicas budistas

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Por Marco Antonio Murillo*

Reseña del libro Crónicas budistas de Blanca Strepponi publicada en la revista mexicana “La palabra y el hombre” que edita la Universidad de Veracruz.

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

La poesía no sólo es un arte capaz de encapsular momentos clave en la vida del poeta, también es espejo y espejismo del tiempo para sus lectores.

La mejor poesía tiende a ser una buena crónica del presente histórico en el cual el escritor se sitúa. Una crónica, que es al mismo tiempo las dos caras de una moneda: por un lado, devela un yo poético muy particular, imbuido en el ámbito social y que opina activamente sobre su entorno. Por otro, una partitura (musical o de trama) que busca generar la atmósfera específica del momento histórico en que el poema fue concebido. Mi padre el inmigrante de Vicente Gerbasi es un buen ejemplo. Se parte de una particularidad (el padre del poeta), para retratar el fenómeno de la migración de europeos hacia Sudamérica en los primeros años del siglo xx.

Crónicas budistas de Blanca Strepponi es el cuarto y último libro editado por la poeta Edda Armas, bajo su sello Dcir Ediciones. La mencionada casa editorial ha resultado un verdadero bastión de resistencia en contra de las políticas sociales impuestas por el régimen chavista en Venezuela, pues no sólo mantiene fresca la literatura de su país, sino también evita que pierda su sentido crítico respecto a su contexto actual. Por ello, no dudo que al final de su existencia Dcir Ediciones llegue a ser una crónica viva de la literatura frente al chavismo. Además, sus políticas de publicación resultan democráticas, tanto para los lectores de poesía como para los autores.

La casa publica dos poemarios al año, uno de un autor joven y el otro de un escritor con trayectoria. De esta forma, al mismo tiempo que la editorial se consagra, abre puertas a nuevas voces. Por su parte, Blanca Strepponi es ya una voz relevante en sus dos países de formación, Argentina y Venezuela. Desde 1988 ha publicado cinco volúmenes de poesía y dos de narrativa; de 1989 a 2005 participó en el Fondo Editorial Pequeña Venecia en Venezuela, que en su haber alcanzó 98 títulos de poesía publicados.

En Crónicas budistas, compuesto por 37 poemas, divididos en tres secciones, “Crónicas budistas”, “Pensando en mi otra patria” y “Verano en el templo”, Blanca Strepponi logra demostrar a su lector que una voz poética madura no necesita más que la sencillez del discurso para crear una atmósfera creíble y dejar patente su visión propia del mundo. Allí, en ese último punto, radica la esencia del libro: un trabajo fino de poesía situado entre dos espacios: lo oriental, la sobria belleza, la capacidad de contemplación y su lenguaje; lo occidental y sus problemáticas sociales.

En la primera y última secciones la poeta se dedica a ensayar, desde un punto de vista orientalizado, ciertos temas que van desde la naturaleza, la muerte, hasta el amor por nuestras mascotas y las relaciones de amistad que establecemos con algunas personas. En estas dos secciones su poesía, a pesar de que tiene un tratamiento muy concreto en cuanto al tema en cuestión, genera una voz capaz de englobar a toda la raza humana.

Cuando la poeta escribe: “Junto mis manos para orar sin palabras. Aceptación y silencio”, en realidad es la humanidad hablando. La humanidad que deja la vorágine tecnológica en la que se encuentra inmersa y regala al lector una pausa, un minuto de silencio, donde podemos contemplar nuestro alrededor, como si estuviese dotado de objetos y momentos sagrados. La contemplación, pues, es el país de la poeta de Crónicas budistas, el sitio de las palabras perennes, la poesía que es casa para quien la busca.

