Poesía entre dos orillas. Crónicas budistas

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Por Marco Antonio Murillo*

Reseña del libro Crónicas budistas de Blanca Strepponi publicada en la revista mexicana “La palabra y el hombre” que edita la Universidad de Veracruz.

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

La poesía no sólo es un arte capaz de encapsular momentos clave en la vida del poeta, también es espejo y espejismo del tiempo para sus lectores.

La mejor poesía tiende a ser una buena crónica del presente histórico en el cual el escritor se sitúa. Una crónica, que es al mismo tiempo las dos caras de una moneda: por un lado, devela un yo poético muy particular, imbuido en el ámbito social y que opina activamente sobre su entorno. Por otro, una partitura (musical o de trama) que busca generar la atmósfera específica del momento histórico en que el poema fue concebido. Mi padre el inmigrante de Vicente Gerbasi es un buen ejemplo. Se parte de una particularidad (el padre del poeta), para retratar el fenómeno de la migración de europeos hacia Sudamérica en los primeros años del siglo xx.

Crónicas budistas de Blanca Strepponi es el cuarto y último libro editado por la poeta Edda Armas, bajo su sello Dcir Ediciones. La mencionada casa editorial ha resultado un verdadero bastión de resistencia en contra de las políticas sociales impuestas por el régimen chavista en Venezuela, pues no sólo mantiene fresca la literatura de su país, sino también evita que pierda su sentido crítico respecto a su contexto actual. Por ello, no dudo que al final de su existencia Dcir Ediciones llegue a ser una crónica viva de la literatura frente al chavismo. Además, sus políticas de publicación resultan democráticas, tanto para los lectores de poesía como para los autores.

La casa publica dos poemarios al año, uno de un autor joven y el otro de un escritor con trayectoria. De esta forma, al mismo tiempo que la editorial se consagra, abre puertas a nuevas voces. Por su parte, Blanca Strepponi es ya una voz relevante en sus dos países de formación, Argentina y Venezuela. Desde 1988 ha publicado cinco volúmenes de poesía y dos de narrativa; de 1989 a 2005 participó en el Fondo Editorial Pequeña Venecia en Venezuela, que en su haber alcanzó 98 títulos de poesía publicados.

En Crónicas budistas, compuesto por 37 poemas, divididos en tres secciones, “Crónicas budistas”, “Pensando en mi otra patria” y “Verano en el templo”, Blanca Strepponi logra demostrar a su lector que una voz poética madura no necesita más que la sencillez del discurso para crear una atmósfera creíble y dejar patente su visión propia del mundo. Allí, en ese último punto, radica la esencia del libro: un trabajo fino de poesía situado entre dos espacios: lo oriental, la sobria belleza, la capacidad de contemplación y su lenguaje; lo occidental y sus problemáticas sociales.

En la primera y última secciones la poeta se dedica a ensayar, desde un punto de vista orientalizado, ciertos temas que van desde la naturaleza, la muerte, hasta el amor por nuestras mascotas y las relaciones de amistad que establecemos con algunas personas. En estas dos secciones su poesía, a pesar de que tiene un tratamiento muy concreto en cuanto al tema en cuestión, genera una voz capaz de englobar a toda la raza humana.

Cuando la poeta escribe: “Junto mis manos para orar sin palabras. Aceptación y silencio”, en realidad es la humanidad hablando. La humanidad que deja la vorágine tecnológica en la que se encuentra inmersa y regala al lector una pausa, un minuto de silencio, donde podemos contemplar nuestro alrededor, como si estuviese dotado de objetos y momentos sagrados. La contemplación, pues, es el país de la poeta de Crónicas budistas, el sitio de las palabras perennes, la poesía que es casa para quien la busca.

En noviembre el jacarandá florece
y todo lo ilumina con un exquisito color lila
tenue y delicado cubre las aceras

Así caminamos sobre tapices de lujo
y sonreímos casi sin darnos cuenta
bendecidos por ese fugaz regalo

En la segunda sección la poeta echa un vistazo a las problemáticas sociales que ahora mismo se encuentran golpeando al pueblo venezolano. Para ella este país localizado físicamente entre Colombia, Brasil y Guyana, pero seguramente enraizado en sus recuerdos de juventud, ya no es su patria completamente, porque ahora “es el país con forma de mancha de sangre”. Precisamente esta segunda sección es la de mejor hechura y momentos poéticos de todo el libro. Hacerla requirió una labor titánica que sólo la experiencia de años de trabajo con poesía y la asimilación de su contexto pueden lograr.

Los hombres que estuvieron presos injustamente
han sido liberados y están ahora reunidos en un bello jardín

Envueltos por el aire amable de una noche templada
se muestran educados y mundanos
no han perdido su encanto
pero la luz de sus ojos se ha apagado

Cuando la poeta nombra esta otra realidad, dolorosa, le es inevitable colocarse en el margen de dos orillas: la de la contemplación y aquella otra violenta. Por ello dice:

Quise ser budista
pero no pude.

Hay en estos dos versos una poética consciente del lugar que debe ocupar el poeta en la historia. Es como si dijera: quise entregarme completamente a la contemplación de las cosas por la poesía, pero no era lo que en estos tiempos me tocaba, la poesía debía ir más allá, escarbar los acontecimientos del presente.

Cada texto de Crónicas budistas se encuentra antecedido por una máxima a manera de reverencia, que tiene la función, más que de anunciar el tema del poema al que pertenece, de realizar un ejercicio de agradecimiento a la manera de “Otro poema de los dones” de Jorge Luis Borges. Por tanto, esta serie de reverencias, que en total suman 27, pueden ser perfectamente leídas una tras otra, formando así un poema autónomo, de largo aliento. Una oración sagrada, que dura la longitud del libro y cuya técnica estructural primaria es la repetición de las primeras cuatro palabras: “Hago una reverencia para sentir la felicidad y la paz de la mente a través del amor”, reza una de ellas.

Las reverencias también dan orden al poemario, nos hacen saber que las tres partes son un mismo corpus: naturaleza, historia, hombre, van en un mismo fluir de tiempo validado por la poesía, cronicado por ella.

El poema final es una doble muestra de la humildad que la mejor poesía es capaz de tener. La poeta cede su voz a su maestro Ho Jun Jang, quien habría sido su guía espiritual en su camino por el budismo, y que ahora, junto al lector, deja escuchar nuevamente sus enseñanzas:
“He sentido el deseo de reencarnar en un cactus
Ser humano es muy difícil”.

¥ Marco Antonio Murillo tiene MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Becario en la Fundación para las Letras Mexicanas, en ensayo.

Crónicas budistas, comentado por Igor Barreto

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Foto de Blanca Strepponi, de la serie "Pequeñas aventuras",

Foto de Blanca Strepponi, de la serie “Pequeñas aventuras”

Crónicas budistas es un libro de un sincero sentimiento religioso. Y es también un libro “sin estilo”, como decía Azorín: es que el agua cristalina no tiene estilo, tiene solo claridad, como prolongación de su condición física.

Recordé a Kenneth White y su geopoética, el recuerdo tan querido de su Tierra de Diamante, que al igual que el lenguaje de Blanca Strepponi permanentemente hace una reverencia para estar a la misma estatura del mundo, o incluso por debajo de los objetos que nos rodean. Cuando un animal no quiere ser agredido toma esta postura, que es ante todo un gesto de preservación suya y del adversario.

Agradezco las alusiones a mis poemas, sin duda están en sintonía con lo que desea decir la autora. Como bien sabe ella, durante años tuve gallos de pelea, finalmente, por razones de salud, he debido abandonarlos, y agradezco esa circunstancia.

Con ello, en mi vida se hizo muy patente mi separación de la experiencia de la muerte y, aunque aprendí de su cercanía, ahora me ha tocado aprender de la distancia que vivo con esa experiencia.

En Crónicas budistas hay una saludable falta de “énfasis”. Si yo pudiera lograr eso… quisiera una aproximación más natural, tal vez invisible. Pero creo que hablo de mis propósitos. Con la escritura he aprendido a ir detrás del cuerpo, aunque a veces, el cuerpo, como los ríos llaneros, no va en una línea recta sino que describe una S detrás de otra S, y así va cubriendo distancias hasta que desaparece el alfabeto.

Me encantó el libro, y lo seguiré leyendo y aprendiendo de él.

Crónicas budistas, reseñado por Alberto Hernández


“Estamos en este mundo para convivir en armonía. Quienes lo saben no luchan entre sí”.
Buda

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016

Crónicas budistas, Blanca Strepponi. Dcir Ediciones, Caracas, 2016


1.-
Rezar, orar, escribir poesía. Decirla en silencio. Rezarla. Vivir en ella. Armonizar con ella. Desatar el tiempo y hacerlo un solo presente. Cada texto es una reverencia, el respeto, la paz concebida como respiración desde la plegaria.
Blanca Strepponi nos lleva, nos conduce, a través de reverencias que hacen del lector una oración, una parte del árbol bajo el cual Buda recita sus silencios.

Crónicas Budistas (Dcir Ediciones, Caracas, 2016) es un sola oración repartida en varios cuerpos que se hacen uno, gracias a las enseñanzas de su maestro Ho Jun Jang. Cada poema es una reverencia, una unidad, un reto donde la paz, un profundo aliento que se alcanza con la lectura. Orar es respirar, entrar en uno mismo, de allí que el mismo Sidarta Gautama haya dicho: “Cuida el exterior tanto como el interior, porque todo es uno”. Esa unidad transita por este libro. El maestro se hace la voz de la poeta. Y la poeta se hace maestra. La poesía es una forma de estar afuera y de ser el adentro de ese afuera. De ser uno y otros que también son uno. Somos un solo tiempo, el presente.

Cada texto tiene una voz que lo congrega alrededor de alguien que ya ha sido el poema. De allí la enseñanza, el aprendizaje, el exterior, el interior, el afuera, el adentro.

2.-
Uno que desvela y devela:
“ALGUIEN MUERE
Se agita su pequeño cuerpo frágil y cansado
buscando un aire que apenas encuentra

A su lado, quienes tanto la aman

Junto, mis manos para orar sin palabras

Aceptación y silencio”.

Rezo / poema / reverencia “para ponderar lecciones de mi maestro que están en mi interior”.

Un poco antes, atrapada por la ciudad, porque quien ora vive en la polis, dice del tiempo:

“es el pasado:
su horrible peso aplasta todo
y nos lleva al país de los sueños salvajes”

¿Nos está hablando Blanca Strepponi del país que nos habita en el adentro y que se ha convertido en un afuera invivible?
Del silencio a “sueños salvajes”, la distancia acomete a quien pronuncia, a quien musita sin palabras, a quien respira una gramática honda, física y espiritual. El universo es un todo relajado, una vertiente de la soledad de la que se proveen los monjes.La naturaleza aparece como un símbolo que atraviesa las ciudades y se congrega en el corazón del Tíbet. La vida, su celebración.