En noviembre el jacarandá florece
y todo lo ilumina con un exquisito color lila
tenue y delicado cubre las aceras

Así caminamos sobre tapices de lujo
y sonreímos casi sin darnos cuenta
bendecidos por ese fugaz regalo

En la segunda sección la poeta echa un vistazo a las problemáticas sociales que ahora mismo se encuentran golpeando al pueblo venezolano. Para ella este país localizado físicamente entre Colombia, Brasil y Guyana, pero seguramente enraizado en sus recuerdos de juventud, ya no es su patria completamente, porque ahora “es el país con forma de mancha de sangre”. Precisamente esta segunda sección es la de mejor hechura y momentos poéticos de todo el libro. Hacerla requirió una labor titánica que sólo la experiencia de años de trabajo con poesía y la asimilación de su contexto pueden lograr.

Los hombres que estuvieron presos injustamente
han sido liberados y están ahora reunidos en un bello jardín

Envueltos por el aire amable de una noche templada
se muestran educados y mundanos
no han perdido su encanto
pero la luz de sus ojos se ha apagado

Cuando la poeta nombra esta otra realidad, dolorosa, le es inevitable colocarse en el margen de dos orillas: la de la contemplación y aquella otra violenta. Por ello dice:

Quise ser budista
pero no pude.

Hay en estos dos versos una poética consciente del lugar que debe ocupar el poeta en la historia. Es como si dijera: quise entregarme completamente a la contemplación de las cosas por la poesía, pero no era lo que en estos tiempos me tocaba, la poesía debía ir más allá, escarbar los acontecimientos del presente.

Cada texto de Crónicas budistas se encuentra antecedido por una máxima a manera de reverencia, que tiene la función, más que de anunciar el tema del poema al que pertenece, de realizar un ejercicio de agradecimiento a la manera de “Otro poema de los dones” de Jorge Luis Borges. Por tanto, esta serie de reverencias, que en total suman 27, pueden ser perfectamente leídas una tras otra, formando así un poema autónomo, de largo aliento. Una oración sagrada, que dura la longitud del libro y cuya técnica estructural primaria es la repetición de las primeras cuatro palabras: “Hago una reverencia para sentir la felicidad y la paz de la mente a través del amor”, reza una de ellas.

Las reverencias también dan orden al poemario, nos hacen saber que las tres partes son un mismo corpus: naturaleza, historia, hombre, van en un mismo fluir de tiempo validado por la poesía, cronicado por ella.

El poema final es una doble muestra de la humildad que la mejor poesía es capaz de tener. La poeta cede su voz a su maestro Ho Jun Jang, quien habría sido su guía espiritual en su camino por el budismo, y que ahora, junto al lector, deja escuchar nuevamente sus enseñanzas:
“He sentido el deseo de reencarnar en un cactus
Ser humano es muy difícil”.

¥ Marco Antonio Murillo tiene MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Becario en la Fundación para las Letras Mexicanas, en ensayo.

Crónicas budistas, comentado por Igor Barreto

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Foto de Blanca Strepponi, de la serie "Pequeñas aventuras",

Foto de Blanca Strepponi, de la serie “Pequeñas aventuras”

Crónicas budistas es un libro de un sincero sentimiento religioso. Y es también un libro “sin estilo”, como decía Azorín: es que el agua cristalina no tiene estilo, tiene solo claridad, como prolongación de su condición física.

Recordé a Kenneth White y su geopoética, el recuerdo tan querido de su Tierra de Diamante, que al igual que el lenguaje de Blanca Strepponi permanentemente hace una reverencia para estar a la misma estatura del mundo, o incluso por debajo de los objetos que nos rodean. Cuando un animal no quiere ser agredido toma esta postura, que es ante todo un gesto de preservación suya y del adversario.

Agradezco las alusiones a mis poemas, sin duda están en sintonía con lo que desea decir la autora. Como bien sabe ella, durante años tuve gallos de pelea, finalmente, por razones de salud, he debido abandonarlos, y agradezco esa circunstancia.

Con ello, en mi vida se hizo muy patente mi separación de la experiencia de la muerte y, aunque aprendí de su cercanía, ahora me ha tocado aprender de la distancia que vivo con esa experiencia.