“En noviembre el jacarandá florece
y todo lo ilumina con un exquisito color lila
tenue y delicado cubre las aceras

Así caminamos sobre tapices de lujo
y sonreímos casi sin darnos cuenta
bendecidos por ese fugaz regalo”.

Y así, del silencio al salvajismo onírico hasta el paisaje emergente, el que nace de los sentidos y se hace sentido.
¿Qué nos dice al oído Buda desde su mirada detenida, bajo la sombra sagrada de su árbol?: “Para entenderlo todo, es necesario olvidarlo todo”. Recojo citas por doquier, citas de quien es maestro de la paz, del silencio y de la oración breve, atenuada por el poema que el mismo reverenciado asume como voz para armonizar con el todo, saber de él, escudriñarlo, paro luego dejarlo de lado y de esta manera comenzar una nueva oración. Un rezo permanente. Un canto, porque “Así es el pasado, siempre nuevo. Siempre aquí…”

3.-

Mientras leo, imagino a la poeta frente a una ventana. La imagino con la mirada puesta en un bosque argentino. Concentrada en un árbol invisible, real, tan real como invisible. Cada palabra que deja de pronunciar es una voz que la resguarda, que la añade a la tristeza, porque la tristeza también es una oración; a la nostalgia, porque la nostalgia también elabora versos, hace aflorar dolores que luego se hacen revelación, cercanía humana:

“Pienso en mis amigas
las que han perdido a sus hijos

Cuando encuentran su rostro
no se reconocen
tal es el dolor

se dicen:
aquí estoy
esperando sin voluntad
en esta ciudad donde el sol arde

Pensé en aquel árbol
brillando en una noche de invierno

Alguien había envuelto
cada una de sus ramas
con pequeñas luces blancas”

La oración crea pueblos, ciudades, naturaleza: una constante, el árbol, los que “crecen altivos” en medio de la noche. El poema se afirma. Canta, calla, el agua avisa del “país remoto”.
Y siempre un bosque.

Quien lee, este yo impertinente, imagina el rostro pálido del maestro bajo su árbol marcado por las uñas del tiempo, por todo el presente que lo empuja a decir de lo humano: “No seas amigo de los necios”. El libro obedece, la oración hace reverencia y pulsa el clima que respira. Desde la ventana, Blanca Strepponi reza:

“…ráfagas de odio llegaban con el aire
los ríos se desbordaban
y el barro inundaba las calles
ruinas y desconfianza
ira y vergüenza
resentimiento e indiferencia
temor y dolor

Los amigos se dieron las espaldas
con palabras como puntas de flechas
Quise ser budista
pero no pude”.

La piel y el alma humanas, tan desechables. La poeta se lamenta. Más pudo, quizás por un instante, el poder del odio, el poder de la inquina. Recorta un país, lo coloca en la página. Una poética aguza la realidad, una historia que aún no termina:
“Poco antes de la guerra
ya todo estaba anunciado
Vi las rojas señales a toda hora

Oh el líder que más sabe odiar
dice que nos ama
que él es nosotros y nosotros somos él
y ahora que no está es adorado
Qué extraña fue su muerte

Adiós a su alma perdida”.

Oración visible, rezo pronunciado por todos, por los que viven la geografía de ese líder que fue y destruyó su alma y la de muchos. La palabra se hace filo de navaja: “mi otra patria es el país con forma de mancha de sangre”. Luego ella, el alma, la poeta, el silencio, entran al templo.

4.-

El templo es el homenaje. La lectura, la voz que vuelve. La que germina en los poemas del otro, en el nombre del otro que escribe: Jorge Luis Borges, María Clara Salas. Ambos entre dos monjes coreanos. “Un poeta oriental”, del primero, y “Araña”, de la venezolana.
“Pero después la vida trae otras cosas
pequeñas ramas que van a dar a la orilla:

canta mantras con su voz extraña
como de otro tiempo
luego su cabello negro y liso
se hace familiar
y finalmente
un sentimiento de hermandad nos une…”

Eso logra el templo, la contemplación, el rezo, la armonía. El jardín donde habitan las almas y “la higuera está cargada de frutas/ y son tantos los pájaros que llegan a alimentarse”. La paz, “la lección de la naturaleza”. La oración y sus logros. La reverencia, el gesto de ser. Afuera, el clima desobediente, el que “limpia el aire/ y calma la furia”.
La última lección del libro, la oración que lo cierra es de Ho Jun Jang:
“Estuve de pie junto a esos cactus gigantes
están allí hace quinientos años

He sentido el deseo de reencarnar en un cactus

Ser humano es muy difícil”.

Respirar hondo, ahondar el aire. El poema como reverencia, oración, crónica budista.

Crónicas budistas, comentado por Alejandro Méndez


Por Alejandro Méndez

Crónicas budistas. Blanca Strepponi. Editorial Dcir, Caracas, 2016

Crónicas budistas. Blanca Strepponi. Editorial Dcir, Caracas, 2016

  
Rezar con palabras humildes, no por serviles sino por devocionales. 

Múltiples reverencias ante el aquí y ahora, cada una con un matiz diferente pero todas ellas verdaderas. No hay reverencias complacientes o escenográficas, sino un lugar de enunciación genuino devenido escritura.  

Aceptación como instancia superadora de la polaridad. Una ética del respirar. Una poética del decir. 

Admirable unidad conceptual que lleva a pensar a estas Crónicas budistas como un único poema segmentado en diversos pliegues. Cada pliegue es una reverencia de colores tenues, un gran poema como una ola que atraviesa ráfagas de odio, desconfianza, guerra, resentimiento, ira y vergüenza. Todos estos sentimientos mundanos no están obliterados en el libro: una sintaxis cercana a la plegaria los transmuta en silencio. Este silencio es una respuesta activa y reconfortante.

Diametralmente opuesta al resultado del encuentro entre Heidegger y Celan, reflejado en el poema Todtnauberg. Allí el poeta y el filósofo llegan a un agrio silencio que aún hoy sigue molestando. En cambio acá hay comunión.
Lo político también está presente, como así las dos patrias, en un juego intercambiable de ausencias y presencias. En esos intersticios, como un puente, el yo poético oficia de traductor agenciando un tráfico constante de emociones y significantes, como refieren los poemas de los monjes coreanos, ya sea frente al poema de Borges o ante el poema de Salas:

Les digo que la cabeza de la poeta
se balancea como una araña
sostenida por el hilo de sus pensamientos
que la red que teje con ese hilo
va ocupando toda su casa
que solitaria y tranquila se balancea
la cabeza en el aire. 
 

El Sarmiento de Rodin

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Blanca Strepponi. Tomado del libro Hard Sex. Editorial Se-Imprime. Colección Fotobias. Buenos Aires, 2015

 

“Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada”

“Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada” Foto: Wikipedia

Monumento a Sarmiento. Auguste Rodin.
Apenas tres días después de la muerte de Sarmiento, tomó forma la idea de homenajearlo con un monumento. Las figuras más destacadas de la cultura y la política pusieron manos a la obra, de modo que a fines de septiembre de 1888 ya se había nombrado una sub comisión artística encabezada por Aristóbulo del Valle a la que luego se sumaron Eduardo Schiaffino y Miguel Cané, quienes apostaron audazmente por  encargar el monumento al artista francés Aguste Rodin, el mayor escultor moderno del momento.
 
A pesar del entusiasmo, y del meticuloso contrato firmado en París, el monumento fue inaugurado en 1900, ¡doce años después de la muerte de Sarmiento!
 
Había una gran expectativa ante la primera y única obra que el artista realizara para un país de América Latina. Y también había rumores de inconformidades estéticas, reforzados por el virulento rechazo en Francia al recién terminado monumento a Balzac, en el que el escritor luce como una suerte de alien gigantesco.

Aguste Rodin, junto a la escultura de Sarmiento

Aguste Rodin, junto a la escultura de Sarmiento

Rodin decía que veía en los hombres sus pasiones y en las mujeres delicados misterios, seguramente veía en Balzac oscuras pasiones. En cuanto a Sarmiento, Rodin se negó a escuchar los lastimosos ruegos de Cané: “Pasé dos años suplicándole, usted sabe con qué insistencia, que le diera a los rasgos y a la cabeza de Sarmiento todo el parecido posible con el original”.  Por fortuna, tampoco escuchó las sugerencias de Aristóbulo del Valle para que realizara un Sarmiento-Titán arrojando una gran roca que representaba la destrucción de la barbarie.
 
El caso es que el 25 de mayo de 1900, tedeum y desfile militar mediante y ante un público estimado entre 70 y 100 mil personas, el monumento fue descubierto. Oh, las reacciones no se hicieron esperar.
Dijo La Nación, sin rodeos: “Es difícil algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada”.  Ante la violencia creciente, las autoridades designaron una custodia para preservar el monumento.
 
Sarmiento, hombre de avanzada, tuvo tal vez la idea más vanguardista: “¿El mejor monumento que se me podría levantar? Ir a la cordillera y arrancar un buen pedazo de picacho andino, y traerlo a Buenos Aires y plantarlo en donde quisieran, en la piedra bruta, en la roca viva, grabar: Sarmiento; y nada más”.

Independencia y exterminio en un libro de Blanca Strepponi

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Por Michelle Roche Rodríguez
Palabras de presentación en Casa Sefarad, Madrid, del libro Diario de John Roberton, editado por Colección La Palma, 2015.

DiariodeJohnRoberton blog

Mientras Simón Bolívar, a la postre el Jefe Supremo de la República, se dedicaba a escribir la historia con “H” mayúscula en el Congreso de Angostura, donde pronunció el famoso discurso que sentó las bases republicanas de varias naciones al norte de Suramérica, el cirujano escocés John Roberton remontaba los ríos Orinoco y Arauca, atravesaba selvas y llanuras para ver “el destello bestial en los ojos del hombre” y encontrarse, al final, con la muerte.
Como muchos soldados del bando patriota a quienes la enfermedad o la naturaleza extinguieron antes de embestir al enemigo, su participación en la Independencia fue algo menos que estéril: cuando se murió en 1820, aún no había podido ejercer el cargo de Director General de los Hospitales de Nueva Granada que Bolívar le había encomendado dos años antes. Su aporte para la contienda –importante pero rara vez reseñado por los historiadores– fue aconsejar que se nombrara a un cirujano particular y un botiquín de guerra para cada batallón comandado por los criollos. Dice la única entrada en Internet que pude conseguir sobre el tema que aquel consejo mejoró pero no resolvió el estado de las tropas.