En Crónicas budistas hay una saludable falta de “énfasis”. Si yo pudiera lograr eso… quisiera una aproximación más natural, tal vez invisible. Pero creo que hablo de mis propósitos. Con la escritura he aprendido a ir detrás del cuerpo, aunque a veces, el cuerpo, como los ríos llaneros, no va en una línea recta sino que describe una S detrás de otra S, y así va cubriendo distancias hasta que desaparece el alfabeto.

Me encantó el libro, y lo seguiré leyendo y aprendiendo de él.

Crónicas budistas, reseñado por Alberto Hernández


“Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben no luchan entre sí”.
Buda

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016


1.-
Rezar, orar, escribir poesía. Decirla en silencio. Rezarla. Vivir en ella. Armonizar con ella. Desatar el tiempo y hacerlo un solo presente. Cada texto es una reverencia, el respeto, la paz concebida como respiración desde la plegaria.
Blanca Strepponi nos lleva, nos conduce, a través de reverencias que hacen del lector una oración, una parte del árbol bajo el cual Buda recita sus silencios.

Crónicas Budistas (Dcir Ediciones, Caracas, 2016) es un sola oración repartida en varios cuerpos que se hacen uno, gracias a las enseñanzas de su maestro Ho Jun Jang. Cada poema es una reverencia, una unidad, un reto donde la paz, un profundo aliento que se alcanza con la lectura. Orar es respirar, entrar en uno mismo, de allí que el mismo Sidarta Gautama haya dicho: “Cuida el exterior tanto como el interior, porque todo es uno”. Esa unidad transita por este libro. El maestro se hace la voz de la poeta. Y la poeta se hace maestra. La poesía es una forma de estar afuera y de ser el adentro de ese afuera. De ser uno y otros que también son uno. Somos un solo tiempo, el presente.

Cada texto tiene una voz que lo congrega alrededor de alguien que ya ha sido el poema. De allí la enseñanza, el aprendizaje, el exterior, el interior, el afuera, el adentro.

2.-
Uno que desvela y devela:
“ALGUIEN MUERE
Se agita su pequeño cuerpo frágil y cansado
buscando un aire que apenas encuentra

A su lado, quienes tanto la aman

Junto, mis manos para orar sin palabras

Aceptación y silencio”.

Rezo / poema / reverencia “para ponderar lecciones de mi maestro que están en mi interior”.

Un poco antes, atrapada por la ciudad, porque quien ora vive en la polis, dice del tiempo:

“es el pasado:
su horrible peso aplasta todo
y nos lleva al país de los sueños salvajes”

¿Nos está hablando Blanca Strepponi del país que nos habita en el adentro y que se ha convertido en un afuera invivible?
Del silencio a “sueños salvajes”, la distancia acomete a quien pronuncia, a quien musita sin palabras, a quien respira una gramática honda, física y espiritual. El universo es un todo relajado, una vertiente de la soledad de la que se proveen los monjes.La naturaleza aparece como un símbolo que atraviesa las ciudades y se congrega en el corazón del Tíbet. La vida, su celebración.

“En noviembre el jacarandá florece
y todo lo ilumina con un exquisito color lila
tenue y delicado cubre las aceras

Así caminamos sobre tapices de lujo
y sonreímos casi sin darnos cuenta
bendecidos por ese fugaz regalo”.

Y así, del silencio al salvajismo onírico hasta el paisaje emergente, el que nace de los sentidos y se hace sentido.
¿Qué nos dice al oído Buda desde su mirada detenida, bajo la sombra sagrada de su árbol?: “Para entenderlo todo, es necesario olvidarlo todo”. Recojo citas por doquier, citas de quien es maestro de la paz, del silencio y de la oración breve, atenuada por el poema que el mismo reverenciado asume como voz para armonizar con el todo, saber de él, escudriñarlo, paro luego dejarlo de lado y de esta manera comenzar una nueva oración. Un rezo permanente. Un canto, porque “Así es el pasado, siempre nuevo. Siempre aquí…”

3.-

Mientras leo, imagino a la poeta frente a una ventana. La imagino con la mirada puesta en un bosque argentino. Concentrada en un árbol invisible, real, tan real como invisible. Cada palabra que deja de pronunciar es una voz que la resguarda, que la añade a la tristeza, porque la tristeza también es una oración; a la nostalgia, porque la nostalgia también elabora versos, hace aflorar dolores que luego se hacen revelación, cercanía humana:

“Pienso en mis amigas
las que han perdido a sus hijos

Cuando encuentran su rostro
no se reconocen
tal es el dolor

se dicen:
aquí estoy
esperando sin voluntad
en esta ciudad donde el sol arde

Pensé en aquel árbol
brillando en una noche de invierno

Alguien había envuelto
cada una de sus ramas
con pequeñas luces blancas”

La oración crea pueblos, ciudades, naturaleza: una constante, el árbol, los que “crecen altivos” en medio de la noche. El poema se afirma. Canta, calla, el agua avisa del “país remoto”.
Y siempre un bosque.

Quien lee, este yo impertinente, imagina el rostro pálido del maestro bajo su árbol marcado por las uñas del tiempo, por todo el presente que lo empuja a decir de lo humano: “No seas amigo de los necios”. El libro obedece, la oración hace reverencia y pulsa el clima que respira. Desde la ventana, Blanca Strepponi reza:

“…ráfagas de odio llegaban con el aire
los ríos se desbordaban
y el barro inundaba las calles
ruinas y desconfianza
ira y vergüenza
resentimiento e indiferencia
temor y dolor

Los amigos se dieron las espaldas
con palabras como puntas de flechas
Quise ser budista
pero no pude”.

La piel y el alma humanas, tan desechables. La poeta se lamenta. Más pudo, quizás por un instante, el poder del odio, el poder de la inquina. Recorta un país, lo coloca en la página. Una poética aguza la realidad, una historia que aún no termina:
“Poco antes de la guerra
ya todo estaba anunciado
Vi las rojas señales a toda hora

Oh el líder que más sabe odiar
dice que nos ama
que él es nosotros y nosotros somos él
y ahora que no está es adorado
Qué extraña fue su muerte

Adiós a su alma perdida”.

Oración visible, rezo pronunciado por todos, por los que viven la geografía de ese líder que fue y destruyó su alma y la de muchos. La palabra se hace filo de navaja: “mi otra patria es el país con forma de mancha de sangre”. Luego ella, el alma, la poeta, el silencio, entran al templo.

4.-

El templo es el homenaje. La lectura, la voz que vuelve. La que germina en los poemas del otro, en el nombre del otro que escribe: Jorge Luis Borges, María Clara Salas. Ambos entre dos monjes coreanos. “Un poeta oriental”, del primero, y “Araña”, de la venezolana.
“Pero después la vida trae otras cosas
pequeñas ramas que van a dar a la orilla:

canta mantras con su voz extraña
como de otro tiempo
luego su cabello negro y liso
se hace familiar
y finalmente
un sentimiento de hermandad nos une…”

Eso logra el templo, la contemplación, el rezo, la armonía. El jardín donde habitan las almas y “la higuera está cargada de frutas/ y son tantos los pájaros que llegan a alimentarse”. La paz, “la lección de la naturaleza”. La oración y sus logros. La reverencia, el gesto de ser. Afuera, el clima desobediente, el que “limpia el aire/ y calma la furia”.
La última lección del libro, la oración que lo cierra es de Ho Jun Jang:
“Estuve de pie junto a esos cactus gigantes
están allí hace quinientos años

He sentido el deseo de reencarnar en un cactus

Ser humano es muy difícil”.

Respirar hondo, ahondar el aire. El poema como reverencia, oración, crónica budista.

Crónicas budistas, comentado por Alejandro Méndez


Por Alejandro Méndez

Crónicas budistas. Blanca Strepponi. Editorial Dcir, Caracas, 2016

Crónicas budistas. Blanca Strepponi. Editorial Dcir, Caracas, 2016

  
Rezar con palabras humildes, no por serviles sino por devocionales. 

Múltiples reverencias ante el aquí y ahora, cada una con un matiz diferente pero todas ellas verdaderas. No hay reverencias complacientes o escenográficas, sino un lugar de enunciación genuino devenido escritura.  