Dos años después de la muerte de Roberton se publicó en Londres un libro con las notas de su viaje con el título Journal of an Expedition 1400 miles up the Orinoco and 300 up the Arauca y tiene que esperarse un siglo y medio para que José Rafael Fortique lo traduzca al castellano. Esta edición del médico marabino sirvió a Blanca Strepponi para que en 1996 se imaginara cinco cartas que hubiera podido escribir el expedicionario escocés durante sus días de grandeza y delirio, cuando fue a Venezuela para embarcarse en “la empresa más sustancial para la evolución del hombre: la libertad” y terminó comprendiendo en su carne que “el amor es un anhelo”.

La publicación que Ediciones La Palma hace ahora de esta obra singular demuestra la puntualidad de su vigencia: la grandilocuencia del heroísmo no es más que una propaganda para la liquidación del otro.

Strepponi ensambla a ranura y lengüeta el motivo por antonomasia de la literatura venezolana, la lucha entre civilización y barbarie, con un tema recurrente del misticismo judío: el exilio de Dios como origen del mal. Por eso las estrofas dedicadas a la doma de caballos y mulas salvajes, para acelerar el paso del ejército con animales que no estuvieran cansados de trajinar la guerra y esa de los cuerpos llenos de cenizas con que avanzan los soldados del ejército patriota bordeando el río Arauca se erigen como las imágenes más fuertes del poemario.

La doma se hace así:
enlazado el caballo
lo tumban

sujeto con fuerza
le colocan el freno
y la silla de montar

el domador sube la silla
toma el freno
y junto a varios más
armados de garrotes
golpean al animal
en la cabeza
hasta que se levanta

una vez en pie
lo vuelven a golpear
luego lo colocan
y los tres se lanzan al galope
hasta que el domado
cae
exhausto

ya está así amansado para siempre
pues su espíritu
ha sido destruido

La violencia, más brutal por cuanto parece gratuita, por medio de la cual los hombres, animales también, convierten a un caballo en un ser dócil para la guerra representa la necesidad de “civilizar” a venezolanos y neogranadinos.

En este proceso, sin embargo, el Diario de John Roberton no tiene muchas esperanzas, pues algo nos advierte de las dificultades de intentar llevar la libertad a quien se ha cansado de esperarla:

Los esclavos liberados han huido a las montañas

Unidos a bandas de zambos

son ahora ladrones y asesinos

y las mujeres

prostitutas.

Angostura. Ilustración realizada por John Roberton

Angostura. Ilustración realizada por John Roberton

Civilizarlos, hacerlos igual a uno; o, quizás, aniquilarlos, parece ser el lema de la campaña bélica que, desgraciadamente, se parecía mucho al proceso colonizador emprendido trescientos años antes por quienes en el siglo XIX fueron considerados enemigos. Se trata del mismo lema que en las formas de exilio y de exterminio los judíos han conocido varias veces en la historia.
“Páez incendia las sabanas para dejar a los españoles sin forraje”, nos dice Roberton por la pluma de Strepponi:

Sufrimos de este modo cruelmente el calor

Nubes de cenizas dificultan las respiración
y cubren nuestros cuerpos con una pátina oscura

La alusión a la muerte y a la disolución de los cuerpos en la imagen de la ceniza refuerza la idea de guerra de exterminio que la autora propone en el texto con que abre su obra. Y vuelve así a machacar su cantaleta contra el mesianismo: debajo de la promesa de “libertad” que albergaba la Guerra de Independencia, se escondía la atroz finalidad de acabar con otro.

“Soy el exilio de Dios / el exceso de su justicia” vuelve a decirnos la poeta que no quiere dejarnos con el sabor de la violencia en la lengua cenicienta.

Y en las últimas estrofas, cuando Roberton descubre que “hay algo horroroso / en la profunda soledad del paisaje”, da forma a una sensación onírica y vuelve a las enseñanzas místicas para reconocer que el mal, en su misteriosa presencia imperecedera, es un motivo, aunque sea paradójico, de la salvación.

John Roberton, la batalla contra un enemigo inesperado

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Marian Castillo, palabras de presentación del libro Diario de John Roberton, Colección La Palma, en la Librería La Puerta de Tanhäuser, en Plasencia, España, febrero de 2015

Ni en mis más remotas pretensiones me imaginé nunca presentando un libro de Blanca Strepponi, porque aquí, a mi lado, está una escritora y editora que forma parte importante de la memoria cultural de los últimos 30 años en Venezuela.

Por eso, antes de comenzar con el Diario de John Roberton, quiero presentarles el primer poema que conocí de Blanca Strepponi. Lo leí cuando yo tenía como veintitantos años y coordinaba una revista sobre libros, así que a mis manos llegaban cientos de títulos de los mejores escritores. Sin embargo, fiché este poema y aún lo conservo. Se titula La habitación propia y dice:

Algunas noches
durante las cuales nada espero
particular que suceda
esas noches varias noches de calma soberbia
cierro la puerta de mi cuarto
me desnudo frente al espejo a veces
me tiendo en diagonal sobre la cama
a oscuras prendo el primer cigarro y pienso
en mi hija en sus ojos atentos
lo transitorio de su amor
me pregunto hasta cuándo me querrá
¿diez años más? ¿toda una vida? ¿una vida larga? ¿una vida corta?
¿seré bella a los 40? ¿después de los 40?
¿tendré cáncer algún día?
¿seré amada alguna vez, otra vez, desesperadamente?

A veces recito los días de la semana en distintos idiomas
miro el techo
dejo los ojos abiertos hasta ver nublado
me aburro cuento hasta cien y me retiro
pienso en casi todos mis amigos
recuerdo a la gente que quiero y ya no veo
las ciudades que fueron mías
los aviones que no tomé
releo cargas afectuosas (mi abuela joven en Polonia sonríe
deslumbrante sentada en un trineo)
también pienso en ti
cuando te miras gravemente las manos
y callas y no me gustas porque estás como ausente
y miento que no te quiero
porque no me quieres como quisiera.

Ya por dormir sueño un beso
(¿qué clase de furia sería aplacada por un único beso?)
un hermoso beso de pez
desmesuradamente largo
brillante frío sedoso
un beso sin color sin sabor
un gesto perfecto en la noche de una mujer.

Cuando leí este poema por primera vez ya Blanca Strepponi era la Directora de Publicaciones de la prestigiosa Fundarte y gracias a Silda Cordoliani pude conocer a Blanca personalmente y la admiré desde el primer día, especialmente por la claridad de sus razonamientos ante algunas situaciones. Aparte, por supuesto, de lo mucho que nos reímos cuando estamos juntas. Blanca es una gran poeta, pero también una excelente narradora, su libro El médico chino tiene relatos extraordinarios y, además, es una gran editora. Ella ideó las colecciones de Los Libros de El Nacional, hace ya como 20 años y de la nada convirtió aquello en un fondo editorial prestigioso.

Sin embargo, han pasado tantas cosas que hoy estamos aquí porque el Diario de John Roberton ha cruzado el charco. Este libro, publicado en 1996, tiene su origen mucho más atrás, en los textos de un médico inglés que llegó a Venezuela como cirujano del ejército de Simón Bolívar. Blanca Strepponi que ya había hecho poesía de lo turbio y de la maldad en El jardín del verdugo (publicado en 1992), logra con Diario de John Roberton presentarnos bajo una mirada casi científica las desventuras de un hombre movido por altos ideales, preparado para la batalla contra un enemigo que nunca se hace visible y es víctima, sin embargo, de lo más hermoso que encuentra en su viaje: la exuberante naturaleza del río Orinoco, los llanos y la selva.

Por otra parte, Diario de John Roberton es una obra de total actualidad. No podría encasillarse en un solo género, porque el hilo narrativo lo convierte en un relato de vida, la poesía se evidencia en la fuerza de las imágenes, en el uso de la palabra pertinente que te remueve por dentro.
Y leo del libro:

El Capitán nos comunica que las provisiones se han acabado.
Bajé a la orilla y maté un mono.
Lo asé y lo comí.
Recuerdo el terror en su mirada antes de morir.
El calor es sofocante.
Muere a bordo un hombre de vómito negro.
El señor Towsend
de Dublín
enferma y muere.
Su cuerpo se hundió veloz
en la aguas del río.

Es importante destacar que en Diario de John Roberton, aunque todo ocurre durante la Guerra de Independencia de Venezuela, la verdadera lucha se da por la supervivencia. El enemigo español nunca aparece, se hace referencia a él, pero se teme más a la selva, a los mosquitos, a las pústulas y enfermedades que a las armas enemigas. Se adivina el disparate de este tipo de conflictos, en idas y venidas, en preparativos que nunca son suficientes. Un hilo de tristeza recorre el texto, al confirmarse que la muerte es la vencedora de la batalla, que Dios se ha alejado de todos. Los únicos momentos de paz son los sueños del protagonista por las tranquilas calles de Dublín.

Estoy extenuado y aún así no logro dormir
el mugir de miles de reses
el relinchar de tantos caballos
el rebuzno de cientos de mulas
el chocar de las armas
el santo y seña que pasa
de una a otra partida de soldados
el ulular extraño
melancólico de los indios
que cantan reunidos
alrededor de sus fuegos
el cielo oscuro sobre el río
oprime el aire.

Diario de John Roberton es un libro de vanguardia, duro, muy duro en una primera lectura, pero que se va volviendo mágico en los detalles, que te lleva a la reflexión y te redime con el lenguaje, con la historia, con la poesía.

Y si a estas alturas alguno se está preguntando ¿cómo pasó Blanca de La habitación propia a Diario de John Roberton? Voy a leer la explicación que la misma Blanca dio en algún momento:
“Recuerdo con absoluta claridad una noche durante la que permanecí acostada junto a un hombre a quien yo amaba. Las luces de la calle apenas iluminaban la oscuridad de la habitación. Estábamos despiertos pero en silencio y de pronto una jauría de perros comenzó a aullar. Tuve miedo, un miedo puro, sólido y extraño que no provenía de ninguna amenaza concreta. Entonces me abracé a él, sentí el frío avasallante que provenía de su cuerpo, dije “tengo miedo”, y comprendí en ese instante la naturaleza maligna de su alma. Esa imagen — que tan bien resume para mí la experiencia de haber percibido el mal, la inequívoca mirada de la muerte, la crueldad del verdugo, el desamparo de la víctima y su extrema soledad—me hizo imperiosa la necesidad de comprender y, aún mucho tiempo después, me impulsó de un modo misterioso hacia zonas de pensamiento que nunca antes había tenido en cuenta con seriedad.”
Y para terminar, también de Diario de John Roberton:

“La estepa rusa venció a Napoleón, la selva inclemente a nosotros y el infierno a todos.”