Aceptación como instancia superadora de la polaridad. Una ética del respirar. Una poética del decir. 

Admirable unidad conceptual que lleva a pensar a estas Crónicas budistas como un único poema segmentado en diversos pliegues. Cada pliegue es una reverencia de colores tenues, un gran poema como una ola que atraviesa ráfagas de odio, desconfianza, guerra, resentimiento, ira y vergüenza. Todos estos sentimientos mundanos no están obliterados en el libro: una sintaxis cercana a la plegaria los transmuta en silencio. Este silencio es una respuesta activa y reconfortante.

Diametralmente opuesta al resultado del encuentro entre Heidegger y Celan, reflejado en el poema Todtnauberg. Allí el poeta y el filósofo llegan a un agrio silencio que aún hoy sigue molestando. En cambio acá hay comunión.
Lo político también está presente, como así las dos patrias, en un juego intercambiable de ausencias y presencias. En esos intersticios, como un puente, el yo poético oficia de traductor agenciando un tráfico constante de emociones y significantes, como refieren los poemas de los monjes coreanos, ya sea frente al poema de Borges o ante el poema de Salas:

Les digo que la cabeza de la poeta
se balancea como una araña
sostenida por el hilo de sus pensamientos
que la red que teje con ese hilo
va ocupando toda su casa
que solitaria y tranquila se balancea
la cabeza en el aire. 
 

El Sarmiento de Rodin

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Blanca Strepponi. Tomado del libro Hard Sex. Editorial Se-Imprime. Colección Fotobias. Buenos Aires, 2015

 

“Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada”

“Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada” Foto: Wikipedia

Monumento a Sarmiento. Auguste Rodin.
Apenas tres días después de la muerte de Sarmiento, tomó forma la idea de homenajearlo con un monumento. Las figuras más destacadas de la cultura y la política pusieron manos a la obra, de modo que a fines de septiembre de 1888 ya se había nombrado una sub comisión artística encabezada por Aristóbulo del Valle a la que luego se sumaron Eduardo Schiaffino y Miguel Cané, quienes apostaron audazmente por  encargar el monumento al artista francés Aguste Rodin, el mayor escultor moderno del momento.
 
A pesar del entusiasmo, y del meticuloso contrato firmado en París, el monumento fue inaugurado en 1900, ¡doce años después de la muerte de Sarmiento!
 
Había una gran expectativa ante la primera y única obra que el artista realizara para un país de América Latina. Y también había rumores de inconformidades estéticas, reforzados por el virulento rechazo en Francia al recién terminado monumento a Balzac, en el que el escritor luce como una suerte de alien gigantesco.

Aguste Rodin, junto a la escultura de Sarmiento

Aguste Rodin, junto a la escultura de Sarmiento

Rodin decía que veía en los hombres sus pasiones y en las mujeres delicados misterios, seguramente veía en Balzac oscuras pasiones. En cuanto a Sarmiento, Rodin se negó a escuchar los lastimosos ruegos de Cané: “Pasé dos años suplicándole, usted sabe con qué insistencia, que le diera a los rasgos y a la cabeza de Sarmiento todo el parecido posible con el original”.  Por fortuna, tampoco escuchó las sugerencias de Aristóbulo del Valle para que realizara un Sarmiento-Titán arrojando una gran roca que representaba la destrucción de la barbarie.
 
El caso es que el 25 de mayo de 1900, tedeum y desfile militar mediante y ante un público estimado entre 70 y 100 mil personas, el monumento fue descubierto. Oh, las reacciones no se hicieron esperar.
Dijo La Nación, sin rodeos: “Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada”.  Ante la violencia creciente, las autoridades designaron una custodia para preservar el monumento.
 
Sarmiento, hombre de avanzada, tuvo tal vez la idea más vanguardista: “¿El mejor monumento que se me podría levantar? Ir a la cordillera y arrancar un buen pedazo de picacho andino, y traerlo a Buenos Aires y plantarlo en donde quisieran, en la piedra bruta, en la roca viva, grabar: Sarmiento; y nada más”.