Marian Castillo

Apolo en la cocina


Liu Xiaofang, "I remember"

Liu Xiaofang, “I remember”

A Yolanda Pantin

-Podría vender vitaminas. Se gana dinero.
-¿Tú crees?- dijo Cristina incrédula. -Yo no sirvo para vender nada. Además, cuando hago cuentas siempre me equivoco.
-Pero estas vitaminas se venden solas, dan una fuerza increíble. Son importadas. ¿Por qué no prueba?
-Mejor me las tomo. Si tengo suficiente fuerza tal vez consiga otro trabajo.

Cristina suspiró y se sentó en el borde de la silla tratando de evitar la rotura del centro. Era una posición un tanto incómoda, pero ya se había acostumbrado, porque cuando comía con los niños no siempre estaban dispuestos a cederle la única silla que aún se conservaba entera.

-Es una lástima, estaba ilusionada con ese trabajo. Ya me había hecho a la idea de ir todos los días a un mismo sitio, a la misma hora. Uno entra sonriendo, respira un olor conocido, dice buenos días y se alisa el pelo. Está bien, pensé, me resultará fácil porque soy una persona muy rutinaria. Cualquier cosa que se salga de lo acostumbrado me provoca un sentimiento raro, como un desconcierto.

-Sí, es una lástima- confirmó él y de verdad sintió lástima por esa mujer delgada y casi desconocida. Pero él no se entregaba con facilidad a esa clase de sentimientos; irguió la regia cabeza y comenzó a lavar los platos.

-Las cosas se dan cuando tienen que darse. Ese trabajo no era para usted, Cristina, convénzase. Saldrá algo mejor.

Era diestro, metódico y elegante hasta en los gestos más nimios. Las ollas salían inmaculadas de sus manos, los platos quedaban apilados de acuerdo al tamaño y los vasos boca abajo sobre una servilleta de papel. A pesar de la naturalidad de su actitud, de su encantadora espontaneidad, resultaba inquietante ver a ese joven alto y atlético, un experto surfista, concentrado ante el fregadero. Ella lo admiraba tan sumisa que las palabras escaparon de su boca: «es como tener a Apolo en la cocina».

-¿Cómo?- preguntó él.
-Nada, hablaba sola. ¿Quién te enseñó a lavar los platos?
-Mi mamá- respondió él orgulloso. -Como ella siempre trabajó mucho, en mi casa todos colaboramos desde pequeños. Yo sé hacer de todo: cocino, plancho, hago las compras. Por cierto, Cristina, ¿ustedes qué comen?
-No sé, comidas normales. ¿Por qué?
-Porque su despensa está vacía.
-Compro lo del día. No he tenido mucho ánimo últimamente.
-Si quiere, cuando compre para mí puedo comprar también lo que usted me encargue. Yo sé de un sitio donde venden las cosas más baratas.
-Al supermercado de la esquina no puedo ir más.
-¿Por qué?
-Porque me vieron robando una lata de aceite de oliva.
-¡Qué vergüenza!
-Ni me lo digas.

Habían permanecido por un momento en silencio cuando sonó el teléfono. Ambos se sobresaltaron porque el timbre estaba conectado a un pequeño altoparlante, de esa manera Cristina se aseguraba de oírlo desde cualquier sitio de la casa, aun con la puerta cerrada. Se levantó de inmediato, hacía horas que esperaba una llamada. A veces odiaba el teléfono, tanto como se puede odiar un vicio: hasta había escrito un largo y elocuente poema en contra del teléfono. Volvió a la cocina con aspecto vencido. El la miró a los ojos.

-Número equivocado- se sintió obligada a decir.

Volvieron a quedar en silencio. Sintieron cierta incomodidad porque él ya había guardado los platos y no encontraban qué hacer en la cocina. Por fin se atrevió a mirarla de soslayo y le dijo: Está un poco delgada, disculpe la indiscreción. Creo que es buena idea que tome las vitaminas, tengo un frasco de muestra. Ahora se lo traigo.

Cuando él salió, la cocina se vio desolada y más ruinosa que nunca. Cristina tomó un libro, se sentó en el vetusto sillón que había sido de su abuelo y vagó su mirada por la sala. Amaba ese lugar de la casa. Poco a poco había ido poblando las paredes de imágenes que con el tiempo se le hacían tan familiares que no concebía la idea de quitarlas. Odiaba los cambios. Así, reproducciones de pinturas donde los cielos eran obscuros y más turbulentos que el mar, afiches, fotos de parientes lejanos, postales recibidas con ansiedad desde el extranjero, manualidades infantiles, se mezclaban con pilas de libros y muebles rudimentarios llenando cada centímetro del abigarrado espacio.

«Los objetos más preciados son los que tienen una historia, aunque esa historia nos sea desconocida», le habían dicho alguna vez y de inmediato hizo suya esa idea que pareció haber sido concebida para explicar su extravagante impulso. Porque a menudo Cristina llegaba a su casa llena de entusiasmo con su viejo automóvil cargado de cosas encontradas en la calle, cosas que habían sido desechadas por sus dueños con alivio y en las manos de Cristina cobraban una vida inesperada.

Allí, en la penumbra de la sala, se sentía segura, tanto que a veces pensaba que jamás lograría salir de la casa. Pero, naturalmente, siempre se veía obligada a enfrentarse al mundo, un mundo inhóspito del que regresaba debilitada y ansiosa.

Cerró los ojos, entregada con placer a la melancolía. Es irremediable, se dijo, ya habituada a pensar en la dicha como algo perdido.

Una leve presión el hombro la sacó de su ensimismamiento. Abrió los ojos y se sobresaltó. Era Apolo otra vez, con su irresistible sonrisa, ahora en la sala de su casa. Pensó resignada que jamás se acostumbraría a la presencia de ese nuevo inquilino, saludable, hermoso, dorado, lleno de optimismo.

-Tome, le dijo él en voz baja extendiéndole un vaso de agua.
-¿Qué es?
-Las vitaminas. ¿Le importa si subo un poco las cortinas? La tarde está preciosa.

El cuarto se llenó de luz y una suave brisa hizo tintinear la vieja araña de cristal. Cristina observó al silueta del joven apoyado en el dintel de la ventana; era una figura irreal, casi un dibujo.

Luego, tomó en sus manos el frasco de vitaminas que encerraba cientos de cápsulas multicolores y brillantes. Pensó en los magos poderosos y protectores de los cuentos leídos en la infancia, en las antiguas promesas, en los lejanos secretos de la felicidad.
Hizo rodar varias cápsulas sobre la palma de la mano, eligió la más bonita, se la llevó a la boca y bebió un largo sorbo de agua.

Del libro Un médico chino, Blanca Strepponi. Monte Avila, Caracas, 1999

Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario)

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Igor Barreto
Fotografías: Ricardo Jiménez
Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro
San Fernando de Apure, Venezuela, 2012
Esta reseña fue publicada en el Periódico de Poesía Nº72, septiembre de 2014, UNAM

 

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Igor Barreto, poeta de imaginación portentosa, nos ha hablado a lo largo de su peculiar obra del llano venezolano, de paisajes y personajes, y sobre todo de paisajes que son personajes. Pero ahora, en un momento de indudable madurez y audacia, el poeta nos propone este otro viaje: ya no hacia la tierra llana donde nació y que tan bien conoce, sino hacia las vertiginosas y gélidas alturas del Nepal.

El atractivo y complejo título nos anuncia su variada y rica naturaleza: hay una célebre montaña, pero es empírica, y hay un funcionario que fabula. Y fabula sin tregua pues Annapurna se construye con  imaginación y referencias: literarias, espirituales, políticas… y se completa con la sabia administración de unas pocas pero muy significativas imágenes.

Así es como el funcionario-poeta, confinado contra su voluntad en una oficina, nos lleva en su huida desde las colinas del tedio, en las altas torres del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, donde retozan los rinocerontes de la anteguerra civil, hasta otras alturas, también letales: las del Annapurna, en Nepal. ¡Y todo a lomo de Google Earth! ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar su alma el funcionario cuyos ojos, congelados en la pantalla del ordenador, se pierden en la helada montaña digital?

Abrimos el libro: un mapa satelital, una foto amenazante de la cima del Annapurna y una figura análoga: un caligrama con forma de triángulo en homenaje a Drummond de Andrade (Hoje sou funcionário público. / Itabira é apenas uma fotografia na parede. / Mas como dói!): Ahora soy un funcionario público. Y el Annapurna es apenas una imagen en la pantalla del ordenador. ¡Pero cómo duele!  

Y luego, ¡quién mejor que Ícaro para comenzar el ascenso a la zona de muerte en este viaje virtual! Como todos sabemos, el deseo de volar condujo al soberbio Ícaro a la muerte. Pero, ¿qué sería la vida sin volar?: Ahora vuelo como cualquier otro aro niquelado de la esfera terrestre, / a 10.000 kilómetros de altura, mientras / fijo mi vista en la montaña que es una epifanía de la Diosa de las cosechas.

Tal como Ícaro,  así los escaladores mueren, página tras página, dejando en la montaña sus cuerpos congelados: David Sharp, Scott Fisher, Chantal Mauduit, Juan Ignacio Apellániz… ¿Cómo una roca puede inspirar honor / y llamar al espíritu?

Cuántos males los aquejan en la ascensión al cielo: la ceguera de la montaña, la necrosis, el edema, las mutilaciones, la gangrena, el delirio, el lenguaje averiado… las avalanchas, la danza del deseo y la muerte. Cada tanto, cuando todo parece perdido, la diosa segadora se presenta ante los escaladores para confirmar el fin con sus cuatro manos hindúes.

Es Nepal, es el Tíbet, tierra espiritual, habitada por monjes. Está Buddha, desde luego. Y es protagonista justamente de uno de los poemas de más fina crítica política y moral, “Lección del auriga”: ¿Y qué es, buen auriga, / lo que se conoce como un escalador? / Un escalador, alteza, significa un ser con demasiada ambición / y al que no le resta mucho por vivir.

Algunas breves y enigmáticas notas al pie recogen canciones nepalíes, seguramente apócrifas, a manera de coros griegos; citas y reflexiones literarias que dan pistas sobre la apuesta estética del autor: “En poesía, tener fuerza de gravedad es más necesario que tener la gracia divina. Es la atracción hacia la zona más negra de lo concreto”. Así, la caída, ya no es una tragedia, sino la realización de una verdad.

Este ha sido el involuntario e indeseado resultado de una burocracia, representante de un régimen autoritario, que decidió hostigar al funcionario poeta: un libro extraordinario. El karma ha cobrado su retribución.

Blanca Strepponi